Regresé al camarote antes de que Flynn terminara su champaña.
Cerré la puerta y miré las dos pastillas blancas sobre la mesita.
No las tomé.
Las guardé en una bolsa y escondí la bolsa dentro de mi neceser.
Luego abrí el compartimento de emergencia del escritorio.
Mi padre había insistido en instalar un teléfono satelital independiente.
—En el mar nunca dependas de una sola comunicación —me había dicho.
Por primera vez agradecí su paranoia.
Llamé al capitán.
—Necesito que venga solo.
Diez minutos después, el capitán Hayes entró.
Le conté únicamente lo necesario.
Su expresión cambió.
—Señora Sterling, este yate sigue registrado a nombre de Sterling Maritime.
—¿Eso significa?
—Que su esposo no manda aquí.
Hayes llamó discretamente al médico de a bordo.
Le entregué las pastillas y expliqué lo que había escuchado.
No necesitaba demostrar toda la conspiración aquella noche.
Solo necesitaba sobrevivir y conservar pruebas.
A las once y cuarenta, Flynn entró.
Yo estaba acostada fingiendo apenas poder mantener los ojos abiertos.
—Cariño.
Me acarició el cabello.
—Necesitas aire.
Casi sentí náuseas al escucharlo repetir exactamente su plan.
—No puedo caminar.
—Yo te ayudo.
Me sostuvo y me llevó hacia la cubierta de popa.
Aidan y Fiona esperaban dentro del salón.
Las luces exteriores parecían extrañamente tenues.
Flynn me acercó al barandal.
—Respira profundo.
Cerré los ojos.
—Flynn…
—¿Sí?
—¿Cuánto valgo para ti?
Se quedó quieto.
—¿Qué pregunta es esa?
Abrí los ojos.
—Trescientos millones.
Su rostro se vació.
En ese instante se encendieron todas las luces de cubierta.
El capitán Hayes apareció acompañado por seguridad.
Detrás venía el médico.
Flynn retrocedió.
—¿Qué significa esto?
—Significa —dije— que no tomé tus pastillas.
Aidan salió del salón.
Fiona empezó a gritar que todo era un malentendido.
Entonces Hayes señaló discretamente hacia arriba.
Las cámaras del yate llevaban horas grabando.
Flynn me miró con una expresión que jamás olvidaré.
Ya no había amor fingido.
Solo miedo.
—Elena, podemos explicarlo.
—A las autoridades.
Pero todavía faltaba algo.
Tomé el teléfono satelital.
Había conseguido contactar también con mi padre.
—Papá.
—Estoy aquí.
Su voz temblaba de furia contenida.
—No vayas a las montañas la próxima semana.
Silencio.
—¿Por qué?
Miré a Flynn.
—Porque alguien preparó un accidente.
Mi padre no hizo preguntas.
—Entendido.
Luego añadió:
—Elena, escucha atentamente. Acabo de revisar el supuesto poder que firmaste antes de la boda.
—¿Y?
—No puede darle a Flynn esos trescientos millones.
Flynn levantó la cabeza.
Mi padre continuó:
—Ese dinero nunca estuvo directamente a tu nombre.
Sentí que algo cambiaba.
—Entonces ¿de quién?
—Del fideicomiso familiar. Y hay una cláusula que Flynn desconocía.
—¿Cuál?
—Si tu cónyuge intenta obtener control de los activos mediante fraude o causándote daño, pierde cualquier beneficio y se activa una investigación automática de todas las operaciones relacionadas con él.
Flynn palideció.
Pero mi padre todavía no había terminado.
—Y ya encontramos una transferencia sospechosa.
—¿A quién?
Escuché papeles al otro lado.
—A una mujer llamada Cassandra Vale.
Flynn dejó caer su copa.
Lo miré.
—¿Quién es Cassandra?
Nadie respondió.
Hasta que Fiona cerró los ojos.
—Su amante.
Aidan giró hacia ella.
—¡Cállate!
Demasiado tarde.
Mi padre habló nuevamente.
—Elena, hay algo más extraño. Cassandra recibió el primer pago dieciocho meses antes de que conocieras a Flynn.

Miré al hombre con quien acababa de casarme.
Entonces comprendí que nuestra historia de amor no había comenzado por casualidad.
Flynn había sido enviado a encontrarme.