PARTE 2: La orden de traslado que Daniel nunca vio venir

—No prepararé la sopa.

Daniel dejó de frotarme las manos.

—¿Qué dijiste?

—Que no voy a prepararla.

Me soltó lentamente.

—Elena, Mateo está enfermo.

—Tiene un rasguño.

Su expresión cambió.

—¿Fuiste al hospital?

—Sí.

—Entonces sabes que estaba asustado.

Lo miré.

—Yo también estuve allí anoche.

Daniel parpadeó.

—¿Por el dolor?

Asentí.

Por un instante pareció preocupado.

—¿Qué dijo el médico?

—Que necesito descansar.

No le conté nada más.

Aquel secreto ya no podía devolverme lo perdido.

Daniel suspiró.

—Entonces descansarás. Le pediré a alguien que prepare la sopa.

Se puso el abrigo nuevamente.

Antes de salir añadió:

—Marta empieza pronto la capacitación. Durante esos meses necesitará ayuda con Mateo.

Lo observé cerrar la puerta.

Ni siquiera preguntó por qué había terminado en el hospital.

Aquella misma tarde firmé mi solicitud de traslado.

El destacamento de la frontera sur necesitaba médicos.

Aceptaban incorporaciones inmediatas.

El capitán Ramírez sostuvo los documentos.

—Una vez aprobados, tendrás que partir rápido.

—Mejor.

—¿Daniel sabe algo?

—No.

Tres días después llegó la autorización.

Guardé mi uniforme, mis libros médicos y unas pocas fotografías en una maleta.

No había mucho más que llevarme.

Casi todo lo que había construido con Daniel estaba ahora dentro del apartamento donde vivían Marta y su hijo.

La mañana de mi partida dejé sobre la mesa dos documentos.

Mi solicitud de divorcio.

Y una copia del informe hospitalario.

No quería decírselo personalmente.

No después de haber tenido que pedirle ayuda mientras él se alejaba conmigo en el suelo.

Subí al vehículo militar sin mirar atrás.

A las nueve, Daniel regresó.

Yo ya estaba a kilómetros de distancia.

Su primera llamada llegó a las nueve y doce.

La segunda, un minuto después.

Después dejaron de llegar durante casi media hora.

Entonces sonó nuevamente.

Contesté.

—Elena.

Su voz era distinta.

—¿Dónde estás?

—En camino a mi nuevo destino.

—¿Qué nuevo destino?

—Frontera sur.

Silencio.

—Regresa.

—No.

—¡Elena, soy tu esposo!

Miré por la ventana.

—Por poco tiempo.

Escuché su respiración detenerse.

—¿Qué significa eso?

—Lee el otro documento.

Hubo ruido de papeles.

Después nada.

Un silencio tan profundo que supe exactamente cuándo encontró el informe.

—Elena…

Su voz se quebró.

—¿Qué es esto?

Cerré los ojos.

—Mi expediente del hospital.

—Dice que estabas embarazada.

No respondí.

—Cinco semanas…

Otro silencio.

—¿Dónde está nuestro hijo?

Aquella pregunta llegó demasiado tarde.

—Lo perdiste de vista cuando elegiste marcharte con Mateo.

Daniel comenzó a respirar con dificultad.

—No sabía…

—Exactamente.

—¡Si me hubieras dicho que estabas embarazada…!

Abrí los ojos.

—No necesitabas saberlo para ayudarme cuando estaba en el suelo pidiéndote que no te fueras.

No tuvo respuesta.

Colgué.

Pensé que aquello era el final.

Pero dos horas después, el capitán Ramírez me llamó desde el hospital.

—Elena, encontramos algo revisando tu ingreso.

—¿Qué cosa?

—Tu caída no explica por sí sola todo lo que ocurrió.

Me incorporé.

—¿Qué quieres decir?

—Tus análisis mostraron rastros de un medicamento que puede ser peligroso durante las primeras semanas del embarazo.

Sentí frío.

—Yo no estaba tomando nada.

Ramírez guardó silencio.

Entonces recordé las medicinas amargas que había tomado durante meses.

Las mismas que Marta había empezado a prepararme después de incorporarse al equipo médico.

—Capitán…

Mi voz apenas salió.

—Necesito que revises todas las recetas que Marta Salinas me entregó.

La respuesta de Ramírez me heló.

—Ya lo hice.

—¿Y?

—Elena, una de esas recetas no fue emitida por ningún médico del hospital.

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