Daniel intentó quitarme el teléfono.
Retrocedí.
—No me toques.
Quizá fue mi tono.
Quizá fue comprender que realmente estaba hablando con la policía.
Por primera vez, se detuvo.
Veinte minutos después, dos agentes estaban en la sala.
Mi madre contó lo ocurrido.
Yo mostré su mejilla.
Daniel empezó inmediatamente con la misma historia.
—Ella robó tres mil yuanes. Perdí el control porque…
—¿Tiene pruebas del robo? —preguntó uno de los agentes.
Daniel abrió la boca.
Nada.
Entonces ocurrió algo inesperado.
La puerta principal se abrió.
Era Marco, su hermano menor.
—Hermano, ¿qué pasa?
Daniel se volvió.
—Nada. Vete.
Marco vio a los policías.
Después vio a mi madre.
Su expresión cambió.
—¿Por los tres mil?
La habitación quedó inmóvil.
Daniel palideció.
—¿Qué dijiste?
Marco metió lentamente una mano en el bolsillo.
Sacó un sobre.
—Los tres mil yuanes.
Sentí que mi madre se aferraba a mi brazo.
—Los tomé esta mañana —confesó Marco—. Necesitaba pagar una deuda. Pensaba devolverlos mañana.
Daniel parecía haberse convertido en piedra.
Miré el sobre.
Luego miré las marcas en la cara de mi madre.
—Entonces ella decía la verdad.
Daniel se acercó inmediatamente.
—Emma, escucha…
—No.
Una sola palabra bastó.
Marco comenzó a disculparse.
Yo ni siquiera podía mirarlo.
Porque el dinero ya no importaba.
Daniel había decidido que mi madre era culpable antes de preguntarle.
Y después había usado esa certeza como permiso para humillarla.
Aquella noche nos fuimos.
No al pueblo.
Al apartamento que yo había comprado antes de casarme y que llevaba años alquilando.
Daniel no sabía que el contrato del último inquilino había terminado dos semanas antes.
A la mañana siguiente bloqueé la tarjeta adicional que él utilizaba.
Cancelé la transferencia automática mensual destinada a los gastos de su madre.
Después retiré mi nombre como garante del préstamo que Marco estaba intentando conseguir para su boda.
A mediodía, Daniel llevaba treinta y siete llamadas.
No respondí.
A las cuatro llamó mi suegra.
—Emma, ¿qué estás haciendo? El hospital dice que queda una factura pendiente de mi tratamiento.
—Entonces llame a sus hijos.
Silencio.
—Pero siempre lo pagabas tú.
—Exactamente.
Colgué.
Durante años había sido tan eficiente sosteniendo aquella familia que todos habían olvidado quién cargaba realmente con el peso.
Esa noche Daniel apareció frente al apartamento.
Traía flores.
También llevaba a su madre.
Y detrás estaban Marco y sus otros dos hermanos.
—Emma —dijo—, vine a llevarte a casa.
—Esta es mi casa.
Su madre comenzó a llorar.
—Somos familia. No puedes abandonarnos por un error.
Mi madre, detrás de mí, bajó la mirada.
Entonces entendí que todavía esperaban lo mismo.
Que yo cediera.
Que pagara.
Que cuidara.
Que olvidara.
Saqué una carpeta.
Daniel reconoció inmediatamente los documentos.
—¿Qué es eso?
—Tres años de transferencias.
Su expresión cambió.
—¿Para qué?
—Para mi abogado.
La sonrisa desapareció de su rostro.
Pero había algo que ni siquiera yo esperaba.
Aquella mañana había pedido revisar nuestras cuentas matrimoniales.
El banco encontró una transferencia de cincuenta mil yuanes realizada seis meses antes.
Desde mi cuenta de ahorro.
Yo nunca la había autorizado.
—Daniel —dije—, ¿recuerdas los cincuenta mil que di para la boda de Marco?
—Claro.
—Entonces explícame por qué también sacaste otros cincuenta mil sin decírmelo.
Marco levantó bruscamente la cabeza.

—¿Otros cincuenta mil?
Miré a Daniel.
Él no respondió.
Mi suegra dejó de llorar.
Y en ese instante comprendí que los tres mil yuanes desaparecidos no eran el verdadero secreto de aquella familia.