—¿Quién es Natalia Lin?
Martín seguía de rodillas.
Finalmente levantó la cabeza.
—No es lo que piensas.
Solté una risa amarga.
—Entonces explícame por qué su identificación estaba escondida en tu coche.
—Porque intentaba devolvérsela.
—Mientes.
Su rostro se descompuso.
—Laura, Natalia trabajaba en mi empresa.
Aquello no era lo que esperaba.
—¿Trabajaba?
—La despidieron hace tres semanas.
Me senté frente a él.
—Continúa.
Martín apretó las manos.
—Descubrió irregularidades en uno de nuestros proyectos. Facturas duplicadas, proveedores inexistentes, transferencias a cuentas privadas.
—¿Y qué tienes que ver tú?
Silencio.
Mi estómago se cerró.
—Martín.
—Mi usuario aparece autorizando algunas operaciones.
Sentí frío.
—¿Las autorizaste?
—¡No!
Se levantó desesperado.
—Alguien utilizó mis credenciales. Natalia encontró las pruebas y vino a buscarme.
Entonces comprendí la cartera.
—¿Estuvo en tu coche?
Asintió.
—Me entregó una memoria USB. Dijo que había gente importante implicada y que no confiara en nadie dentro de la empresa.
—¿Dónde está ella ahora?
Martín bajó los ojos.
—No lo sé.
Aquella respuesta me inquietó más que todo lo anterior.
—¿Y la cartera?
—La dejó accidentalmente.
—¿Por qué mentiste cuando preguntaste por ella?
—Porque Natalia me advirtió que podían estar vigilándome. Cuando vi que faltaba su identificación, pensé que alguien había registrado el coche.
Me miró.
—No sabía que habías sido tú.
Saqué la tarjeta original de mi bolso.
Martín palideció.
—Guárdala.
—¿Por qué?
—Porque ayer alguien entró en mi oficina buscando algo.
Entonces entendí su suspensión.
—¿La memoria?
Asintió.
—La escondí antes.
—¿Dónde?
Martín miró hacia el pasillo.
Hacia la habitación de Lucas.
Me levanté de golpe.
—No me digas que involucraste a nuestro hijo.
—Jamás.
Corrió hasta un armario y sacó uno de los viejos juguetes electrónicos de Lucas.
Abrió el compartimento de las baterías.
Dentro había una memoria diminuta.
La conectamos a mi computadora.
Carpetas.
Contratos.
Transferencias.
Nombres.
Uno de ellos aparecía repetidamente.
Natalia Lin.
Pero no como beneficiaria.
Como auditora interna.
Había preparado un informe completo.
En la última carpeta encontramos un video.
Natalia apareció frente a la cámara.
Parecía aterrorizada.
“Si están viendo esto, significa que no pude entregar personalmente las pruebas.”
Martín se inclinó hacia la pantalla.
Natalia continuó:
“Martín Rivas no robó ese dinero. Están usando su identidad para convertirlo en responsable cuando todo salga a la luz.”
Martín cerró los ojos.
Pero yo seguí mirando.
“Hay una segunda persona a la que deben advertir.”
Mi corazón empezó a acelerarse.
Natalia levantó un documento.
Era una copia de mi identificación.
“Laura Rivas.”
Me quedé inmóvil.
“Ella todavía no sabe que existe una cuenta abierta a su nombre.”
Miré a Martín.

—¿Qué cuenta?
Él negó lentamente.
En la pantalla, Natalia pronunció las palabras que hicieron que ambos dejáramos de respirar.
“Porque durante los últimos ocho años, alguien ha estado moviendo millones utilizando las identidades de los dos.”