Noah pronunció aquella palabra con tanta naturalidad que me dolió.
—¿Mamá?
Mis labios se separaron, pero no salió ningún sonido.
Cinco años atrás apenas me habían permitido verlo después del parto.
Ahora estaba frente a mí.
Esperando una respuesta.
Me agaché lentamente.
—Hola, Noah.
Sus ojos se iluminaron.
—Entonces sí eres tú.
—¿Quién te habló de mí?
Noah señaló a Adrian.
—Papá dijo que estabas muy lejos.
Levanté la mirada.
Adrian permanecía inexpresivo.
—¿Podemos hablar? —pregunté.
—Para eso vine.
Dejé entrar a ambos.
Noah descubrió mis lápices y dibujos sobre la mesa y corrió hacia ellos.
—¡Tú hiciste este libro!
Me sorprendí.
Era uno de los cuentos infantiles que había ilustrado.
—Sí.
El niño abrió su pequeña mochila.
Sacó un ejemplar gastado del mismo libro.
—Es mi favorito.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Adrian observó mi reacción.
—Lo eligió solo hace dos años.
—¿Por qué lo trajiste aquí?
Su expresión cambió ligeramente.
—Porque empezó a hacer preguntas sobre su madre.
—¿Y después de cinco años decidiste simplemente aparecer?
—Yo tampoco sabía quién eras.
Me quedé inmóvil.
—Eso es mentira.
—Mi madre organizó todo. Después de mi tratamiento, me dijeron únicamente que habías recibido lo acordado y renunciado a cualquier contacto.
—Eso fue lo que firmé.
Adrian sacó una carpeta.
—No exactamente.
La colocó frente a mí.
Reconocí mi firma.
Pero algunas páginas nunca las había visto.
Una cláusula afirmaba que yo había rechazado voluntariamente conocer al niño.
Otra decía que había solicitado no ser localizada jamás.
—Yo no firmé esto.
—Lo sé.
Lo miré.
—¿Cómo?
Adrian guardó silencio unos segundos.
—Porque hace tres meses murió mi madre.
Sentí un golpe de culpa inesperado.
—Lo siento.
—Mientras revisábamos sus documentos encontramos el contrato original.
Sacó otro expediente.
Esta vez sí reconocí cada página.
No existía ninguna cláusula de renuncia absoluta.
—Alguien modificó los documentos —susurré.
—Sí.
Noah seguía dibujando, ajeno a nosotros.
—¿Tu madre?
Adrian negó lentamente.
—Eso creí al principio.
Entonces sacó una fotografía.
Mostraba a una mujer saliendo de la clínica donde había dado a luz.
Llevaba un bebé en brazos.
Mi bebé.
—¿Quién es?
—Mi tía Victoria.
Recordé el nombre.
La hermana de su padre.
Una de las personas que habría heredado parte del imperio Cole si Adrian hubiera muerto sin descendencia.
—¿Qué hacía allí?
—Eso intento descubrir.
Noah apareció de repente junto a nosotros.
—Papá, enséñale mi tesoro.
Adrian se tensó.
—Noah…
El niño ya había sacado de su mochila un pequeño sobre amarillo.
Dentro había una fotografía mía embarazada.
Me quedé sin aire.
—¿Dónde encontraste esto?
—En la habitación de la abuela.
Le dio la vuelta.
Había una frase escrita detrás.
“Emily jamás debe descubrir lo ocurrido la noche en que nació Noah.”
Miré a Adrian.
Por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico miedo en sus ojos.

—¿Qué ocurrió aquella noche?
Adrian tardó demasiado en responder.
—Emily…
Su voz bajó.
—Noah no fue el único bebé registrado en aquella sala de partos.