Teresa miró el total una vez.
Luego otra.
—Hay un error —dijo.
No era una pregunta.
Era una orden.
Sus treinta y ocho amigas dejaron de reír. Algunas miraban sus copas vacías. Otras empezaron a revisar el menú, como si el número pudiera cambiar por arte de magia.
Yo abrí la carpeta.
—No hay error.
La primera hoja era el desglose de la comida.
La segunda, las comandas firmadas por cada mesa.
La tercera, una autorización impresa con el nombre de Teresa, donde ella había escrito: “Hoy invito yo”.
Su sonrisa se tensó.
—Mariana, no seas ridícula. Somos familia.
—Sí —respondí—. Por eso durante años asumí tus cuentas sin preguntar.
Saqué otra hoja.
Era un reporte de los últimos treinta y seis meses.
Cenas.
Botellas de reserva.
Eventos improvisados.
Descuentos anotados como “atención a familiares”.
El total superaba los dos millones de pesos.
Las amigas de Teresa empezaron a mirarla de otra manera.
—¿Nunca pagó? —preguntó una mujer de cabello blanco.
Teresa se enderezó.
—Mauricio se encarga de esos asuntos.
—Mauricio no es dueño de Alma —dije.
El comedor se quedó en silencio.
Teresa me miró con furia.
—Es su restaurante también. Están casados.
—El restaurante fue constituido dos años antes del matrimonio. Las acciones están a mi nombre. Las cuentas, los permisos y el contrato del local también.
Diego se acercó con otra carpeta.
Esta era más delgada.
Más importante.
La puse frente a Teresa.
—Aquí están las transferencias que salieron de la cuenta del restaurante durante los últimos tres meses.
Hoteles en Cancún.
Joyerías.
Restaurantes de lujo.
Pagos a una tarjeta adicional a nombre de Mauricio.
Y una transferencia a la cuenta de una mujer llamada Lorena Vidal.
Teresa dejó de respirar.
Conocía ese nombre.
Sus amigas también.
—¿La muchachita preciosa? —pregunté con calma.
Nadie respondió.
La mujer de cabello blanco se puso de pie.
—Teresa, dijiste que esta comida era una celebración.
—Lo es —contestó ella, desesperada—. Mi hijo está pasando por un momento difícil.
—¿Con dinero que roba a su esposa?
La palabra robo cayó sobre la mesa como un plato roto.
No levanté la voz.
—No he presentado ninguna denuncia. Todavía.
Teresa agarró su bolso.
—¿Me estás amenazando?
—No. Te estoy dando una factura.
Empujé el recibo hacia ella.
465,780 pesos.
Y debajo, una línea escrita por mi abogada:
“Pago requerido antes de abandonar el establecimiento. La falta de pago será documentada conforme al procedimiento aplicable.”
Teresa se puso de pie con las piernas temblorosas.
—Mauricio va a arreglar esto.
Mi teléfono sonó.
En la pantalla apareció su nombre.
Contesté y activé el altavoz.
—Mariana —dijo él, molesto—, ¿por qué mi tarjeta no funciona?
Miré a Teresa.
Luego la carpeta.
—Porque desde hoy, Mauricio, el dinero de Alma vuelve a ser de Alma.
Del otro lado hubo silencio.
Entonces Teresa intentó salir del comedor.
Pero Diego se movió con serenidad hacia la puerta.
—Señora, falta liquidar la cuenta.
Ella se volvió hacia mí, con los ojos llenos de algo que nunca había visto en ella.
Miedo.
Y justo entonces llegó un mensaje de mi contadora.
“Mariana, encontramos una segunda cuenta vinculada a Mauricio. El monto es mucho mayor de lo que creíamos.”
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