Ethan Gu no miró a Iris otra vez.
Tomó el compromiso, lo dobló con cuidado y se volvió hacia mí.
—Mañana traeré a alguien del hospital militar para ver a tu abuela.
Mi padre se puso de pie de golpe.
—¿Mañana? Eso no es necesario. La anciana está estable.
Ethan lo miró con una calma helada.
—La señorita Shen dice que no puede respirar bien. Para mí, eso es suficiente.
Nadie se atrevió a discutir.
Al día siguiente, un jeep militar se detuvo frente a la casa antes del amanecer. Iris aún dormía. Mi madrastra salió con el cabello desordenado y una sonrisa falsa, pero Ethan pasó junto a ella sin saludar.
Fue directo al cuarto de mi abuela.
La encontró sentada junto a la ventana, envuelta en un abrigo demasiado fino. Había una palangana debajo de la cama y el olor amargo de las hierbas llenaba el aire.
Mi abuela intentó levantarse.
—No hace falta, abuela Shen —dijo Ethan—. Vine a ayudar.
Por primera vez en años, alguien usó esa palabra sin lástima.
El médico del hospital revisó a mi abuela y escribió una derivación inmediata. Dijo que necesitaba estudios, medicación adecuada y aire limpio.
Mi padre quiso protestar por los gastos.
Ethan ni siquiera levantó la voz.
—La familia Gu se hará cargo.
Entonces apareció otra frase luminosa sobre mi cabeza:
“Él no vino por el compromiso.”
“Hace dos inviernos, vio a Lena cubrir con su propio abrigo a una anciana en la parada del autobús.”
Mi respiración se detuvo.
Recordé aquella tarde.
Una mujer había caído en la nieve cerca del mercado. Todos pasaron de largo porque llevaban prisa. Yo le di mi abrigo y la acompañé hasta el dispensario, aunque después mi madrastra me castigó por llegar tarde a casa.
Miré a Ethan.
—¿Tú estabas allí?
Él guardó silencio un instante.
—Vi cómo ayudaste a esa mujer sin preguntar quién era.
—¿Era alguien de tu familia?
—Mi tía.
El mundo pareció inclinarse.
Ethan me había visto mucho antes de que el comandante Gu cruzara nuestra puerta.
No había aceptado casarse conmigo por lástima.
Había recordado.
Iris apareció en la entrada, con un vestido nuevo y una expresión demasiado dulce.
—Ethan, no sabía que te gustaban las mujeres tan… sacrificadas.
Él se volvió hacia ella.
—No busco a alguien que finja ser difícil para que la persigan.
Su sonrisa se quebró.
—Yo nunca fingí nada.
—Entonces no tienes de qué preocuparte.
Iris apretó los puños.
Después se acercó a mí y susurró:
—Crees que ganaste por conseguir un hospital y una casa. Pero no sabes nada de la familia Gu.
La vi alejarse.
Aquel mismo día, Ethan llevó a mi abuela al hospital. Antes de subir al jeep, me entregó una llave pequeña.
—Es de una casa junto al complejo militar —dijo—. Tiene techo nuevo. No entra lluvia.
Me quedé mirando la llave.
—¿Ya decidiste todo por mí?
Ethan me sostuvo la mirada.
—No. Quiero que decidas tú. Puedes vivir allí con tu abuela. O puedes decirme que me vaya.
Por primera vez, alguien me ofrecía una puerta sin empujarme a cruzarla.
Tomé la llave.
Pero cuando llegamos a la casa, Iris ya nos estaba esperando frente al portón.
Y en su mano sostenía una carta con el sello rojo de la familia Gu.
—Ethan —dijo—, tu abuelo ordenó que regresaras de inmediato.
El rostro de Ethan cambió.
Porque esa carta no tenía que ver con el compromiso.
Tenía que ver con un secreto que su familia llevaba años enterrando.
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