PARTE 2: La llamada que llegó cuando mi embarazo ya no pertenecía a los Shen

Sydney me recibió con lluvia.

La tía Laura alquiló un coche y condujo hasta la casa que figuraba en el acuerdo de divorcio.

Era preciosa.

Demasiado preciosa.

Tres habitaciones, jardín pequeño y ventanas orientadas hacia el mar.

—No te encariñes todavía —dijo Laura mientras dejaba las maletas—. Primero quiero que un abogado revise hasta la última línea de esos documentos.

Tenía razón.

Los Shen nunca regalaban nada sin calcular qué obtenían a cambio.

Durante las primeras semanas, mi vida se volvió sorprendentemente sencilla.

Dormía.

Caminaba.

Acudía a mis controles.

Y aprendía a desayunar sin preguntarme dónde estaba Daniel.

El bebé crecía bien.

Eso era suficiente.

Hasta que una mañana Laura entró en la cocina con mi teléfono.

—Llevan llamando desde China desde las seis.

Miré la pantalla.

Veintitrés llamadas.

Helena.

No contesté.

Entonces apareció un mensaje.

Clara, llámame inmediatamente. Es sobre Valeria.

Sentí curiosidad.

Nada más.

Media hora después llamó mi abogada de Beijing.

A ella sí respondí.

—Clara, ¿estás sentada?

—Sí.

—Valeria perdió a los gemelos.

Cerré los ojos.

No sentí alegría.

Tampoco satisfacción.

Solo una tristeza distante por dos vidas que no tenían culpa de nada.

—¿Qué ocurrió?

—No tengo todos los detalles. Pero hay algo más. Daniel descubrió durante las pruebas médicas posteriores que las fechas y algunos datos que Valeria había dado no coincidían con lo que él creía.

Guardé silencio.

—¿Qué significa eso?

—Significa que la familia Shen está en crisis y ahora están revisando todo.

Miré mi vientre.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

—Estoy de acuerdo.

Colgué.

Aquella tarde Helena volvió a escribir.

Necesitamos hablar sobre el acuerdo.

Sonreí.

Ahí estaba.

No era preocupación.

Era dinero.

Respondí por primera vez:

Hable con mi abogada.

Tres minutos después llamó Daniel.

No contesté.

Dejó un audio.

—Clara, sé que no tengo derecho a pedirte nada. Solo necesito saber si estás bien.

Borré el mensaje.

Pasaron dos semanas.

Entonces, durante una revisión, ocurrió lo inevitable.

La doctora me entregó unas imágenes y explicó que todo evolucionaba correctamente.

Laura estaba conmigo.

Yo sonreía cuando escuché una voz detrás.

—Clara.

Me quedé inmóvil.

Daniel estaba en la puerta.

Había viajado hasta Sydney.

Sus ojos bajaron hacia mi vientre.

Ya no podía ocultarlo.

—Estás embarazada.

No respondí.

Su rostro perdió el color.

—¿De cuánto?

Laura se levantó.

—Eso es información médica privada.

Daniel ni siquiera pareció escucharla.

Calculaba.

Tres meses cuando nos divorciamos.

Cinco ahora.

Sus ojos se llenaron de algo que nunca le había visto.

—¿Es mío?

Lo miré fijamente.

—No tienes derecho a entrar aquí y exigirme respuestas.

—Clara, por favor.

—Cuando tu madre compró nuestro divorcio porque Valeria llevaba a los “herederos”, tú firmaste.

Daniel bajó la cabeza.

—Lo sé.

—Cuando perdí nuestro primer embarazo mientras te llamaba diecisiete veces, tú estabas con ella.

—Lo sé.

—Entonces no vengas ahora a convertir este bebé en otra negociación familiar.

Salí con Laura.

Daniel no intentó detenerme.

Pero esa noche mi abogada llamó otra vez.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Los Shen no están intentando recuperar los ochocientos millones.

Aquello me sorprendió.

—Entonces ¿qué quieren?

—La casa de Sydney tampoco les importa.

Escuché pasar unas páginas.

—Helena está intentando invalidar una parte del acuerdo por una cláusula relacionada con descendientes nacidos después del divorcio.

Me quedé fría.

—¿Cómo sabe que estoy embarazada?

—Eso es precisamente lo preocupante.

Daniel acababa de descubrirlo aquella mañana.

Pero la primera consulta legal de Helena sobre un posible embarazo mío había ocurrido semanas antes.

Antes de que Daniel llegara a Australia.

Antes incluso de que mi vientre empezara a notarse.

Laura me miró desde el otro lado de la mesa.

—¿Quién más lo sabía?

Pensé.

Mi doctora.

Mi abogada.

Laura.

Nadie de los Shen.

Entonces recordé la tarjeta negra de los ochocientos millones.

La transferencia.

Los documentos.

Y una pregunta que nunca había hecho.

—¿Quién redactó originalmente el acuerdo que Helena quería que firmara?

Mi abogada tardó unos segundos.

—El departamento jurídico de Shen Holdings.

—Busca todas las versiones anteriores.

La respuesta llegó a la mañana siguiente.

Habían encontrado un borrador eliminado.

Tenía fecha de cinco días antes de que Helena me ofreciera el dinero.

En una de sus cláusulas aparecía una frase que no figuraba en la versión final:

En caso de embarazo existente al momento de la disolución matrimonial…

Me quedé mirando aquellas palabras.

Cinco días antes de ofrecerme ochocientos millones, Helena ya contemplaba específicamente la posibilidad de que yo estuviera embarazada.

Y de pronto comprendí algo mucho peor.

Mi suegra no me había pagado para marcharme porque creyera que yo no podía darle un heredero a los Shen.

Me había pagado para marcharme porque, de alguna manera, ya sospechaba que podía estar llevándolo conmigo.

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