PARTE 2: La primera orden de Adrian después de convertirse en mi marido

La punta de la pluma abandonó el papel.

Durante unos segundos nadie habló.

Entonces el funcionario estampó el sello.

—Registro aprobado.

Nathaniel reaccionó como si acabara de despertar.

—¡No!

Avanzó hacia mí, pero Adrian ni siquiera levantó la voz.

—No la toques.

Nathaniel se detuvo.

—Tío, esto empezó como una broma.

—Una broma que presentaste utilizando un procedimiento oficial.

La expresión de Nathaniel cambió.

Adrian continuó:

—Y que Clara aceptó voluntariamente.

—¡Ella me ama!

Aquellas palabras me habrían destruido el día anterior.

Ahora solo me parecieron arrogantes.

Me levanté.

—Te amé, Nathaniel.

Él palideció.

—No hables en pasado.

—Esperé diez años. Presenté siete solicitudes. Soporté siete humillaciones porque seguía creyendo tus promesas.

Lo miré directamente.

—Anoche te escuché.

El silencio cayó sobre la sala.

Nathaniel comprendió inmediatamente.

—Clara…

—Escuché la apuesta. Escuché cómo dijiste que volvería rogando y que después sería más obediente.

Su rostro perdió todo el color.

—Estaba borracho.

—Yo estaba sobria cuando firmé.

Me giré hacia Adrian.

—¿Nos vamos?

Por primera vez vi algo parecido a una sonrisa en sus ojos.

—Sí.

Pero cuando empujé su silla hacia la salida, Nathaniel gritó:

—¡Él ni siquiera puede darte una vida normal!

Adrian levantó una mano.

Me detuve.

Entonces hizo algo que convirtió los murmullos en absoluto silencio.

Apartó lentamente la manta de sus piernas.

Apoyó ambas manos en los reposabrazos.

Y se puso de pie.

No con facilidad.

No sin esfuerzo.

Pero se puso de pie.

Nathaniel retrocedió.

—Tú…

Adrian permaneció erguido unos segundos antes de volver a sentarse.

—Mi rehabilitación no es asunto tuyo.

La anciana señora Shaw empezó a llorar.

Yo me quedé inmóvil.

—¿Desde cuándo puedes levantarte?

Adrian me miró.

—Desde hace meses.

—Entonces ¿por qué nadie lo sabe?

—Porque necesitaba saber quién celebraría mi recuperación… y quién cambiaría sus planes al descubrirla.

Aquella respuesta me inquietó.

Horas después llegamos a la residencia de Adrian.

Esperaba una casa silenciosa y fría.

En cambio, encontré dos habitaciones preparadas.

Una para mí.

Otra convertida en estudio.

Sobre el escritorio había una caja de madera.

—¿Qué es esto?

—Tu regalo de boda.

—Ya me enviaste propiedades.

—Las propiedades fueron de mi madre.

Señaló la caja.

—Esto es mío.

La abrí.

Dentro no había joyas.

Había siete carpetas.

Una por cada solicitud matrimonial que Nathaniel había retrasado.

Sentí que se me helaba la sangre.

—¿Por qué tienes esto?

Adrian guardó silencio.

Abrí la primera.

Mi solicitud había sido presentada correctamente.

No rechazada.

Retirada.

La segunda también.

La tercera igual.

En cada expediente aparecía la misma autorización.

Nathaniel Shaw.

—Él me dijo que habían sido rechazadas.

—Mintió.

Adrian colocó delante de mí otro documento.

—Las siete fueron aceptables. Nathaniel pidió detenerlas personalmente.

Me senté despacio.

Diez años.

Yo había pensado que el destino me cerraba la puerta.

En realidad, Nathaniel la había mantenido cerrada.

—¿Por qué?

—Eso es lo que llevo meses intentando averiguar.

Levanté la mirada.

—¿Meses?

Adrian abrió la última carpeta.

Dentro había una fotografía de Nathaniel e Ivy saliendo juntos de un edificio administrativo.

La fecha era de dos años atrás.

—Tu boda no fue la primera vez que Ivy intervino en tus documentos.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hizo?

Adrian sacó una copia de una solicitud.

No era matrimonial.

Era una petición de traslado.

A mi nombre.

Solicitaba que yo abandonara el distrito militar inmediatamente después de casarme con Nathaniel.

—Nunca presenté esto.

—Lo sé.

—¿Quién lo hizo?

Adrian señaló la firma.

Parecía mía.

Pero no lo era.

Entonces vi una anotación manuscrita en el margen:

“Tras el matrimonio, mantener a Clara alejada de los archivos Hayes.”

Mi respiración se detuvo.

Hayes.

Mi apellido.

—¿Qué archivos?

Adrian cerró la puerta del estudio antes de responder.

—Los que pertenecieron a tu padre.

Me quedé inmóvil.

Mi padre había muerto cuando yo tenía diecisiete años.

Toda mi vida me dijeron que había sido un oficial ordinario fallecido durante una misión.

Adrian abrió el cajón inferior.

Sacó un sobre envejecido.

Mi nombre estaba escrito en él.

Para Clara Hayes. Entregar únicamente cuando deje de confiar en Nathaniel Shaw.

Reconocí inmediatamente aquella letra.

Era la de mi padre.

Miré a Adrian, incapaz de respirar.

—¿Cuánto tiempo has tenido esto?

—Doce años.

—¿Por qué no me lo entregaste?

Su expresión se endureció.

—Porque tu padre me hizo prometer que esperaría hasta que se cumpliera una condición.

—¿Cuál?

Adrian puso el sobre entre mis manos.

—Que Nathaniel intentara impedir que te casaras con él.

Sentí que los dedos me temblaban.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando leas la primera línea.

Abrí el sobre.

Dentro había una sola hoja.

Y las primeras palabras de mi padre hicieron que todo lo ocurrido durante los últimos diez años pareciera de repente parte de algo mucho más antiguo:

“Clara, si estás leyendo esto, Nathaniel finalmente hizo exactamente lo que su padre le ordenó.”

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