PARTE 2: LA CUENTA

A las cuatro y treinta y seis de la tarde, la última copa de champán desapareció.

Beatrice se recostó en su silla, satisfecha, mientras sus amigas admiraban los platos vacíos y las botellas abiertas sobre la mesa.

—Te dije que Lumina era el mejor sitio de San Diego —anunció, como si hubiera construido cada pared con sus propias manos.

Gavin se acercó con la cuenta en una carpeta negra.

Beatrice ni siquiera la miró.

—Ponlo a nombre de la casa —ordenó—. Ya sabes cómo funciona.

Entonces dejé mi copa de agua sobre la mesa.

—No, Gavin. Entrégasela a Beatrice.

El silencio cayó tan rápido que hasta la música del comedor pareció apagarse.

Mi suegra abrió la carpeta con una sonrisa impaciente.

Pero esa sonrisa murió al ver la cifra.

23.289 dólares.

Sus dedos temblaron apenas.

—Esto es ridículo —dijo—. Nadie puede cobrar tanto por un almuerzo.

—No fue un almuerzo —respondí—. Fue un banquete para treinta y nueve personas, con el menú premium, vinos de reserva y servicio privado. Exactamente lo que usted pidió.

Una de sus amigas levantó la voz.

—Beatrice dijo que invitaba.

—Y la palabra “invitar” significa pagar —contesté, sin apartar los ojos de mi suegra.

Beatrice cerró la carpeta de golpe.

—Lucas se ocupará de esto.

—Lucas no tiene autorización en las cuentas de Lumina desde esta mañana.

Su rostro se tensó.

—¿Qué hiciste?

Deslicé una segunda carpeta frente a ella.

Dentro había copias de transferencias, facturas de hoteles, recibos de joyerías y estados de cuenta.

Tres meses de robos.

Dinero sacado del restaurante para pagar escapadas con una mujer llamada Elena Hart.

Beatrice pasó las páginas cada vez más despacio.

—No entiendes… —susurró.

—Entiendo perfectamente. Usted sabía que Lucas me estaba engañando. Y sabía que ambos estaban usando el dinero de mi negocio.

Las mujeres empezaron a mirarse entre sí.

Algunas dejaron sus bolsos sobre las piernas.

Otras evitaron los ojos de Beatrice.

—Esto es asunto de familia —dijo ella, pero ya no sonaba poderosa.

—No. Esto es fraude.

Gavin colocó discretamente un lector de tarjetas sobre la mesa.

—Puede pagar con tarjeta, transferencia o cheque certificado —dijo con calma—. Y, señora Beatrice, si no paga antes de salir, presentaré la denuncia que está incluida al final de esa carpeta.

Beatrice palideció.

Sacó una tarjeta negra con manos temblorosas.

Pero antes de que pudiera entregarla, mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Elena.

Una sola frase.

“Camilla, no soy la amante de Lucas. Soy la investigadora que contrataste… y él acaba de volver a casa con algo que debes ver.”

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