Subí al apartamento sin llamar a Adrian.
Me duché, guardé el recibo de 2,5 yuanes en una bolsa transparente y descargué una copia de la publicación de Vanessa.
Después llamé al servicio de reparto para denunciar lo ocurrido.
El complejo tenía cámaras en la entrada.
No necesitaba discutir con el repartidor.
Había pruebas.
A las dos de la madrugada terminé mi proyecto.
A las seis envié un único correo.
No era a Adrian.
Era a la directora de mi empresa.
Durante cinco años, Adrian había repetido que mi trabajo era un pasatiempo bien pagado y que algún día tendría que abandonarlo para apoyarlo a él.
Lo que nunca se molestó en entender era que el proyecto que acababa de terminar no era otro encargo.
Era la presentación final para dirigir la nueva oficina regional de la compañía.
Un puesto que llevaba meses rechazando porque implicaba mudarme.
Aquella mañana lo acepté.
Después imprimí los documentos de separación que una amiga abogada me había preparado meses atrás, cuando por primera vez admití que mi matrimonio podía no tener arreglo.
Adrian regresó a las nueve y veinte.
Entró silbando.
—¿Todavía estás enfadada?
Lo miré.
—No.
Aquello pareció tranquilizarlo.
Dejó las llaves sobre la mesa.
—Bien. Ya era hora de que maduraras.
Entonces vio mi maleta.
—¿Adónde vas?
—Me marcho.
Se rio.
—¿Por una cena?
Coloqué el recibo frente a él.
—No me voy por 2,5 yuanes.
Después puse mi teléfono a su lado.
La fotografía de Vanessa seguía en pantalla.
Adrian dejó de sonreír.
—Eso no significa nada.
—No necesito que signifique nada.
—Vanessa es mi secretaria.
—Entonces espero que disfrutaseis de la cena.
Intentó cogerme del brazo.
Retrocedí.
—No me toques.
Su expresión cambió.
Por primera vez comprendió que aquello no era otra discusión que terminaría conmigo pidiendo disculpas.
—¿Y ahora qué? ¿Vas a casa de tu madre hasta que se te pase?
—No.
Le entregué los documentos.
Adrian leyó la primera página.
—¿Divorcio?
—Sí.
—Estás loca.
Seguí cerrando mi maleta.
Entonces soltó una carcajada.
—Perfecto. Vete. Cuando descubras cuánto cuesta vivir sola, volverás.
Lo miré.
Adrian llevaba años creyendo que mi salario era mucho menor que el suyo.
Nunca le interesó preguntar.
Tampoco sabía que la empresa cubría alojamiento durante mi traslado.
—Probablemente no.
Mi teléfono sonó.
Era mi directora.
Puse el altavoz porque tenía las manos ocupadas.
—Felicidades —dijo—. El consejo aprobó tu nombramiento esta mañana. Recursos Humanos enviará hoy el contrato definitivo.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Nombramiento?
Terminé la llamada.
—Directora regional.
—¿Desde cuándo?
—Desde que dejé de rechazar el puesto por nuestro matrimonio.
Su rostro cambió.
Pero todavía no había terminado.
Antes de salir, abrí la aplicación bancaria y cancelé la transferencia automática mensual que llevaba tres años haciendo a una cuenta conjunta destinada a cubrir la mayor parte de nuestros gastos domésticos.
Adrian miró la pantalla.
—¿Qué estás haciendo?
—Separando nuestras finanzas.
—¡La hipoteca sale de esa cuenta!
—Lo sé.
—¡Entonces tienes que seguir pagando!
Lo miré sorprendida.
El apartamento era suyo.
Lo había comprado antes de conocerme y había insistido innumerables veces en recordármelo cuando discutíamos.
Yo simplemente había pagado la mayor parte de los gastos porque durante años gané más de lo que él imaginaba.
—Es tu casa, Adrian. Eso me has dicho muchas veces.
No respondió.
Entonces su teléfono comenzó a vibrar.
Vanessa.
Una vez.
Dos.
Tres.
Adrian rechazó las llamadas.
A la cuarta apareció un mensaje en la pantalla.
No quise leerlo.
Pero él sí.
Y vi cómo se le borraba el color del rostro.
—¿Qué pasa?
No contestó.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez apareció una vista previa suficientemente grande para que ambos pudiéramos verla.
Vanessa: “Adrian, borra inmediatamente las fotos de anoche. Recursos Humanos me acaba de llamar. Alguien presentó una denuncia y están revisando todos nuestros gastos.”
Fruncí el ceño.
—Yo no denuncié vuestra cena.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Su teléfono sonó otra vez.
Un correo corporativo.
Lo abrió.
Leyó dos líneas y tuvo que sentarse.
La cena japonesa no había sido pagada con su dinero.
Había utilizado la tarjeta de representación de la empresa.
Y según el correo, aquella no era la primera vez.
Habían encontrado meses de gastos vinculados a Vanessa.
Hoteles.
Regalos.
Restaurantes.
Viajes que Adrian me había descrito como reuniones con clientes.
Entonces apareció un último mensaje.
Esta vez de Vanessa.
“No pienso cargar yo con esto. Si empiezan a investigar, les diré quién me ordenó presentar aquellas facturas falsas.”
Adrian me miró.
Y por primera vez aquella mañana, comprendí que la mujer con la que había cenado la noche anterior no estaba dispuesta a hundirse con él.
