PARTE 2: Lo que Margarita enterró bajo el arce rojo

Esperé hasta que Javier se durmió.

A las dos y veinte de la madrugada llegué sola a la casa de mi madre.

El jardín estaba empapado por la lluvia.

Cogí una pala del cobertizo y caminé hacia el arce.

No sabía qué esperaba encontrar.

Joyas.

Dinero.

Documentos.

Cualquier cosa excepto aquello.

Apenas había excavado medio metro cuando la pala chocó contra metal.

Me arrodillé.

Bajo las raíces apareció una pequeña caja oxidada.

Estaba cerrada con un candado tan deteriorado que cedió después de dos golpes.

Dentro había fotografías.

Cartas.

Una cinta de casete.

Y una pulsera hospitalaria.

La sostuve bajo la luz del teléfono.

ELENA MARTÍN.

Fecha: veintisiete años atrás.

Exactamente tres días antes de mi boda.

No conocía a ninguna Elena Martín.

Seguí buscando.

Encontré una fotografía de mi madre mucho más joven junto a una mujer embarazada.

Detrás habían escrito:

“Margarita y Elena. Junio de 1999.”

Pero lo que me hizo dejar de respirar fue la siguiente fotografía.

Elena aparecía con Javier.

Él tenía veintitantos años.

La abrazaba.

Y ella llevaba un anillo.

Le di la vuelta.

Había una frase escrita por Elena:

“Javier dice que después del nacimiento podremos empezar nuestra vida juntos.”

Sentí náuseas.

Entonces encontré un sobre con mi nombre.

La letra era de mi madre.

Lo abrí.

“Lucía, si estás leyendo esto, significa que ya no pude seguir protegiéndote de la verdad.”

Mis manos empezaron a temblar.

Seguí leyendo.

Mi madre afirmaba que Elena había desaparecido pocos días antes de mi boda.

Javier le había dicho a todo el mundo que se había marchado voluntariamente.

Pero Margarita nunca lo creyó.

Aquella noche había encontrado algo en el coche de Javier.

La pulsera del hospital.

Y manchas que la habían asustado.

El resto de la carta estaba incompleto.

Faltaban páginas.

Escuché un ruido detrás de mí.

Me giré.

Nada.

Solo las ramas moviéndose.

Entonces vi algo más dentro del agujero.

Una bolsa gruesa protegida por plástico.

La abrí.

Había un teléfono antiguo, documentos y una llave.

No había restos humanos.

Pero sí suficientes indicios de que aquello podía estar relacionado con una desaparición.

Dejé de tocarlo todo.

Fotografié el lugar y llamé a la policía.

—Creo que he encontrado pruebas relacionadas con una mujer desaparecida hace veintisiete años.

Los agentes llegaron poco después.

Acordonaron el jardín.

Un inspector llamado Álvaro Serrano examinó la caja.

Cuando leyó “Elena Martín”, su expresión cambió.

—¿Conocía este nombre?

—No.

Álvaro me observó.

—Su desaparición nunca se resolvió.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Mi marido fue investigado?

—No oficialmente.

—¿Por qué?

El inspector levantó uno de los documentos encontrados.

—Porque alguien declaró que Elena había abandonado Toledo voluntariamente.

—¿Quién?

No respondió inmediatamente.

Después giró el papel hacia mí.

La declaración estaba firmada por Margarita.

Mi madre.

Ella había proporcionado la coartada que mantuvo a Javier fuera de la investigación.

Entonces comprendí la frase del funeral.

Tuviste esa maldita soga apretándome el cuello.

Mi madre no había sido simplemente cómplice.

Había tenido algo con lo que controlar a Javier durante veintisiete años.

Mi teléfono empezó a sonar.

Javier.

Lo rechacé.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Lucía, sé dónde estás.”

Miré hacia la casa.

Una luz acababa de encenderse en la planta superior.

Yo había llegado sola.

Los policías estaban conmigo en el jardín.

Nadie debería estar dentro.

Álvaro hizo una señal a dos agentes.

Entraron.

Minutos después regresaron con una caja de madera que habían encontrado escondida detrás de un panel del dormitorio de Margarita.

Dentro había decenas de cartas.

Todas de Elena.

Pero una estaba fechada diecinueve años después de su supuesta desaparición.

—Eso significa que estaba viva —susurré.

Álvaro abrió cuidadosamente la última carta.

Leyó en silencio.

Después me miró de una manera que me hizo sentir más miedo que todo lo encontrado bajo el árbol.

—Señora, necesito preguntarle algo.

—¿Qué?

—¿Tiene usted una hermana?

Negué lentamente.

—Soy hija única.

El inspector volvió a mirar la carta.

—Entonces alguien le ha mentido sobre eso también.

Me entregó la última página.

Solo había tres líneas:

“Margarita, acepté desaparecer porque prometiste proteger a mis dos hijas.”

“Tú criaste a Lucía.”

“Ahora dime qué hizo Javier con su hermana.”

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