La enfermera vaciló.
—¿Está segura?
—Completamente.
Las llaves cayeron en la papelera con un sonido pequeño.
Y, por alguna razón, aquel sonido me dio más alivio que cualquier regalo que Alejandro me hubiera hecho en años.
Al día siguiente me dieron el alta.
No regresé a casa.
Mi abogada, Laura Méndez, me esperaba en su despacho con el convenio de divorcio preparado.
—¿Quieres reclamar la casa?
—No.
—¿Acciones de Fuentes Capital?
—Tampoco.
Laura frunció el ceño.
—Valeria, legalmente podrías tener derechos sobre mucho más.
—Solo quiero lo que era mío antes del matrimonio.
Mi estudio original.
Mis cuadros almacenados.
Mis ahorros personales.
Y la pequeña galería que mi padre me había dejado.
Laura me observó unos segundos.
—Has cambiado.
Negué.
—No. Simplemente dejé de intentar que Alejandro me eligiera.
Firmé.
Esa misma tarde alquilé un apartamento pequeño cerca de mi clínica y pedí que recogieran mis pertenencias mientras Alejandro estaba trabajando.
No me llevé los vestidos que había comprado para sus cenas.
Ni las joyas.
Ni siquiera nuestro retrato de boda.
Solo mis pinturas.
Tres maletas.
Y una caja con pinceles que llevaba años sin tocar.
Alejandro descubrió mi ausencia esa noche.
Me llamó diecisiete veces.
No contesté.
Después comenzaron los mensajes.
¿Dónde estás?
Valeria, deja de comportarte como una niña.
Mañana tenemos la cena con los Ortega.
Finalmente:
Contesta. Me estás preocupando.
Aquello casi me hizo reír.
Durante años había sido yo quien preguntaba dónde estaba.
Ahora bastaron unas horas sin saber dónde dormía para que perdiera la calma.
Dos días después apareció en mi consulta.
Laura había venido conmigo precisamente porque esperaba algo así.
Alejandro entró y dejó una carpeta sobre la mesa.
—He transferido el estudio de la azotea oficialmente a tu nombre.
No la abrí.
—No lo quiero.
—Entonces dime qué quieres.
—Nada.
Su expresión se endureció.
—Todo el mundo quiere algo.
—Yo también quería algo.
Lo miré.
—A ti.
Por primera vez no tuvo respuesta.
Laura colocó los documentos frente a él.
—Señor Fuentes, mi clienta solicita el divorcio.
Alejandro no tocó los papeles.
Me miró como si estuviera esperando que sonriera y admitiera que aquello era otra amenaza para llamar su atención.
Pero yo simplemente pregunté:
—¿Puedes firmar aquí?
Fue entonces cuando apareció el miedo.
No cuando lloraba.
No cuando revisaba sus horarios.
No cuando discutíamos por Sofía.
Ahora.
Cuando ya no quería convencerlo de nada.
—¿Es por ella? —preguntó.
—No.
—Entonces puedo despedirla.
—Haz lo que quieras.
—Puedo vender el yate.
—También puedes quedártelo.
—¡Valeria!
Su voz hizo que Laura levantara la mirada.
Yo no reaccioné.
Alejandro respiró profundamente.
—Dame una semana.
—No.
—Tres días.
—Tampoco.
—Entonces dime qué tengo que hacer.
Lo observé con una tristeza extrañamente tranquila.
—Eso era lo que llevaba años intentando decirte.
Salió sin firmar.
Aquella noche recibí un correo inesperado.
No era suyo.
Era de Teresa, su antigua secretaria ejecutiva, despedida seis meses atrás sin explicación.
El asunto decía:
“Hay algo que deberías saber sobre Sofía.”
Abrí el mensaje.
Teresa había adjuntado registros de gastos corporativos.
Hoteles.
Restaurantes.
El alquiler del yate.
Regalos.
Pero había algo extraño.
Sofía no aparecía como beneficiaria.
Todos los gastos estaban autorizados bajo un proyecto llamado V-17.
—¿Qué demonios…? —murmuré.
Llamé a Teresa.
Respondió inmediatamente.
—Sabía que acabarías encontrándolo.
—¿Qué es V-17?
Hubo una pausa.
—Por eso me despidieron.
Según Teresa, Sofía había sido contratada después de que Alejandro ordenara buscar específicamente a una estudiante de su universidad.
No por sus calificaciones.
No por aquel premio.
Por su apellido.
—Alejandro llevaba casi un año investigándola antes de contratarla —dijo Teresa.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—No lo sé. Pero encontré pagos a una empresa de investigación privada. Cuando pregunté, me despidieron.
Abrí el último archivo adjunto.
Era una fotografía tomada meses antes de que Sofía entrara en Fuentes Capital.
Alejandro estaba sentado dentro de un automóvil frente al campus universitario.
Observándola.
Entonces llegó otro correo.
Esta vez de Alejandro.
Solo contenía una frase:
“Antes de divorciarte de mí, pregúntame quién es realmente Sofía.”
Me quedé mirando la pantalla.
Segundos después, Teresa susurró al teléfono:
—Valeria, hay algo más. Revisé la fecha en que comenzó el proyecto V-17.
—¿Cuándo?
—Tres días después de que te diagnosticaran depresión.
Y entonces comprendí que quizá Alejandro no había empezado a temerme cuando dejé de vigilarlo.
Quizá llevaba meses temiendo el momento en que yo estuviera lo bastante lúcida para empezar a vigilar otra cosa.
