Retiré mi brazo de su mano.
—¿Seguir igual?
Daniel pareció interpretar mi calma como una oportunidad.
—Camila y yo estamos casados legalmente, sí. Pero eso no significa que tengas que desaparecer de mi vida.
Lo miré durante varios segundos.
Cinco años.
Había necesitado cinco años para descubrir que el hombre al que amaba no me consideraba su pareja.
Me consideraba una comodidad.
—Mañana era nuestra fiesta de compromiso.
—Podemos cancelarla discretamente.
—Ya lo hice.
Su expresión cambió.
—¿Qué?
Saqué el teléfono.
Había enviado un único mensaje al restaurante, al fotógrafo y a todos los invitados:
“El compromiso queda cancelado por circunstancias personales.”
Daniel palideció.
—Mis compañeros estaban invitados.
—Lo sé.
—¿Y mis jefes?
—También.
—¡Van a preguntar qué ocurrió!
Tomé la maleta.
—Entonces puedes presentarles a tu esposa.
Pasé junto a él.
—Elena.
No me detuve.
—¡Elena!
Aquella noche dormí en casa de mi amiga Sofía.
A la mañana siguiente recibí una llamada de mi madre.
Contesté esperando preguntas sobre la cancelación.
Pero su primera frase me dejó inmóvil.
—¿Por qué Daniel me está acusando de pedirle ochenta y ocho mil dólares?
Me incorporé.
—¿No se los pediste?
—Nunca he hablado de dinero con Daniel.
Sentí un frío extraño.
—Mamá, ¿recuerdas la cena de hace dos semanas?
—Claro.
—Daniel dijo que después hablasteis sobre el regalo de boda.
—Daniel se marchó antes que nosotros. Ni siquiera tengo su número privado.
Guardé silencio.
Entonces recordé algo.
La supuesta petición de mi familia siempre había venido de Daniel.
Nunca de mis padres.
Él me había dicho que mi madre había puesto aquella condición.
Yo, avergonzada, nunca se lo pregunté directamente.
Abrí el portátil.
Busqué las transferencias de los últimos años.
Daniel presumía de haberme mantenido.
Pero yo había pagado muebles, reformas, viajes y casi todos los gastos cotidianos.
Incluso había transferido treinta mil dólares cuando él necesitó capital para entrar como socio minoritario en una empresa.
Tenía todos los comprobantes.
A mediodía apareció un mensaje desde un número desconocido.
Era Camila.
Necesitamos hablar. Daniel me ha mentido a mí también.
Estuve a punto de bloquearla.
Entonces llegó una fotografía.
Un documento bancario.
Daniel le había transferido ciento ochenta y ocho mil dólares tres días antes de casarse.
Exactamente la cantidad de la que había presumido la noche anterior.
Me reuní con Camila en un café.
Llegó sola.
—Daniel me dijo que habíais terminado hace cuatro meses —dijo inmediatamente.
No respondí.
—Me aseguró que seguías viviendo en el apartamento porque no tenías dinero para marcharte.
Solté una risa amarga.
—¿Y los ciento ochenta y ocho mil?
Camila bajó la mirada.
—Dijo que era para que mi hija y yo pudiéramos empezar de nuevo.
—¿De qué cuenta salió?
—No lo sé.
Le mostré una antigua transferencia mía.
Treinta mil dólares.
Camila miró el número de cuenta.
Su rostro cambió.
—Es la misma.
Eso no tenía sentido.
Aquella cuenta pertenecía a la empresa en la que Daniel decía haber invertido mi dinero años atrás.
Llamé inmediatamente al banco.
No podían darme información sobre movimientos ajenos, pero sí confirmaron algo importante.
Mi transferencia original no había sido una aportación empresarial.
Había entrado en una cuenta personal administrada por Daniel.
Sentí que me faltaba el aire.
Camila abrió entonces su bolso.
—Hay otra cosa.
Sacó una carpeta.
—Daniel insistió en que firmáramos varios documentos justo después de registrar el matrimonio. Dijo que eran trámites para incluirme en su seguro.
Pasé las páginas.
No era un seguro.
Había una solicitud de crédito respaldada por activos que Daniel afirmaba poseer.
Entre ellos aparecía el apartamento.
Y también una inversión que reconocí inmediatamente.
La que yo había financiado.
—Camila, ¿firmaste esto?
—No. Le dije que quería enseñárselo primero a un abogado.
Por primera vez entendí por qué Daniel había tenido tanta prisa por casarse.
Quizá Camila tampoco era el premio.
Quizá era simplemente la siguiente persona a la que pensaba utilizar.
Mi teléfono vibró.
Era Sofía.
Había ido al apartamento a recoger unas cajas que yo había olvidado.
Su mensaje decía:
Elena, Daniel está vaciando la casa. Hay dos hombres llevándose documentos y cajas.
Debajo había una fotografía.
Amplié la imagen.
Uno de los hombres sostenía una carpeta azul.
La reconocí.
Contenía todos los documentos originales de la inversión que yo había hecho cinco años atrás.
Pero lo que me heló fue el hombre que estaba junto a Daniel.
Lo conocía perfectamente.
Era el abogado que, según mi padre, había llamado a nuestra familia semanas antes para preguntar si estaríamos dispuestos a renunciar a cualquier reclamación económica después de mi boda.
Entonces comprendí algo.
Los ochenta y ocho mil dólares nunca habían sido una exigencia de mi familia.
Habían sido la cantidad que Daniel necesitaba que yo creyera que mis padres habían pedido para tener una excusa perfecta para no casarse conmigo.
La pregunta era por qué necesitaba casarse con otra mujer con tanta urgencia.
Camila seguía leyendo los documentos.
De pronto se quedó completamente inmóvil.
—Elena…
Giró una de las páginas hacia mí.
En la solicitud aparecía una fecha.
Daniel había iniciado el trámite financiero seis meses antes.
Mucho antes de conocer a Camila.
Y en la casilla destinada al nombre de su futura esposa no aparecía el de ella.
Aparecía el mío.
