Ethan permaneció con el teléfono junto al oído incluso después de que Laura Bennett colgara.
Aquella frase siguió resonando en su cabeza.
Clara no quería dinero.
No quería la mansión.
Ni siquiera quería que él la persiguiera.
Simplemente había terminado.
Dos días después, mientras revisaba por tercera vez las pertenencias de su madre, encontró su antiguo teléfono dentro de una caja que Clara había dejado para su padre.
Había once llamadas realizadas la noche de su muerte.
Ocho a Ethan.
Dos a emergencias.
Y una última llamada a Natalie.
Ethan se quedó mirando aquel nombre.
¿Por qué su madre había llamado a su secretaria?
Marcó a su padre.
—¿Mamá conocía a Natalie?
El silencio fue inmediato.
—Pregúntale a ella.
—¿Qué significa eso?
—Tu madre intentó advertirte sobre esa mujer antes de morir.
Ethan sintió un vacío en el estómago.
—Nunca me dijo nada.
—Sí lo hizo. Tú estabas demasiado ocupado para escucharla.
Ethan recordó entonces una conversación ocurrida dos semanas antes del viaje.
Su madre había aparecido inesperadamente en su oficina.
Le había pedido que despidiera a Natalie.
Él se había enfadado.
“Deja de interferir en mi trabajo.”
Su madre lo había mirado durante mucho tiempo.
“Algún día entenderás que no todo el que sonríe a tu lado quiere verte triunfar.”
Ethan había olvidado aquellas palabras.
Hasta ahora.
Llamó a Natalie.
—Ven a mi oficina.
Ella apareció veinte minutos después.
—¿Qué pasa?
Ethan colocó el teléfono de su madre sobre la mesa.
—¿Por qué te llamó la noche que murió?
Natalie palideció.
—No lo recuerdo.
—Fue hace menos de dos semanas.
—Quizá fue accidental.
—Duró cuatro minutos y diecisiete segundos.
Natalie dejó de hablar.
Ethan se levantó.
—¿Qué te dijo?
—Ethan, estás alterado.
—¿Qué te dijo mi madre?
Natalie retrocedió.
—Había descubierto algo.
El aire pareció desaparecer de la oficina.
—¿Qué?
—Los gastos del proyecto de la isla.
Ethan frunció el ceño.
—¿Qué tienen que ver con ella?
Natalie respiró profundamente.
—Tu madre descubrió que varias facturas estaban infladas.
—¿Quién las autorizó?
Natalie no respondió.
Ethan abrió inmediatamente el sistema financiero.
Durante los siguientes cuarenta minutos revisó transferencias que nunca antes había cuestionado.
Hoteles.
Consultorías.
Empresas intermediarias.
Entonces encontró una sociedad que aparecía repetidamente.
NB Strategic Holdings.
—¿Qué es esto?
Natalie empezó a llorar.
—Yo solo seguía instrucciones.
—¿De quién?
La puerta se abrió.
Su director financiero entró acompañado por dos miembros del departamento legal.
—Señor Caldwell, necesitamos hablar.
Dejó una carpeta frente a Ethan.
—Después de la muerte de su madre, la señora Clara nos pidió preservar ciertos documentos.
Ethan levantó la cabeza.
—¿Clara?
—Llevaba casi cuatro meses investigando irregularidades.
Aquello lo golpeó más fuerte que cualquier acusación.
Mientras él se alejaba de su esposa, Clara había estado intentando proteger su empresa.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
El director financiero miró a Natalie.
—Según los correos que conservamos, lo intentó.
Ethan abrió la carpeta.
Había mensajes enviados por Clara.
Todos dirigidos a él.
Nunca había visto ninguno.
Pero figuraban como leídos desde su cuenta.
Levantó lentamente la mirada.
Natalie estaba llorando.
—¿Entraste en mi correo?
—Ethan…
—¿Borraste sus mensajes?
—Algunos.
—¿También apagaste mi teléfono durante el viaje?
Natalie negó rápidamente.
—Tú decidiste apagarlo.
Era verdad.
Y aquello era lo peor.
Natalie podía haber manipulado muchas cosas.
Pero había sido Ethan quien decidió desconectarse.
—Fuera.
—Déjame explicarte.
—Fuera.
Seguridad la acompañó hasta la puerta.
Aquella noche, el director financiero llamó otra vez.
Habían identificado al propietario real de NB Strategic Holdings.
Ethan esperaba encontrar a Natalie.
No era ella.
El nombre pertenecía a Daniel Brooks, su padre.
Entonces apareció algo todavía más extraño.
Clara había solicitado información sobre Daniel meses antes.
Ethan llamó inmediatamente a Laura Bennett.
—Necesito saber qué descubrió Clara.
—No estoy autorizada.
—Esto afecta a mi empresa.
—Entonces sus abogados pueden investigarlo.
—Laura, mi madre murió intentando contactar con Natalie. Clara estaba investigando a su familia. Necesito saber por qué.
La abogada guardó silencio.
Finalmente respondió:
—Hay algo que puedo decirle porque pronto formará parte del expediente.
—¿Qué?
—Su madre no sufrió el primer episodio cardíaco la noche en que usted estaba en la isla.
Ethan dejó de respirar.
—¿Cómo?
—Había sido hospitalizada seis semanas antes.
—Eso es imposible.
—Clara estuvo con ella.
—¿Por qué nadie me avisó?
—Su madre pidió que no lo hicieran.
Ethan cerró los ojos.
—¿Por qué?
Laura tardó unos segundos.
—Porque durante aquella hospitalización le contó a Clara algo sobre su matrimonio con su padre.
Ethan se quedó inmóvil.
—¿Qué le contó?
—No puedo darle más información.
La llamada terminó.
A la mañana siguiente, Ethan fue directamente a casa de su padre.
Encontró a Charles sentado solo en el despacho.
Colocó delante de él los documentos de NB Strategic Holdings.
—¿Conoces a Daniel Brooks?
El rostro de Charles cambió.
Solo durante un segundo.
Pero Ethan lo vio.
—¿Quién te dio ese nombre?
—Contesta.
Charles se levantó.
—Hay cosas que tu madre decidió llevarse a la tumba.
—Clara las conoce, ¿verdad?
Su padre no respondió.
Ethan sintió que la rabia se transformaba en miedo.
—¿Por eso Clara se llevó las cenizas?
Charles cerró los ojos.
—No.
—Entonces ¿por qué?
Su padre abrió un cajón y sacó un sobre.
En el frente estaba escrito el nombre de Ethan con la letra de su madre.
—Ella dejó esto para ti.
Ethan lo abrió.
Dentro había una fotografía antigua.
Su madre aparecía mucho más joven.
A su lado estaba Daniel Brooks.
El padre de Natalie.
En la parte posterior había una fecha de hacía treinta y cuatro años.
Exactamente nueve meses antes del nacimiento de Ethan.
Debajo, su madre había escrito una sola frase:
“Antes de odiar a Clara por marcharse, pregúntale a tu padre por qué Daniel Brooks regresó después de treinta años.”
