PARTE 2: La verdad detrás de las rosas blancas

—Maya, abre la puerta.

Seguí doblando mis camisas.

—Maya.

Esta vez la voz de Julian tembló.

Abrí.

Sus ojos bajaron directamente hacia la maleta.

—¿Qué estás haciendo?

—Me traslado en dos semanas.

—¿Qué?

Le entregué la carta de nombramiento.

La leyó dos veces.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Hace meses sabía que existía la posibilidad. La confirmación llegó hoy.

—¿Y no pensabas decírmelo?

Lo miré.

—Tú tampoco pensaste que necesitaba saber lo de Serena.

Su rostro se quedó completamente inmóvil.

Por primera vez en seis meses había pronunciado su nombre.

—Maya…

Abrí la laptop y coloqué sobre la pantalla las capturas que había guardado.

Luego fui al dormitorio, saqué la caja de joyería y la dejé delante de él.

El collar cayó sobre la mesa.

J & S.

Julian palideció.

—No es lo que crees.

—Entonces dime qué es.

—Serena y yo nunca nos acostamos.

No sentí alivio.

—¿Eso debería mejorar algo?

—No. Pero necesito que sepas la verdad.

Se sentó lentamente.

—Hace ocho meses Serena fue asignada a mi equipo. Empezamos a hablar demasiado. Primero del trabajo. Después de cosas personales.

—De nuestro matrimonio.

Bajó la cabeza.

—Sí.

—Mientras conmigo apenas hablabas.

No respondió.

—¿Las rosas?

—Las compré yo.

Aquello dolió incluso después de seis meses.

—¿Para ella?

—Sí.

Cerré los ojos un instante.

Julian continuó.

—Ese día iba a terminarlo. Había permitido que aquello llegara demasiado lejos. Las flores eran una despedida.

Solté una risa seca.

—Qué romántica tu forma de terminar una traición.

—Lo sé.

Entonces señaló el collar.

—Pero eso no se lo regalé yo.

Lo miré.

—Estaba en tu cajón.

—Porque Serena me lo devolvió.

—¿Te lo devolvió?

Julian tragó saliva.

—Ella me lo regaló.

Eso no cambiaba nada.

Hasta que añadió:

—Y yo le dije que no podía aceptarlo.

Me quedé en silencio.

—¿Entonces por qué decía J & S?

Julian levantó la mirada.

—Eso mismo le pregunté.

Algo en su tono me hizo detenerme.

—¿Qué respondió?

—Que significaba Julian y Serena.

—Entonces ya está.

—No, Maya. Porque después descubrí que el collar había sido comprado meses antes de que Serena llegara a mi unidad.

Fruncí el ceño.

Julian sacó su teléfono.

—Hace tres semanas pedí que revisaran discretamente algunos incidentes relacionados con ella.

—¿Incidentes?

—No podía utilizar recursos militares para investigar un asunto personal, así que recurrí a un investigador privado fuera de la base.

Deslizó varias fotografías.

Serena entrando en un restaurante.

Serena hablando con un hombre.

Y luego una imagen me hizo acercarme.

Conocía a aquel hombre.

—Ese es David Mercer.

Mi antiguo director.

El mismo ejecutivo cuyo traslado había abierto el puesto al que acababan de ascenderme.

—Exacto —dijo Julian.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué Serena se reúne con él?

—No lo sé todavía.

—¿Qué tiene eso que ver conmigo?

Julian tardó demasiado en responder.

—Creo que bastante.

Sacó una hoja doblada.

Era una copia de un correo electrónico enviado desde una cuenta anónima a Recursos Humanos de mi empresa cuatro meses atrás.

En él se me acusaba de filtrar información confidencial a mi marido militar.

La denuncia había sido investigada y descartada.

Nunca me lo habían contado.

—¿Quién envió esto?

—La cuenta fue creada desde un dispositivo asociado a Serena.

Me senté.

De pronto, aquello ya no parecía únicamente una aventura emocional.

—¿Por qué querría perjudicar mi carrera?

Julian negó con la cabeza.

—Eso llevo semanas intentando descubrir.

Mi teléfono vibró.

Mi nueva directora.

Contesté.

—Maya, siento llamarte tan tarde. Tenemos un problema con tu traslado.

Miré a Julian.

—¿Qué ocurre?

—Alguien ha presentado documentación cuestionando tu nombramiento.

Sentí que se me enfriaban las manos.

—¿Qué documentación?

Hubo una pausa.

—Correos que supuestamente demuestran que obtuviste información privilegiada a través de tu marido.

Julian se levantó.

—¿Quién los presentó? —pregunté.

—David Mercer.

Cerré los ojos.

Todo empezaba a conectarse.

Entonces mi directora añadió:

—Hay algo más extraño. Mercer asegura que puede demostrar que tu marido lleva meses colaborando con Serena Lane para obtener información sobre nuestra empresa.

Miré directamente a Julian.

Él había escuchado.

Su rostro cambió.

No por culpa.

Por reconocimiento.

—Maya —dijo lentamente—, pregúntale qué fecha aparece en el primer correo.

Lo hice.

Mi directora respondió.

—El siete de noviembre.

El día de las rosas blancas.

Julian dejó escapar el aire.

—Dios mío.

—¿Qué?

Me miró como si acabara de comprender algo que llevaba seis meses frente a nosotros.

—Serena no intentaba destruir nuestro matrimonio porque quisiera quedarse conmigo.

Su voz bajó.

—Se acercó a mí porque necesitaba llegar hasta ti.

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