PARTE 2: La factura que mi familia esperaba que pagara

Quince días después, a las 2:37 de la madrugada, un número desconocido me llamó seis veces.

A la séptima contesté.

—¿Señorita Clara Zhou?

—Sí.

—Llamamos del Hospital Central. Su madre, Teresa Zhao, ha sufrido una emergencia médica. Necesita una intervención quirúrgica.

Me incorporé en la cama.

Durante unos segundos, todos los recuerdos de Año Nuevo desaparecieron.

Solo pensé: mamá.

Entonces escuché otra voz al fondo.

Kevin.

—¡Dile que venga rápido! ¡Dile cuánto cuesta!

Cerré los ojos.

El médico continuó:

—Su padre nos indicó que usted suele encargarse de los gastos médicos familiares.

Ahí estaba.

Ni siquiera en aquel momento me habían llamado porque fuera su hija.

Me habían llamado porque era su cartera.

—¿Cuánto?

—El depósito inicial es considerable. Pero antes necesitamos que un familiar venga al hospital.

Me vestí y fui.

No por Kevin.

No por mi padre.

Y tampoco porque hubiera olvidado lo ocurrido.

Fui porque necesitaba mirarla una vez más antes de decidir qué clase de hija quería ser después de todo aquello.

Cuando llegué, Kevin corrió hacia mí.

—Por fin. Ve a pagar.

Ni siquiera preguntó cómo estaba.

Mi padre me entregó una factura.

—Clara, son ciento veinte mil. Después veremos cómo devolvértelo.

Miré el papel.

Luego a Kevin.

—¿Dónde están los trescientos mil que puse para tu apartamento?

Su rostro cambió.

—Eso no tiene nada que ver.

—Véndelo.

—¿Estás loca?

Sonreí amargamente.

—Entonces parece que sí tiene algo que ver.

Mi padre intentó intervenir.

—Tu madre está enferma. No es momento de ajustar cuentas.

—Curioso. Cuando ella destruyó mi reputación tampoco parecía ser momento de preguntarse por las consecuencias.

Kevin explotó.

—¡Es nuestra madre!

Lo miré.

—También es la mujer que me dijo que si algún día le ocurría algo no fuera a fingir ser su hija.

El médico salió.

—¿Usted es Clara?

Asentí.

—Necesitamos hablar sobre la operación.

Miré a Kevin.

Luego repetí exactamente las palabras de mi madre:

—Doctor, yo solo soy una ladrona de verduras.

Kevin abrió la boca.

Pero levanté una mano.

—Eso no significa que quiera que muera.

Saqué mi teléfono.

—Pagaré únicamente la cantidad que legalmente me corresponda y colaboraré con el hospital para que reciba atención. El resto tendrá que asumirlo la familia que ella defendió mientras me humillaba.

Kevin se quedó blanco.

—¡Yo no tengo ese dinero!

—Entonces ya sabes cómo me sentí cuando papá necesitó ciento cincuenta mil.

Mi padre bajó la cabeza.

Horas después, Teresa salió estable de la operación.

No entré a verla.

Estaba a punto de marcharme cuando una mujer mayor se acercó por el pasillo.

La reconocí inmediatamente.

—¿Señora Wang?

Era la vecina que me había regalado las verduras.

Me tomó las manos.

—Clara, llevo dos semanas intentando encontrarte.

Sacó su teléfono.

—Vi los vídeos de tu madre. Intenté comentar que aquellas verduras eran mías, pero me bloqueó.

Sentí un escalofrío.

—¿Mi madre la bloqueó?

—Y borró mis comentarios.

Aquello cambió algo.

Hasta entonces había intentado convencerme de que Teresa había actuado impulsivamente.

Pero si había eliminado deliberadamente las pruebas de mi inocencia…

Entonces había querido mantener viva la mentira.

La señora Wang continuó:

—Por eso grabé esto.

En el vídeo aparecía ella recogiendo las verduras de su patio aquella tarde.

Después se me veía llegar.

Ella me entregaba la bolsa.

La fecha y la hora eran perfectamente visibles.

—Publíquelo —dije.

—¿Estás segura?

—Completamente.

El vídeo empezó a circular aquella misma mañana.

Y esta vez la historia cambió.

Pero antes de poder sentir alivio, mi teléfono recibió una notificación bancaria.

Una solicitud de préstamo había sido presentada utilizando mis datos personales.

Solicitante: Clara Zhou.

Cuenta receptora: Kevin Zhou.

Me quedé mirando la pantalla.

La solicitud había sido iniciada tres días antes de la operación.

Tres días.

Mi madre todavía no estaba hospitalizada.

Llamé inmediatamente al banco.

—Quiero saber quién presentó esto.

La empleada comprobó el expediente.

—Se realizó presencialmente.

—¿Quién llevó los documentos?

Hubo unos segundos de silencio.

—Según el registro, una mujer identificada como Teresa Zhao.

Miré hacia la habitación donde mi madre acababa de salir de cirugía.

Entonces comprendí que aquella llamada del hospital no era el comienzo de una emergencia familiar.

Era el momento en que había descubierto un problema mucho más antiguo.

Mi madre no solo llevaba años tomando mi dinero.

Había empezado a utilizar mi identidad.

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