PARTE 2: La mujer que Ethan nunca llegó a conocer

Durante doce días, nadie de la familia Ford pudo contactarme.

Y fueron los doce días más tranquilos que había vivido en cinco años.

Dormía hasta que mi cuerpo despertaba solo. Comía lo que quería. Dejé de mirar el reloj pensando en desayunos, uniformes, cenas o medicamentos de mis suegros.

Entonces recibí una llamada de un número desconocido.

—¿Señora Ford?

—Ya no.

Hubo un breve silencio.

—Perdone. ¿Hablo con la señorita Evelyn Hart?

Hacía años que nadie pronunciaba mi apellido de soltera.

—Sí.

—La llamamos de Beaumont & Lane. Encontramos su antiguo expediente y nos gustaría hablar con usted sobre una posible reincorporación.

Me quedé inmóvil.

Antes de casarme había trabajado como diseñadora de interiores.

Había renunciado cuando nació Noah porque Ethan viajaba constantemente y mis suegros insistían en que un niño necesitaba a su madre en casa.

Creí que mi carrera había terminado.

Pero alguien había encontrado uno de mis antiguos proyectos.

Tres días después estaba sentada en una entrevista.

Una semana después tenía trabajo.

Mientras yo reconstruía mi vida, la casa Ford empezaba a derrumbarse por cosas ridículamente pequeñas.

Nadie sabía qué uniforme debía llevar Noah los jueves.

Mi suegro olvidaba sus citas.

Mi suegra contrató dos empleadas y despidió a ambas antes de terminar la semana.

Y Ethan descubrió que la casa que siempre había funcionado perfectamente no se mantenía sola.

Una tarde, al recoger unos documentos del colegio de Noah, escuché una voz detrás de mí.

—Mamá.

Me giré.

Noah estaba junto a Ethan.

Mi hijo corrió dos pasos hacia mí, pero se detuvo.

—¿Cuándo vuelves?

Me agaché.

—Ya no voy a vivir con papá.

—¿Por qué?

Antes de responder, Ethan intervino.

—Porque tu madre sigue enfadada.

Lo miré.

—No. Porque estamos divorciados.

Noah abrió mucho los ojos.

Ethan endureció la mandíbula.

—No necesitas hablarle así.

—Necesita la verdad.

Noah apretó su osito.

—¿Es porque dije que quería una mamá bonita?

Aquello todavía dolía.

Pero ya no de la misma manera.

—No me fui por una frase tuya, Noah. Los adultos tomamos decisiones por muchas razones. Tú no eres responsable.

Sus hombros se relajaron ligeramente.

Entonces preguntó:

—¿Celeste será mi nueva mamá?

Ethan se quedó completamente quieto.

Lo miré.

—¿Por qué preguntas eso?

—La abuela dijo que ahora papá puede traer por fin a la persona correcta.

El rostro de Ethan cambió.

—Noah, ve con la profesora.

Cuando estuvimos solos, habló entre dientes.

—Mi madre no tenía derecho a decir eso.

—Pero tú sí tenías derecho a llevar a Celeste con nuestro hijo el día de mi cumpleaños.

—No pasó nada entre nosotros.

—Ya no importa.

Intenté marcharme.

Ethan me agarró suavemente del brazo.

—Evelyn.

Era la primera vez en años que decía mi nombre con aquella desesperación.

Me solté.

—No confundas perder la comodidad conmigo con perderme a mí. Para perderme primero tendrías que haberme tenido.

Me fui.

Esa noche, alguien llamó a mi apartamento.

Pensé que sería una entrega.

Era Celeste.

Estaba impecable, como siempre.

—Necesitamos hablar.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Sí lo tenemos. Porque Ethan tampoco te contó por qué pasó cuatro años viajando.

Mi mano permaneció sobre la puerta.

—Negocios.

Celeste soltó una sonrisa triste.

—Eso es lo que te dijo.

Sacó una carpeta del bolso.

—Ethan y yo no volvimos a estar juntos.

—No me interesa.

—Debería interesarte esto.

Me entregó la carpeta.

Dentro había contratos, informes bancarios y fotografías de propiedades.

Y después encontré algo que me hizo dejar de respirar.

Una fotografía mía.

Tenía diecinueve años.

Estaba saliendo de la universidad.

Detrás aparecía una fecha.

Mucho antes de que Ethan supuestamente me conociera.

—¿De dónde salió esto?

Celeste me sostuvo la mirada.

—Del despacho privado de Ethan.

Pasé a la siguiente página.

Había fotografías mías de diferentes años.

Registros académicos.

Información sobre el orfanato donde crecí.

Incluso documentos relacionados con mis padres biológicos.

—¿Por qué tenía todo esto?

—Porque tú nunca fuiste la mujer que Ethan eligió para hacerme daño.

Sentí un escalofrío.

Celeste señaló el último documento.

—Fue al revés.

Lo abrí.

Era un informe antiguo sobre un accidente ocurrido cuando yo era niña.

Dos nombres estaban subrayados.

El de mi padre.

Y el de Richard Ford, el padre de Ethan.

Levanté la cabeza.

—¿Qué tiene que ver mi suegro con mis padres?

Celeste tardó unos segundos en responder.

—Evelyn, Ethan no pasó cuatro años viajando por negocios.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era Ethan.

Celeste miró la pantalla y después volvió a mirarme.

—Pasó cuatro años buscando pruebas de lo que su padre hizo la noche en que tú quedaste huérfana.

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