PARTE 2: La verdad que Daniel descubrió en Boston

A la mañana siguiente entré sola en la sede del comité.

Sofía ya estaba allí.

Cuando me vio, su sonrisa desapareció.

—Laura… ¿qué haces aquí?

—Recuperando lo que me pertenece.

La puerta de la sala de reuniones se abrió.

Tres miembros del comité nos hicieron pasar.

Sobre la mesa había copias de mi supuesta renuncia, correos electrónicos y registros de llamadas.

—Doctora Martín —dijo la directora—, necesitamos confirmar algo. ¿Esta es su firma?

—No.

—¿Autorizó a su esposo a rechazar la beca en su nombre?

—Jamás.

Sofía se removió en su silla.

Entonces colocaron delante de ella varios correos.

—Doctora Vega, usted recibió información sobre la renuncia antes de que fuera procesada oficialmente.

Sofía palideció.

—Daniel me dijo que Laura había decidido quedarse por el embarazo.

—¿Y nunca le pareció extraño que él pagara su apartamento en Boston?

Silencio.

La reunión duró casi dos horas.

Al salir, mi teléfono tenía veintisiete llamadas de Daniel.

No respondí.

El comité suspendió temporalmente la incorporación de Sofía y abrió una investigación sobre la falsificación. Mi caso sería reconsiderado de inmediato.

Debería haber sentido satisfacción.

En cambio, solo estaba cansada.

Hasta que recibí un correo del hospital donde había perdido al bebé.

Solicitud de acceso a historia clínica.

Alguien había intentado obtener mis informes aquella mañana.

Daniel.

Lo llamé por primera vez.

—¿Qué estás haciendo?

—Necesito entender qué pasó.

—No tienes permiso para revisar mis documentos.

—Laura, encontré algo.

Su voz era distinta.

—¿Qué?

—Tus once llamadas no llegaron a mi teléfono.

Cerré los ojos.

—No empieces.

—Escúchame. Revisé mi cuenta. Fueron desviadas.

Me quedé en silencio.

—¿Desviadas por quién?

—No lo sé todavía. Pero esa noche alguien activó el desvío desde mi cuenta compartida.

Sentí un escalofrío.

Solo tres personas conocían las credenciales administrativas del plan telefónico.

Daniel.

Yo.

Y Sofía, porque meses atrás Daniel la había añadido para gestionar una línea profesional del hospital.

—¿Estás diciendo que Sofía…?

—Estoy diciendo que necesito pruebas.

Horas después regresé al hotel.

Sofía estaba esperándome en el vestíbulo.

—Has destruido mi carrera.

—No. Si participaste en esto, lo hiciste tú sola.

Intentó marcharse.

—¿Desviaste mis llamadas aquella noche?

Se detuvo.

No necesitaba otra respuesta.

—Tú sabías que estaba intentando localizar a Daniel.

—No sabía que estabas perdiendo al bebé.

—Pero impediste que pudiera hablar con mi marido.

Sofía se giró.

—Porque él iba a dejarme sola en la gala en cuanto llamaras. Siempre lo hacía. Bastaba con que dijeras su nombre y él corría hacia ti.

La miré incrédula.

—Así que todo esto era por Daniel.

Sofía soltó una risa amarga.

—¿De verdad sigues creyendo que Daniel te quitó la beca solo porque quería mantenerte en casa?

Mi corazón se aceleró.

—¿Qué quieres decir?

Antes de responder, las puertas del hotel se abrieron.

Daniel entró.

Había tomado el primer vuelo.

Sofía lo miró y retrocedió.

—Díselo tú.

Daniel se quedó inmóvil.

—Sofía, cállate.

Aquello fue suficiente.

—¿Decirme qué?

Ninguno respondió.

Me acerqué a Daniel.

—¿Por qué falsificaste realmente mi renuncia?

Sus ojos estaban rojos.

—Laura…

—La verdad.

Finalmente sacó un documento doblado del bolsillo.

Era una carta médica fechada semanas antes de que yo anunciara mi embarazo.

Reconocí el nombre del especialista.

Pero no era un informe mío.

Era de Daniel.

Leí dos líneas.

Después tuve que volver a leerlas.

Levanté lentamente la mirada.

—Esto dice que…

Daniel cerró los ojos.

—Que probablemente no podía tener hijos.

El vestíbulo pareció quedarse sin sonido.

Instintivamente llevé una mano a mi vientre vacío.

—Entonces nuestro bebé…

—Eso es lo que intenté preguntarme desde que me lo dijiste.

Sofía dio otro paso atrás.

Y comprendí algo.

Ella no parecía sorprendida.

La señalé.

—Tú ya lo sabías.

Daniel se giró hacia ella.

Sofía palideció.

—Sofía, ¿cómo conocías ese diagnóstico?

Ella no respondió.

Pero Daniel sí entendió.

Y cuando pronunció su nombre, su voz ya no contenía tristeza.

Contenía miedo.

—Laura… ese informe desapareció de mi expediente hace casi un año.

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