Desperté con un pitido constante junto a la cama.
Intenté incorporarme.
—Despacio, Reese.
El doctor Mensah apareció a mi lado.
Entonces recordé sus palabras.
La policía.
Miré hacia la puerta.
Una mujer con una placa esperaba allí.
—Soy la detective Laura Bennett —dijo—. Necesitamos hacerle algunas preguntas cuando se sienta preparada.
—¿Sobre Tristan?
Ninguna de las dos respondió inmediatamente.
Mi corazón empezó a acelerarse.
—¿Qué encontraron en mi pierna?
Mensah acercó una silla.
—La infección era seria, pero llegó a tiempo para que pudiéramos empezar el tratamiento.
Respiré temblorosamente.
—Eso no explica a la policía.
La detective abrió una carpeta.
—¿Cómo se hizo la herida?
—Me clavé algo en casa hace unos días.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Entonces recordé.
Había entrado descalza en nuestro dormitorio.
Sentí un pinchazo junto al armario.
Tristan apareció casi inmediatamente.
Me hizo sentarme.
Revisó mi talón.
Después insistió en limpiar la herida y vendarla él mismo.
—Mi esposo la trató.
La detective dejó de escribir.
—¿Él cambió los vendajes?
—Todos.
Mensah y Bennett intercambiaron una mirada.
—¿Qué pasa?
La doctora habló con cuidado.
—Durante la limpieza encontramos un pequeño fragmento alojado cerca de la herida. Lo hemos conservado para analizarlo.
—¿Una astilla?
—Todavía no sabemos exactamente qué es.
Sentí frío.
—¿Por eso llamaron a la policía?
—No únicamente —respondió Bennett—. Mientras estaba entrando y saliendo de la consciencia, dijo que su esposo había intentado impedirle recibir atención médica.
Antes de que pudiera contestar, mi teléfono comenzó a vibrar.
TRISTAN.
La detective miró la pantalla.
—No tiene obligación de responder.
Pero necesitaba escucharlo.
Activé el altavoz.
—Reese.
Su voz sonó inmediatamente.
—¿Dónde estás?
No preguntó cómo estaba.
No preguntó qué habían dicho los médicos.
—En el hospital.
Silencio.
—¿Qué les contaste?
La detective levantó lentamente la mirada.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque tenías una fiebre altísima. Probablemente dijiste cosas absurdas.
—Encontraron algo en mi talón.
Otro silencio.
Mucho más largo.
—¿Qué encontraron?
Se me cerró el estómago.
—No lo sé.
Escuché cómo soltaba el aire.
—Bien. No firmes nada y no hables con nadie hasta que llegue.
La detective escribió algo.
Yo cerré los ojos.
—Tristan, ¿qué había en el suelo del dormitorio aquella noche?
—Ya te dije que seguramente era una astilla.
Abrí los ojos.
—Yo nunca te dije dónde me había lastimado.
La llamada quedó completamente muda.
Mensah se quedó inmóvil.
—Tristan.
Clic.
Había colgado.
La detective se puso de pie.
—Necesito comunicar esto.
Cuando salió, algo empezó a moverse dentro de mi memoria.
Una conversación.
Una carpeta.
Una discusión ocurrida dos semanas antes.
Me había despertado a medianoche y encontrado a Tristan trabajando.
Al entrar en su oficina, cerró rápidamente una página.
Había documentos sobre nuestro seguro.
Cuando pregunté, respondió que estaba reorganizando las finanzas familiares.
Después cambió todas nuestras contraseñas bancarias.
—Doctora.
Mensah se volvió.
—Necesito hablar otra vez con la detective.
Bennett regresó veinte minutos después.
Le conté todo.
Las cuentas.
Las contraseñas.
El seguro.
También recordé algo más.
—Tristan contrató una póliza nueva hace poco.
—¿Sobre quién?
—Sobre ambos, creo.
—¿Sabe quién figura como beneficiario?
Negué.
La detective anotó el nombre de la aseguradora.
—Lo verificaremos por los canales correspondientes.
Una hora después volvió.
Su expresión me dio la respuesta antes de que hablara.
—Existe una póliza reciente en la que usted figura como asegurada.
—¿Cuánto?
Colocó una copia sobre la mesa.
Dos millones de dólares.
Beneficiario:
TRISTAN HALE.
Sentí que me faltaba aire.
—No recuerdo haber firmado esto.
Bennett señaló la parte inferior.
Allí estaba mi firma.
O algo casi idéntico.
—¿Es suya?
La observé durante varios segundos.
—Se parece.
—Eso no es lo que pregunté.
Negué.
—No.
La detective cerró la carpeta.
—Entonces tenemos otro asunto que investigar.
A las cuatro de la tarde Tristan apareció en el hospital.
Lo supe porque escuché su voz desde el pasillo.
—Soy su esposo.
—Señor, no puede entrar.
—Tengo derecho a verla.
—Ahora mismo no.
Mensah cerró mi puerta.
Yo permanecí inmóvil en la cama.
Durante años había pensado que conocer cada tono de voz de Tristan significaba conocerlo a él.
Ahora escuchaba al mismo hombre al otro lado de una puerta y me parecía un desconocido.
Diez minutos después, Bennett entró.
—Tristan vino acompañado de un abogado.
—¿Un abogado?
—Sí.
Eso me preocupó más que cualquier grito.
—¿Por qué necesitaría un abogado si vino a ver a su esposa enferma?
Bennett no respondió.
En cambio, puso varios documentos delante de mí.
—Su abogado nos entregó esto.
Eran informes médicos.
Mi nombre.
Mi fecha de nacimiento.
Evaluaciones sobre supuestos episodios de confusión, ansiedad y comportamiento impredecible.
—¿Qué es esto?
—Eso queremos preguntarle.
Pasé las páginas.
—Nunca he visto a estos médicos.
—¿Está segura?
—Completamente.
Encontré una fecha.
Tres meses atrás.
Aquel día yo había estado trabajando desde casa.
Otro informe afirmaba que había acudido a una consulta a las cuatro de la tarde.
Era imposible.
—Son falsos.
Bennett permaneció en silencio.
Entonces entendí.
—Alguien está intentando hacer parecer que no soy fiable.
La detective no confirmó mi teoría.
Solo preguntó:
—¿Quién tendría acceso a su información personal?
Mi respuesta fue inmediata.
—Tristan.
Aquella noche me trasladaron a otra habitación.
Mi teléfono permaneció apagado.
A las nueve, Bennett regresó.
Traía una bolsa transparente.
Dentro había una pequeña memoria USB.
—¿Qué es eso?
—La encontramos entre los objetos que su esposo entregó voluntariamente cuando se le pidió documentación relacionada con sus finanzas.
—¿Y?
—Está registrada a su nombre.
Fruncí el ceño.
—Nunca la había visto.
—Eso imaginábamos.
Se sentó.
—Reese, necesito preguntarle por alguien.
—¿Quién?
—Daniel Mercer.
El nombre me golpeó desde muy lejos.
—Era compañero de universidad de Tristan.
—¿Lo conoce bien?
—No. Murió hace unos años.
Bennett dejó una fotografía sobre la mesa.
Daniel.
Tristan.
Y yo.
Los tres en nuestra boda.
—¿Qué tiene que ver Daniel con esto?
La detective tardó en contestar.
—La memoria contiene documentos financieros creados después de la fecha oficial de su fallecimiento.
Sentí un escalofrío.
—Eso no tiene sentido.
—También contiene fotografías de usted.
—¿Qué clase de fotografías?
—Imágenes tomadas en lugares públicos durante los últimos meses.
No necesitaba verlas.
El miedo ya había cambiado de forma.
—¿Tristan me estaba vigilando?
—Todavía no podemos afirmar quién tomó las imágenes.
Entonces Bennett sacó una última hoja.
—Pero encontramos algo que sí necesita reconocer.
Era una transferencia bancaria.
Cincuenta mil dólares.
De una empresa que no conocía a una cuenta asociada a Tristan.
El concepto decía:
“R.H. — fase final.”
—No sé qué significa.
—Nosotros tampoco.
Mi teléfono, guardado sobre la mesa, se encendió de repente.
Un número desconocido.
Un mensaje.
Bennett me pidió permiso antes de mirarlo.
Asentí.
Lo abrió.
Solo había una fotografía.
Era la entrada del hospital.
Tomada hacía menos de un minuto.
Debajo aparecía una frase:
“Tristan no puso aquello en tu talón.”
Me quedé helada.
Llegó un segundo mensaje.
“Él solo debía impedir que llegaras al hospital.”
La detective se levantó inmediatamente.
Entonces apareció el tercero.
Esta vez había un nombre.

“Si quieres saber quién empezó todo, pregúntale a tu marido por qué Daniel Mercer sigue vivo.”
Miré la fotografía de nuestra boda sobre la cama.
Daniel sonreía detrás de Tristan.
Un hombre al que todos creíamos muerto.
Y, por primera vez desde que desperté, comprendí que quizá mi esposo no era la única persona de la que debía tener miedo.