PARTE 2: ESA NOCHE, ETHAN DECIDIÓ NO ENTREGAR EL PREMIO

Durante varios segundos, Ethan no dijo nada.

Abajo, los aplausos continuaban.

Yo podía escuchar al presentador anunciando que los invitados ocuparan sus lugares.

Ethan miró el reloj.

—Quedan nueve minutos.

—Lo sé.

—¿Andrew hizo esto?

No respondí.

No hizo falta.

Ethan cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, aquella furia había desaparecido de su rostro.

Eso me asustó más.

Porque Ethan Carter no construyó un imperio perdiendo el control.

Lo construyó aprendiendo exactamente cuándo no hacerlo.

—Ava, necesito que me escuches.

—No quiero un escándalo.

—No he dicho que vaya a crear uno.

—Si cancelas su premio ahora, Andrew sabrá que te conté.

Ethan comprendió inmediatamente.

—¿Le tienes miedo?

Bajé la mirada.

Mi silencio volvió a responder por mí.

Entonces alguien golpeó la puerta.

—¿Papá?

La voz de una niña llegó desde el pasillo.

Los gemelos.

Ethan abrió.

Sophie y Noah, de ocho años, aparecieron acompañados por su niñera.

—¡Te estuvimos buscando! —dijo Noah.

Ethan se agachó frente a ellos.

Su voz cambió por completo.

—Necesito que vayan con Margaret unos minutos.

Sophie me vio detrás de él.

—Hola, Ava.

Intenté sonreír.

—Hola, Sophie.

Ella frunció el ceño.

—¿Estás enferma?

—Solo cansada.

Ethan me miró.

No dijo nada.

Cuando los niños se marcharon, cerró la puerta.

—Voy a hacerte una pregunta y aceptaré la respuesta.

Esperó.

—¿Quieres salir de aquí sin que Andrew pueda seguirte?

Sentí que se me cerraba la garganta.

Durante meses nadie me había preguntado qué quería.

Andrew decidía dónde cenábamos.

Qué vestidos eran adecuados.

Qué amigos eran una mala influencia.

Incluso había convencido a todo el mundo de que mi torpeza explicaba cualquier marca visible.

—Sí —susurré.

Ethan sacó su teléfono.

—Entonces eso es lo primero.

—¿Y la gala?

—Puede esperar.

—Ethan, hay cuatrocientas personas abajo.

—Y ninguna es más importante que asegurarnos de que puedas marcharte de forma segura.

Marcó un número.

—Margaret, necesito seguridad en la suite ejecutiva. Discreción absoluta.

Lo miré alarmada.

—No quiero que Andrew sea confrontado.

Ethan levantó una mano.

—No lo será.

Después hizo otra llamada.

—Y busca a la doctora Patel del Children’s Heart Hospital. Dile que necesito hablar con ella en privado.

Colgó.

—¿Por qué una doctora?

—Porque necesitas que alguien independiente documente lo que ha ocurrido y te explique tus opciones.

Aquello era tan razonable que casi consiguió hacerme llorar.

No promesas heroicas.

No amenazas.

No “yo me encargo”.

Opciones.

Mías.

—Gracias.

Ethan asintió.

—Ahora tenemos otro problema.

—¿Cuál?

Miró hacia el salón.

—Andrew está a punto de recibir el Premio Carter a la Integridad Médica.

Sentí vergüenza incluso al escuchar el nombre.

—Puedes entregárselo. No tienes pruebas de nada.

—Precisamente.

Ethan tomó su chaqueta.

—Así que no voy a acusarlo públicamente.

—¿Entonces?

—Voy a posponer el premio.


A las 7:31, Ethan Carter subió al escenario.

Yo observaba desde una pantalla de la suite.

Andrew estaba sentado en primera fila.

Perfecto.

Sonriente.

Respetado.

El presentador entregó el micrófono a Ethan.

—Esta noche —comenzó— celebramos una expansión histórica de nuestra colaboración con el Children’s Heart Hospital.

Aplausos.

Andrew sonrió hacia las cámaras.

—Pero nuestra fundación también tiene una responsabilidad: asegurarnos de que cualquier reconocimiento que lleve nuestro nombre cumpla plenamente nuestros procesos de revisión.

Mi respiración se detuvo.

Andrew dejó de sonreír.

—Por esa razón, la entrega individual prevista para esta noche será aplazada hasta que concluya una revisión administrativa independiente.

Un murmullo recorrió el salón.

Ethan no mencionó a Andrew.

No hizo ninguna acusación.

Simplemente continuó con el programa.

Pero yo conocía a mi prometido.

Sabía lo que significaba aquella pequeña contracción en su mandíbula.

Estaba furioso.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

ANDREW.

No contesté.

Otra llamada.

Después un mensaje.

“¿Dónde estás?”

Otro.

“¿Qué le dijiste a Carter?”

Me quedé helada.

¿Cómo había sabido inmediatamente que aquello tenía relación conmigo?

La doctora Patel llegó diez minutos después.

Me examinó en privado y documentó lo necesario.

Después apareció una mujer llamada Rachel Kim, responsable de seguridad de Carter Foundation.

—Señorita Morgan, podemos acompañarla a un lugar seguro. Usted decide adónde.

Ethan permaneció cerca de la puerta.

Sin intervenir.

Elegí la casa de mi hermana.

Hacía siete meses que Andrew había conseguido que dejara de visitarla.

Rachel organizó el transporte.

Entonces recibí otro mensaje.

Esta vez había una fotografía.

Mi apartamento.

Tomada desde dentro.

Debajo, Andrew había escrito:

“Tenemos que hablar cuando vuelvas.”

Sentí que me faltaba el aire.

Le mostré el teléfono a Rachel.

Su expresión cambió.

—No regrese allí esta noche.

Ethan leyó el mensaje desde cierta distancia.

—¿Tiene pertenencias importantes allí?

—Documentos. Mi portátil personal. Algunas cosas de mi madre.

—Podrán recuperarse después de manera segura —dijo Rachel—. Esta noche no necesita volver.

Asentí.

Y por primera vez, comprendí que marcharme podía ser real.


Andrew intentó subir a la suite doce minutos después.

Seguridad no lo dejó pasar.

Yo ya estaba bajando por un ascensor privado.

Mi teléfono vibró una última vez.

“No hagas esto, Ava. Carter no es quien crees.”

No respondí.


A la mañana siguiente desperté en casa de mi hermana.

Durante unos segundos olvidé por qué estaba allí.

Después vi mi vestido de gala sobre una silla.

Y recordé todo.

Mi hermana, Mia, estaba preparando café.

Cuando entré en la cocina, me abrazó.

No preguntó por qué había tardado tanto.

Eso casi fue peor.

—Andrew llamó seis veces —dijo.

—¿Contestaste?

—No.

Mi teléfono tenía cincuenta y dos notificaciones.

Pero una llamó mi atención.

Ethan.

Solo había enviado una.

“La fundación suspendió cualquier reconocimiento mientras se revisa el caso. No tienes que responderme. Margaret puede gestionar tu licencia laboral el tiempo que necesites.”

Me quedé mirando aquellas palabras.

Ni una pregunta sobre cuándo volvería.

Ni una exigencia.

Ni siquiera me pidió verlo.

Mia dejó una taza frente a mí.

—¿Ese es tu jefe?

—Sí.

—Parece decente.

No respondí.

Porque mi teléfono volvió a sonar.

Esta vez era Rachel.

Contesté.

—Ava, encontramos algo durante la revisión interna.

Me incorporé.

—¿Sobre Andrew?

—Sí.

—¿Qué?

Hubo una pausa.

—El premio no era lo único que iba a recibir anoche.

No entendí.

—Andrew había solicitado acceso a un programa de investigación financiado por Carter Foundation.

—¿Qué tiene eso de extraño?

—La solicitud incluía documentación firmada por usted.

Sentí frío.

—Yo nunca firmé nada.

—Eso imaginábamos.

Rachel me envió un archivo.

Lo abrí.

Mi nombre aparecía al final de una declaración.

AVA MORGAN.

Y debajo había una firma casi idéntica a la mía.

—¿Qué es esto?

—Una declaración sobre información financiera y posibles conflictos de interés.

Pasé a la siguiente página.

Allí aparecía mi dirección.

Mi número de identificación profesional.

Información privada.

Datos que Andrew podía conocer.

Pero después apareció algo que él no debería tener.

Mi contraseña interna de Carter Enterprises había sido utilizada para acceder a determinados documentos.

—Rachel…

—Estamos revisando los registros.

—Andrew nunca tuvo mi contraseña.

Silencio.

—¿Está segura?

—Completamente.

—Entonces tenemos un problema mayor.

Colgué y llamé inmediatamente a Ethan.

Respondió al primer tono.

—Ava.

—¿Dónde estás?

—En la oficina.

—Voy para allá.

—No tienes que—

—Esta vez sí.


Una hora después entré en Carter Tower.

La gente todavía comentaba lo ocurrido en la gala.

Subí directamente al piso cuarenta y ocho.

Ethan estaba con Rachel y dos abogados.

Sobre la mesa había varios documentos.

—¿Qué encontraron?

Rachel giró su portátil.

—Su cuenta accedió a información confidencial del proyecto pediátrico en siete ocasiones.

—Eso es imposible.

—Tres accesos ocurrieron después de medianoche.

—Yo nunca trabajo desde casa con esa cuenta.

Ethan permanecía en silencio.

—¿Desde dónde se conectaron?

Rachel abrió el registro.

Una dirección de red.

Después otra.

Y otra.

Todas pertenecían al mismo edificio.

Mi apartamento.

Sentí que las piernas me fallaban.

Andrew había utilizado mi acceso.

—¿Qué información consultó?

Rachel pasó a la siguiente pantalla.

Contratos.

Financiación.

Ensayos clínicos.

Datos administrativos.

Y una carpeta relacionada con adquisiciones médicas.

—¿Para qué querría todo esto?

—Eso estamos intentando descubrir.

Entonces Ethan tomó una carpeta que llevaba todo el tiempo cerrada.

—Hay algo más.

La puso delante de mí.

—Andrew no fue elegido para el premio únicamente por sus resultados quirúrgicos.

Abrí el expediente.

Había cartas de recomendación.

Testimonios.

Publicaciones.

Pero una firma me hizo detenerme.

—¿Vanessa Vaughn?

Ethan asintió.

—Su hermana.

Fruncí el ceño.

—Andrew no tiene hermana.

Rachel y Ethan intercambiaron una mirada.

—Sí la tiene —dijo Rachel.

Me mostró una fotografía.

Una mujer rubia aparecía junto a Andrew en una conferencia médica cinco años atrás.

Debajo figuraba su nombre.

DR. VANESSA VAUGHN.

—¿Por qué me dijo que era hijo único?

Nadie respondió.

Seguí leyendo.

Vanessa había trabajado para el Children’s Heart Hospital.

Hasta hacía dieciocho meses.

La misma época en que Andrew empezó a insistir en que yo buscara empleo en Carter Enterprises.

El corazón comenzó a golpearme.

—¿Qué ocurrió con ella?

Rachel deslizó otro documento hacia mí.

—Fue despedida durante una investigación interna relacionada con fondos de investigación.

—¿Y Andrew?

—Defendió públicamente su inocencia.

Ethan añadió:

—Y seis meses después tú solicitaste trabajar conmigo.

Lo miré.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada todavía.

Rachel abrió otro archivo.

—Pero revisamos su solicitud original de empleo.

Mi currículum apareció en la pantalla.

—Yo envié eso.

—Sí.

—Entonces ¿qué pasa?

Rachel señaló una línea al final.

“Referido por: Dr. Andrew Vaughn.”

Me quedé inmóvil.

—Yo nunca puse eso.

—Lo sabemos.

—¿Cómo?

Ethan sacó una hoja impresa.

—Porque conservamos la versión que tú enviaste.

La colocó junto a la otra.

Eran casi idénticas.

Excepto por una línea añadida después.

El nombre de Andrew.

Me llevé una mano a la boca.

—¿Él consiguió que me contrataran?

—No exactamente —dijo Ethan—. Tus méritos consiguieron el puesto.

Su mirada se endureció.

—Pero alguien quería asegurarse de que terminaras precisamente en mi oficina.

Sentí que toda mi relación empezaba a cambiar de forma dentro de mi cabeza.

Andrew celebrando demasiado cuando conseguí el trabajo.

Andrew preguntándome casualmente por los proyectos de Ethan.

Andrew insistiendo en utilizar mi portátil cuando el suyo “se estropeaba”.

Andrew queriendo saber qué médicos asistirían a las cenas privadas.

No había sido curiosidad.

—Dios mío.

Rachel recibió entonces una notificación.

La abrió.

Su expresión cambió.

—Acaba de llegar el informe sobre los accesos.

Ethan se acercó.

—¿Qué encontraron?

Rachel giró la pantalla hacia nosotros.

—La última conexión desde la cuenta de Ava ocurrió anoche.

Fruncí el ceño.

—Eso no puede ser. Anoche estaba en casa de Mia.

—Exactamente.

—Entonces Andrew volvió al apartamento.

—No.

Rachel señaló la hora.

7:19 p. m.

Sentí que el corazón se detenía.

A esa hora Andrew estaba abajo, en la gala.

Yo estaba arriba cambiándome.

Y Ethan acababa de entrar accidentalmente en mi camerino.

—Entonces ¿quién utilizó mi cuenta?

Rachel abrió una imagen de seguridad de Carter Tower.

El pasillo del piso ejecutivo.

7:18 p. m.

Una figura entraba en la oficina de Ethan usando mi tarjeta de acceso.

No era Andrew.

Era una mujer.

Ethan amplió la imagen.

Cabello rubio.

Vestido negro.

Un rostro que acababa de ver en una fotografía de hacía cinco años.

Vanessa Vaughn.

La hermana que Andrew me había jurado que no existía.

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