PARTE 2: ALEXANDER NO FIRMÓ LOS PAPELES

Alexander regresó exactamente a las cuatro y doce.

Llevaba flores.

Rosas color champán.

La señora Evans abrió la puerta y, antes de que pudiera decir una palabra, él preguntó:

—¿Dónde están Natalia y Emma?

—La señora Hayes se marchó hace trece días.

Alexander permaneció inmóvil.

—¿Trece días?

Subió las escaleras sin quitarse siquiera el abrigo.

Primero abrió mi vestidor.

Vacío.

Después entró al cuarto de Emma.

Vacío también.

Finalmente encontró los documentos sobre la mesita.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

Pero no firmó.

Me llamó.

Una vez.

Cinco.

Veintitrés.

A la llamada número treinta y uno, mi abogada contestó por mí.

—Señor Whitmore, cualquier asunto relacionado con el divorcio deberá tratarlo conmigo.

Hubo un silencio.

—Quiero hablar con mi esposa.

—Natalia ya expresó su decisión.

—¿Dónde está mi hija?

—Segura con su madre. Los asuntos familiares se resolverán por las vías correspondientes.

Alexander colgó.

Yo pensé que aquello sería el principio de una batalla para hacerme regresar.

Me equivoqué.

A la mañana siguiente, mi abogada, Rebecca Sloan, llegó a mi casa con una carpeta.

—Natalia, necesito preguntarte algo.

—¿Qué?

—¿Alguna vez firmaste documentos relacionados con Whitmore International después del nacimiento de Emma?

Negué.

Rebecca colocó tres hojas delante de mí.

Eran modificaciones de un fideicomiso familiar.

Mi hija figuraba como beneficiaria.

Pero había una condición extraña.

Mientras Alexander siguiera casado conmigo, él administraría temporalmente ciertos activos vinculados al fideicomiso.

—¿Cuánto dinero estamos hablando?

Rebecca tardó en responder.

—No es solamente dinero.

Había participaciones empresariales.

Propiedades.

Fondos de inversión.

Todo procedía de mi abuelo materno.

Me quedé helada.

—Mi abuelo murió cuando yo tenía nueve años.

—Precisamente.

Según los documentos, él había dejado una estructura patrimonial que debía transferirse parcialmente cuando yo tuviera una hija.

Emma había activado aquella cláusula al nacer.

Y Alexander lo sabía.

—¿Cómo?

Rebecca pasó otra página.

El despacho que gestionaba el fideicomiso había enviado una notificación.

No a mí.

A Alexander.

Tres semanas después del nacimiento de Emma.

Fue exactamente entonces cuando anunció aquel viaje inesperado a París.

Rebecca señaló un nombre.

La reunión en París no había sido únicamente de negocios.

Alexander había visitado a Étienne Laurent, administrador europeo del patrimonio de mi abuelo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Entonces ¿por eso viajó?

—Hay más.

Alexander había solicitado revisar si podía asumir representación sobre determinados activos como esposo de la beneficiaria.

La solicitud había sido rechazada.

Pero alguien presentó una segunda petición.

Esta vez aparecía mi firma.

Una firma que yo jamás había puesto.

Me levanté lentamente.

—¿Alexander falsificó esto?

—Todavía no sabemos quién preparó el documento.

Entonces sonó el teléfono de Rebecca.

Escuchó durante casi un minuto.

Su expresión cambió.

—¿Está seguro?

Colgó.

—Alexander acaba de presentarse voluntariamente en nuestro despacho.

—¿Para qué?

Rebecca me miró.

—Trajo los originales de todos los documentos.

No entendía nada.

—¿Y qué quiere?

—Dice que no piensa firmar el divorcio hasta hablar contigo una sola vez.

—Eso no cambia mi decisión.

—No viene a pedirte que regreses.

Rebecca dejó una fotografía sobre la mesa.

Alexander aparecía en París junto a Étienne Laurent.

Pero había una tercera persona.

Una mujer de unos sesenta años.

La reconocí inmediatamente.

—Mi madre.

La mujer que llevaba doce años diciéndome que el patrimonio de mi abuelo había desaparecido.

Rebecca asintió.

—Alexander afirma que descubrió en París que alguien lleva años intentando controlar lo que tu abuelo dejó para ti.

Miré otra vez la fotografía.

—¿Por qué mi madre estaba con él?

Rebecca abrió la última carpeta.

—Porque, según Alexander, tu viaje fuera de la mansión no fue lo que puso en peligro el plan.

Fue el nacimiento de Emma.

Y antes de subir al avión de regreso, tu madre le dijo algo que hizo que Alexander volviera trece días antes de lo previsto:

“Si Natalia descubre quién administró realmente su herencia, no solo te dejará a ti. Nos dejará a todos.”

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