PARTE 2: EL VOTO DECISIVO

A las nueve cincuenta y cinco entré en la sede de Laurent International.

No fui sola.

Mi abogado caminaba a mi derecha.

A mi izquierda iba Elena Duarte, antigua directora financiera del grupo y la mujer que había pasado los últimos cuatro meses revisando documentos conmigo.

Adrian ya estaba en la sala del consejo.

Cuando me vio, comprendió inmediatamente a qué me refería con “preparándome”.

—Elena.

Ella dejó una carpeta sobre la mesa.

—Buenos días, Adrian.

Él me miró.

—La despediste hace dos años.

—No —respondió Elena—. Renuncié cuando me pidieron aprobar operaciones que no podía justificar.

Aquello cambió el ambiente.

El presidente provisional abrió la sesión.

Yo fui breve.

—Mi divorcio no pertenece a esta mesa. La relación de Adrian con Isabelle tampoco, excepto donde pueda existir un conflicto financiero relevante. Estamos aquí por la administración del grupo.

Adrian cruzó los brazos.

—Entonces presenta algo real.

Elena abrió la carpeta.

Durante dieciocho meses, una consultora llamada Bellevue Advisory había recibido pagos vinculados a la expansión europea.

Su beneficiaria principal era Isabelle.

Adrian no pareció sorprendido.

—Servicios legítimos.

—Eso puede comprobarse —respondí—. El problema es que parte de esos servicios coincide con trabajo ya realizado internamente.

Un consejero intervino.

—¿Está acusándolo de desviar fondos?

—No.

Lo miré directamente.

—Estoy solicitando una auditoría independiente.

No necesitaba exagerar.

Los documentos hablaban mejor que yo.

Entonces llegó la votación.

Cuatro apoyaron suspender temporalmente las facultades ejecutivas de Adrian.

Tres votaron en contra.

Dos se abstuvieron.

Faltaba un voto.

El de Henry Laurent.

Tío de Adrian.

El hombre que durante nuestra boda había dicho que yo jamás pertenecería a aquella familia.

Henry observó primero a Adrian.

Después a mí.

—Antes de votar quiero saber una cosa.

Cruzó las manos.

—¿Es cierto que revocaste el poder sobre tu treinta y ocho por ciento?

—Sí.

—¿Por qué ahora?

—Porque descubrí que Adrian utilizó mi representación para operaciones que nunca me explicó.

Adrian se levantó.

—Eso es mentira.

Mi abogado colocó dos autorizaciones sobre la mesa.

—Estas firmas están siendo verificadas.

Reconocí una.

La otra parecía mía.

Pero yo nunca la había puesto.

Henry la examinó.

—¿Qué autorizaba?

Elena respondió:

—Utilizar parte de los derechos económicos vinculados a Camila como garantía de una línea de crédito.

—¿Beneficiario?

Silencio.

Después Elena dijo:

—Bellevue Advisory.

Todos miraron a Adrian.

Su amante.

Su empresa.

Mis derechos como garantía.

Adrian apretó la mandíbula.

—Camila sabía que reorganizábamos activos.

—Sabía que reorganizábamos hoteles —respondí—. No que financiábamos a Isabelle.

Henry votó a favor de la suspensión.

Adrian dejó de ser presidente ejecutivo mientras durara la revisión.

No perdió sus acciones.

No perdió su apellido.

No perdió todo en diez minutos.

Pero perdió el control que creía absoluto.

Cuando terminó la reunión, me siguió hasta el pasillo.

—¿Esto te hace feliz?

—No.

—Entonces detente.

—No.

Por primera vez levantó la voz.

—¡Siete años, Camila!

Me volví.

—Exactamente.

Mi teléfono sonó.

Isabelle.

Rechacé la llamada.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

Necesito hablar contigo sin Adrian. Es sobre los tres hoteles.

Se lo enseñé a mi abogado.

—No vayas sola.

Nos encontramos una hora después en una cafetería del hotel Peninsula.

Isabelle llegó sin maquillaje y con una carpeta contra el pecho.

No parecía la mujer triunfante que yo había imaginado durante meses.

—No vine a pedirte perdón —dijo.

—Perfecto. No vine a concederlo.

Colocó la carpeta entre nosotras.

—Adrian cree que esos tres hoteles pertenecen al grupo por completo.

—Ya descubrió que no.

—No entiende por qué.

Sacó una copia de un acuerdo antiguo.

Fecha:

Diez años antes de mi matrimonio.

Mi padre figuraba como inversor.

El abuelo de Adrian como socio operativo.

Eso no me sorprendió tanto como debería.

Mi padre había invertido internacionalmente durante años.

—¿Dónde encontraste esto?

—Adrian lo encontró hace casi dos años.

La miré.

Dos años.

El mismo tiempo que llevaba con ella.

—¿Y me lo ocultó?

—Sí.

—¿Por qué?

Isabelle respiró lentamente.

—Porque después de leerlo empezó a preguntarse cuánto del crecimiento de Laurent International procedía realmente de activos vinculados a tu familia.

Aquello explicaba su miedo.

No justificaba nada.

—¿Y Bellevue?

Isabelle bajó la mirada.

—Adrian la utilizó para mover determinadas operaciones fuera de la estructura principal mientras intentaba aclararlo.

—¿Y tú aceptaste?

—Sí.

Al menos tuvo la decencia de no fingir inocencia.

—Entonces hablarás con los auditores.

—Lo haré.

Se levantó.

—Pero hay algo que debes ver primero.

Sacó una sola página.

Era una carta escrita por mi padre.

No tenía fechas imposibles ni mensajes desde la tumba.

Era antigua.

La tinta estaba descolorida.

Henry: si algún día Camila y Adrian llegan a conocerse, no interfieras. Ninguno de los dos debe cargar con nuestros negocios.

Sentí un escalofrío.

Henry.

El mismo hombre que acababa de emitir el voto decisivo.

—¿Por qué mi padre escribió esto al tío de Adrian?

Isabelle negó.

—No lo sé.

Regresé inmediatamente a Laurent International.

Henry todavía estaba allí.

Puse la carta delante de él.

Su rostro cambió.

—¿Dónde encontraste esto?

—Contéstame primero.

Henry se quitó lentamente las gafas.

—Tu padre y yo fuimos socios.

—Eso ya lo imaginé.

—No solo eso.

Miró hacia la puerta cerrada.

—Yo estaba con Adrian el día de su accidente antes de vuestra boda.

Mi respiración se detuvo.

—¿Qué tiene que ver eso?

Henry permaneció en silencio demasiado tiempo.

—Camila, la historia de que Adrian subió aquella montaña para desafiar a su abuela no es completamente cierta.

Sentí que algo se quebraba dentro de mí.

—Entonces dime la verdad.

Henry me miró.

—Adrian no subió al templo para convencer a su familia de que te aceptara.

Hizo una pausa.

—Subió porque acababa de descubrir quién había provocado realmente el accidente.

Y la persona que intentó impedir vuestra boda no era su abuela.

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