PARTE 2: LA HIPOTECA

No regresé a Valle de Bravo esa noche.

Alejandro me pidió que no enfrentara a nadie.

—Si falsificaron una cesión y después consiguieron una hipoteca, necesitamos saber quién validó los documentos.

A la mañana siguiente tuvimos la primera respuesta.

El crédito de 7,8 millones no estaba a nombre de Arturo.

Estaba a nombre de una empresa.

VR Desarrollos del Lago.

—Verónica Rivas —murmuré.

Alejandro negó.

—Eso pensé. Pero tu hermana no aparece como propietaria.

El accionista mayoritario era Iván, su marido.

Verónica figuraba únicamente como beneficiaria secundaria.

Llamé a mi hermana.

—¿Sabías que Iván hipotecó mi casa?

Silencio.

—¿Qué estás diciendo?

—Siete millones ochocientos mil pesos.

Escuché algo caer.

—Papá dijo que tú habías cedido la villa.

—Mi firma fue falsificada.

Verónica comenzó a llorar.

Por primera vez sospeché que mi padre tampoco le había contado toda la verdad.

Entonces Tomás llamó.

—Tenemos otro problema.

La cámara exterior había registrado a Arturo entrando en mi despacho tres semanas antes.

No estaba solo.

Lo acompañaba un hombre que reconocí inmediatamente.

Federico Salas.

Mi antiguo asesor financiero.

El hombre que había administrado parte de la indemnización de Andrés después de su muerte.

Sentí frío.

—¿Qué buscaban?

—Estuvieron cuarenta minutos dentro.

Alejandro revisó entonces mis inversiones antiguas.

A las dos horas encontró una transferencia que ninguno de nosotros esperaba.

Los 7,8 millones habían salido del banco…

pero nunca llegaron a Iván.

El dinero fue enviado a una sociedad llamada A&R Patrimonial.

—¿Arturo y Rivas? —pregunté.

—No.

Alejandro giró la pantalla.

La empresa había sido constituida ocho años atrás.

El primer accionista registrado era Andrés.

Mi esposo.

Me quedé inmóvil.

—Andrés murió hace cuatro años.

—Lo sé.

A&R había permanecido prácticamente inactiva desde entonces.

Hasta once días antes.

Exactamente el día en que mi casa fue transferida.

Alguien había reactivado la empresa utilizando un poder aparentemente firmado por Andrés meses antes de morir.

Pero había algo todavía más extraño.

La segunda accionista original era Teresa.

Mi madre.

La misma mujer que ahora colocaba fotografías familiares en mi villa como si siempre hubiera sido suya.

Regresé esa tarde acompañada por Alejandro.

No llevaba uniforme.

Tampoco necesitaba llevarlo.

Arturo abrió la puerta.

—Te dije que aquí ya no eres bienvenida.

Le mostré la copia de la hipoteca.

Su expresión cambió.

—¿Dónde están los 7,8 millones?

—No sé de qué hablas.

—Entonces preguntémosle a mamá.

Teresa apareció detrás de él.

Cuando mencioné A&R Patrimonial, la copa que sostenía se le escapó de los dedos.

Verónica miró a nuestra madre.

—¿Tú conoces esa empresa?

Teresa comenzó a temblar.

Arturo gritó:

—¡No digas nada!

Aquello respondió suficiente.

Alejandro dejó otro documento sobre la mesa.

—Señor Arturo, hay además una inconsistencia con los novecientos mil pesos que su hija le entregó después de la muerte de Andrés.

Recordé perfectamente aquel dinero.

Papá había dicho que estaban a punto de perder su casa.

Nunca ocurrió.

—¿Dónde fue?

Alejandro señaló una transferencia.

Los novecientos mil terminaron en A&R.

Miré a mi madre.

—¿Por qué?

Teresa se sentó lentamente.

—Porque Andrés me pidió que protegiera ese dinero.

Sentí que el pecho se cerraba.

—Andrés nunca te habría pedido que me mintieras.

—No me pidió que te mintiera.

Miró a Arturo.

—Me pidió que no permitiera que tu padre descubriera lo que había comprado.

Mi padre perdió el color.

—Teresa.

—Ya basta.

Era la primera vez que escuchaba a mi madre enfrentarlo.

Después me miró.

—La villa nunca fue el verdadero objetivo.

—¿Entonces qué?

Teresa señaló hacia el lago.

—El terreno de atrás.

Alejandro frunció el ceño.

Mi madre continuó:

—Andrés descubrió algo sobre esas hectáreas antes de morir.

—¿Qué descubrió?

Teresa abrió la boca.

Pero Arturo se adelantó.

—Nada.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Era un notificador.

Traía documentos relacionados con la hipoteca.

Alejandro los revisó.

Su expresión cambió.

—Hay una segunda garantía.

—¿Sobre qué?

Me entregó la hoja.

No era otra propiedad.

Era una concesión registrada a nombre de A&R Patrimonial sobre parte de la ribera.

Valor declarado:

62 millones de pesos.

Y al final aparecía una autorización reciente.

No llevaba mi firma.

Llevaba la de Andrés.

Fechada apenas seis días atrás.

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