Dos días después era el cumpleaños de Adrián.
A las ocho de la mañana, él todavía esperaba mi mensaje.
A las doce, empezó a preguntar por mí.
A las cuatro llamó a mi antigua oficina por segunda vez.
A las nueve de la noche, según me contó después mi excompañera, ya no parecía divertido.
—¿Paula dejó alguna dirección?
—No.
—¿Algún contacto?
—Cambió de número.
—¿Renunció por mí?
—Eso tendrías que preguntárselo a ella.
El problema era que ya no podía.
Mientras Adrián celebraba rodeado de amigos, yo estaba sentada en el suelo de mi nuevo departamento comiendo fideos instantáneos.
Mateo llamó a mi puerta.
Llevaba una caja pequeña.
—Te vi subir sin muebles.
Dentro había una tetera eléctrica.
—No puedo aceptarla.
—Entonces considérala préstamo vecinal.
Sonreí.
—Gracias.
Eso fue todo.
No hubo coqueteo.
No hubo preguntas incómodas.
Y extrañamente, aquella distancia me hizo sentir segura.
Tres días después conseguí una entrevista.
Una semana más tarde tenía trabajo.
El sueldo era ligeramente menor, pero la empresa ofrecía alojamiento temporal y dirigía un proyecto que encajaba perfectamente con mi experiencia.
Mi vida empezó a reconstruirse con una rapidez que casi me avergonzaba.
Entonces, doce días después de marcharme, recibí un correo.
De Adrián.
Paula, ya basta. Dime dónde estás.
No respondí.
Una hora después llegó otro.
Lo de Sofía no es lo que crees.
Luego:
Solo publiqué aquello porque sabía que lo verías. Quería que reaccionaras.
Me quedé mirando esa frase.
Así que incluso su nueva mujer había sido otra herramienta para castigarme.
Cerré el correo.
Aquella noche Mateo me encontró frente al edificio intentando arreglar una caja rota.
—Parece que estás peleando con ella.
—Voy perdiendo.
Se agachó para ayudarme.
Entonces escuché mi antiguo nombre pronunciado detrás de nosotros.
—Paula.
Me congelé.
Adrián estaba al otro lado de la calle.
Había venido.
No sabía cómo me había encontrado.
Cruzó rápidamente.
—¿Así que este es el motivo?
Miró a Mateo.
—¿Doce días y ya tienes otro?
Mateo se enderezó.
—No sé quién eres, pero deberías bajar la voz.
—Soy su novio.
—Exnovio —dije.
Adrián me miró como si acabara de abofetearlo.
—No terminamos.
—Publicaste a otra mujer en tu cama.
—Estaba borracho.
—Entonces sobrio deberías entender esto: terminamos.
Por primera vez, no discutió inmediatamente.
Sacó el teléfono.
—Sofía y yo ni siquiera estamos juntos.
—Ya no me importa.
Eso fue lo que realmente lo hirió.
No mis reproches.
Mi indiferencia.
Entonces Mateo miró hacia un automóvil estacionado detrás de Adrián.
—¿Viniste solo?
Adrián se volvió.
La puerta del coche se abrió.
Sofía bajó.
Tenía los ojos hinchados y sostenía una carpeta.
—No —dijo ella—. Vino conmigo.
Adrián palideció.
—¿Qué haces?
Sofía caminó directamente hacia mí.
—Paula, necesito enseñarte algo.
—Sofía, cállate.
Ella ignoró a Adrián.
Abrió la carpeta.
Dentro había contratos, comprobantes y copias de transferencias.
Reconocí inmediatamente el nombre de mi antiguo proyecto.
El mismo proyecto que había dejado perfectamente documentado antes de renunciar.
—¿Qué es esto?
Sofía respiró hondo.
—La razón por la que Adrián necesitaba que desaparecieras de la empresa enfadada y sin hacer preguntas.
Lo miré.
Su rostro había cambiado.
Sofía señaló una transferencia realizada tres días antes de aquella publicación de madrugada.
—Él sabía que ibas a descubrir esto cuando cerraras el proyecto.
—¿Descubrir qué?
Ella pasó a la última página.
Mi nombre aparecía como responsable de una autorización que jamás había firmado.
Y debajo figuraba una transferencia de casi dos millones.
Adrián dio un paso hacia nosotros.
—Paula, puedo explicarlo.
Cerré la carpeta.
Entonces comprendí algo mucho peor que una infidelidad.
La foto con Sofía quizá nunca había sido una declaración de amor.

Había sido una provocación cuidadosamente colocada para conseguir exactamente lo que hice.
Renunciar.
Desaparecer.
Y dejar atrás una empresa donde alguien ya estaba preparando todo para culparme.