PARTE 2: LA COPIA

La detective Brenner sostuvo la mirada de mi padre.

—Ahora dejamos que la ley haga su trabajo.

Papá asintió lentamente.

—Bien.

No pidió una dirección.

No hizo amenazas.

Simplemente tomó mi mano.

—Entonces dime qué necesitas de mí.

Esa respuesta me hizo llorar más que cualquier promesa de venganza.

La doctora Richter ordenó que permaneciera bajo observación.

Mi bebé estaba estable, pero yo necesitaba estar lejos de Gero.

Mientras Brenner preparaba mi declaración, mi teléfono comenzó a vibrar.

Gero.

Una vez.

Cinco veces.

Doce.

Después llegaron los mensajes.

¿Dónde estás?

La casa está hecha un desastre.

Contesta antes de que me enfade.

Brenner fotografió la pantalla.

—No responda.

Entonces apareció otro mensaje.

Sé que estás con tu padre.

Papá levantó la cabeza.

—¿Cómo puede saberlo?

Sentí frío.

Gero controlaba nuestras cuentas, el coche y hasta algunas aplicaciones de mi teléfono.

Pero Brenner descubrió algo todavía más preocupante.

—Señora Brand, ¿su marido tiene acceso a la cámara de la guardería?

—Sí.

Abrí la aplicación.

La grabación seguía allí.

Pero el historial mostraba un intento de eliminación realizado aquella mañana desde la cuenta de administrador de Gero.

Había llegado tarde.

Mis copias ya estaban fuera de su alcance.

Dos horas después, Brenner recibió una llamada.

Gero había ido voluntariamente a una comisaría acompañado de un abogado.

No para confesar.

Para denunciarme.

Afirmaba que yo había abandonado el domicilio durante una “crisis emocional” y que mi padre me estaba manipulando.

Además había presentado documentos solicitando una evaluación sobre mi capacidad para tomar decisiones después del nacimiento.

—¿Puede hacer eso? —pregunté.

—Puede presentar papeles —respondió Brenner—. Eso no significa que sean ciertos.

Papá se quedó mirando la carpeta.

—¿Cuándo fueron preparados?

La respuesta llegó esa tarde.

Tres semanas antes.

Mucho antes de aquella noche.

Gero había estado preparando una historia sobre mí mientras yo todavía intentaba salvar nuestro matrimonio.

Pero había cometido un error.

Uno de los documentos incluía una declaración firmada por una supuesta terapeuta llamada Dra. Anneliese Vogt, afirmando que yo mostraba episodios de confusión y comportamiento impredecible.

Nunca había conocido a ninguna doctora Vogt.

Papá pidió ver el nombre otra vez.

Su rostro cambió.

—La conozco.

Lo miré.

—¿De dónde?

—Trabajó durante años como consultora civil en un programa de apoyo para familias militares.

Brenner se incorporó.

—¿Está seguro?

—Completamente.

Papá hizo una llamada.

Veinte minutos después recibió respuesta.

La verdadera doctora Vogt vivía en Hamburgo.

Estaba jubilada.

Y acababa de confirmar que jamás había escrito aquel informe.

Alguien había utilizado su nombre.

Pensé que eso era lo peor.

No lo era.

Brenner comparó la fecha del documento falso con los registros digitales.

—Fue creado desde una cuenta vinculada a una empresa llamada Brand Familienberatung GmbH.

Mi padre se quedó inmóvil.

Brand.

Nuestro apellido.

—Yo no tengo ninguna empresa con ese nombre —dijo.

La detective giró la pantalla.

La sociedad había sido constituida hacía dieciocho meses.

Exactamente cuando comenzó el comportamiento abusivo de Gero.

Y el accionista registrado no era mi marido.

Era mi madre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Mamá murió hace seis años.

Papá no respondió.

Seguía mirando un segundo nombre que aparecía en el documento.

Representante autorizado: Rüdiger Brand.

El mismo Rüdiger con quien Gero había hablado alegremente por teléfono después de salir de casa.

Papá cerró los ojos.

—Beate…

—¿Quién es?

Cuando volvió a mirarme, vi algo que jamás había visto en aquel antiguo soldado.

Miedo.

—Mi hermano.

Tragué saliva.

—Siempre dijiste que no tenías hermanos.

Papá miró hacia la puerta antes de responder.

—Porque Rüdiger lleva veintidós años oficialmente muerto.

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