Lucas no supo que había aceptado Harvard.
Durante los siguientes tres días tampoco se lo dije.
Mientras él acompañaba a Clara a la enfermería, yo completé formularios, hablé con coordinación académica y confirmé mi alojamiento.
El viernes recibí el último correo.
Traslado aprobado. Salida: lunes.
Esa tarde Lucas apareció frente a mi dormitorio.
—¿Todavía estás enfadada?
—No.
Pareció aliviado.
—Bien. Porque Clara quiere hablar contigo.
Entonces ella apareció detrás de él.
Su rodilla estaba perfectamente bien.
—Emma —dijo dulcemente—, no quiero que un malentendido arruine nuestra amistad.
—No somos amigas.
La sonrisa desapareció.
Lucas suspiró.
—Otra vez empiezas.
Lo miré.
—Terminemos.
Por primera vez, guardó silencio.
—¿Qué?
—Nuestra relación.
Se rio, convencido de que bromeaba.
—¿Por lo del entrenamiento?
—No. Por los últimos tres años.
Clara intervino:
—Emma, no uses mi nombre para manipularlo.
—No necesito hacerlo.
Saqué una pequeña caja.
Dentro estaba todo lo que Lucas había dejado en mi habitación.
Su sudadera.
Una pulsera.
La llave de mi antiguo apartamento.
Lucas finalmente comprendió que hablaba en serio.
—Espera. Podemos hablar solos.
Clara lo agarró del brazo.
Por costumbre, él no se apartó.
Miré aquella mano.
Luego sonreí.
—Eso resume bastante bien nuestra relación.
Entré y cerré la puerta.
El lunes salí del campus antes del amanecer.
No hubo despedida.
No hubo última discusión.
Solo una maleta y la extraña sensación de recuperar una vida que había organizado alrededor de otra persona.
Dos horas después, mientras esperaba mi vuelo, comenzaron los mensajes.
Lucas: ¿Dónde estás?
Lucas: Tu compañera dice que dejaste la residencia.
Lucas: Emma, contesta.
Después llegó otro.
¿HARVARD?
No respondí.
Pero el siguiente mensaje me hizo detenerme.
Era del instructor.
Hay un problema con el informe del entrenamiento. Necesito hablar contigo antes de que salgas del estado.
Lo llamé.
—¿Qué ocurrió?
—Bennett presentó una denuncia formal.
Cerré los ojos.
—¿Contra mí?
—Sí. Afirma que la intimidaste durante semanas y que provocaste deliberadamente su lesión.
Solté una risa incrédula.
—Había treinta personas presentes.
—Precisamente.
Escuché papeles.
—Y alguien entregó un video.
Me quedé quieta.
—¿Un video?
—La grabación muestra claramente quién inició el contacto físico.
Eso debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Porque el instructor continuó:
—Pero hay algo más. Revisamos las cámaras de otros entrenamientos después de recibir la denuncia.
Su voz cambió.
—Emma, Clara llevaba semanas haciendo cosas similares cuando creía que los instructores no estaban mirando.
—¿A mí?
—No solamente a ti.
Miré la puerta de embarque.
—Entonces investiguen.
—Lo haremos. Pero Reed acaba de presentar una declaración defendiendo su versión.
Sentí una última punzada.
Lucas todavía la elegía.
Perfecto.
—Eso ya no es problema mío.
Colgué.
Cinco minutos después llegó una fotografía desde un número desconocido.
Lucas estaba frente a la oficina del instructor.
Clara estaba a varios metros de él.
Debajo aparecía un mensaje:
Emma, soy Daniel Park, del grupo de entrenamiento. Lucas acaba de ver los videos completos.
Llegó otro.
Está preguntando por qué nadie le dijo que Clara hacía esto desde antes de que ustedes empezaran la universidad.
Y después, un tercero:

Creo que acaba de descubrir que ella también fue quien envió aquella captura que hizo que ustedes terminaran durante dos semanas el año pasado.
Levanté lentamente la mirada.
Aquella ruptura había sido el principio de todos nuestros problemas.
Y hasta ese instante, yo había creído que la captura provenía de un desconocido.