PARTE 2: EL REGRESO DE LA DOCTORA HAYES

Nadie respondió.

La sala, que unos segundos antes estaba llena de risas, quedó completamente silenciosa.

El director del Hospital General Militar volvió a mirar al hombre que me había sujetado la muñeca.

—¿No escuchó a la profesora Hayes?

El hombre tragó saliva.

—Yo… solo estaba bromeando.

—Entonces aprenda a elegir mejor sus bromas.

Me acomodé la manga del uniforme.

—Director, no quiero que esto interfiera con la operación.

Él asintió.

—Precisamente por eso estoy aquí.

Serena dio un paso adelante.

—Director, creo que hay un malentendido. Natalie y nosotros nos conocemos desde hace muchos años.

El director la miró brevemente.

—Eso no cambia su rango médico ni su responsabilidad sobre el paciente.

Luego se volvió hacia mí.

—Profesora Hayes, el antiguo comandante Cole está esperando.

—Entonces vayamos.

Pasé junto a Adrian sin detenerme.

Pero antes de salir, escuché su voz.

—Natalie.

Me detuve.

No quería hacerlo.

—¿Sí?

Adrian permaneció de pie junto a la ventana.

Por primera vez desde que nos reencontramos, había desaparecido aquella expresión arrogante.

—¿De verdad eres tú quien va a operarlo?

—Sí.

—¿Desde cuándo eres profesora?

Lo miré unos segundos.

—Desde hace tres años.

Su rostro cambió ligeramente.

Tres años.

El tiempo exacto que llevaba esperando que yo regresara.

Pero yo ya había construido una vida completamente diferente.

El director abrió la puerta.

—Profesora Hayes, tenemos que irnos.

Asentí.

Y me marché.

No miré atrás.


La evaluación preoperatoria duró casi dos horas.

El antiguo comandante Cole estaba consciente.

Cuando entré, me observó durante unos segundos antes de sonreír débilmente.

—Así que finalmente te convertiste en la doctora que siempre dijiste que serías.

Sentí una extraña presión en el pecho.

—Y usted sigue teniendo la costumbre de asustar a toda una familia.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Adrian te reconoció?

—Sí.

—¿Y?

—Nada importante.

El anciano me observó con atención.

—Natalie, él nunca dejó de buscarte.

Bajé la mirada hacia los informes.

—Eso pertenece al pasado.

—Quizá para ti.

No respondí.

Después de revisar los estudios, levanté la cabeza.

—La cirugía puede hacerse mañana por la mañana.

Él cerró los ojos.

—Confío en ti.

Cuando salí de la habitación, encontré a Adrian esperando en el pasillo.

Estaba solo.

Sin Serena.

Sin sus compañeros.

Sin aquella seguridad que había mostrado durante la cena.

—¿Por qué no me dijiste que eras cirujana militar?

—Porque no teníamos nada que decirnos.

Su mandíbula se tensó.

—Diez años y sigues odiándome.

—No te odio.

Lo miré directamente.

—Simplemente dejaste de importarme.

Aquella frase pareció golpearlo más que cualquier insulto.

—¿Y tu esposo?

—Existe.

—¿Tu hija también?

—Sí.

Adrian bajó la mirada.

—¿Eres feliz?

Sonreí ligeramente.

—Mucho.

En ese momento mi teléfono vibró.

Era mi esposo.

“¿Terminaste? Mateo dice que está esperando su cuento antes de dormir.”

Le respondí:

“Ya casi. Dile que mamá lo quiere muchísimo.”

Adrian observó mi expresión.

Creo que fue entonces cuando comprendió que aquella sonrisa no había sido una actuación.

Yo realmente tenía una vida que no lo necesitaba.

De pronto, una enfermera salió del quirófano.

—Profesora Hayes, necesitamos verla inmediatamente.

Me giré.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos algo inesperado en los últimos estudios del comandante Cole.

Adrian también se acercó.

La enfermera bajó la voz.

—Hay una complicación que podría cambiar el procedimiento.

Tomé el expediente.

Lo revisé rápidamente.

Y entonces vi una anotación escrita a mano en la última página.

Reconocí la letra.

Era de Adrian.

Levanté lentamente la mirada.

—¿Quién escribió esto?

Adrian palideció.

—Yo.

—¿Por qué?

No respondió.

Abrí el expediente por completo.

Había una decisión médica registrada diez años atrás.

Una decisión que había sido tomada justo después de mi partida.

Y debajo aparecía una firma que yo conocía demasiado bien.

La firma de Adrian.

Él dio un paso hacia mí.

—Natalie, puedo explicarlo.

Cerré el expediente.

—Entonces será mejor que tengas una explicación extraordinaria.

Porque aquella firma acababa de revelar que mi ruptura con Adrian quizá no había sido exactamente lo que yo creía durante todos estos años.

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