PARTE 2: LA HABITACIÓN QUE NADIE ESPERABA

A la mañana siguiente llamé a Elena.

Su voz era tranquila y cálida.

—No quiero aprovecharme de su situación —me dijo—. Mi madre tiene setenta y cuatro años. Es independiente, pero pasa mucho tiempo sola.

—¿Cuánto pediría?

Elena soltó una pequeña risa.

—Cien dólares al mes.

Pensé que había escuchado mal.

—¿Cien?

—Sí. Y si Sofía puede ayudarla alguna tarde con las compras o acompañarla a sus citas, será suficiente.

Me quedé en silencio.

No había una lista de tareas.

No había una tarifa por cada comida.

No había condiciones escondidas.

Solo una habitación.

Un techo.

Y un poco de compañía.

Esa misma tarde fui a conocer a Elena y a su madre.

La casa era pequeña, antigua y perfectamente cuidada.

La señora Morales abrió la puerta.

—Tú debes ser la madre de Sofía.

Asentí.

—Sí.

Me tomó las manos.

—Entonces entra. Quiero conocer a la chica que va a ocupar la habitación de mi nieto.

La habitación estaba en el segundo piso.

Tenía una cama, un escritorio junto a la ventana y una estantería llena de libros.

Sofía entró detrás de mí.

Sus ojos se iluminaron.

—Mamá…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Sabía que le gustaba.

La señora Morales sonrió.

—Puedes usar el escritorio. También hay una llave independiente.

Sofía miró a Elena.

—¿Y las comidas?

—Cuando estés aquí, comes con nosotros si quieres. Si tienes clases tarde, habrá comida en el frigorífico.

Sofía bajó la mirada.

—¿Y qué tengo que hacer?

La anciana arqueó una ceja.

—Estudiar.

Sofía se quedó sorprendida.

—¿Solo eso?

—Bueno, si algún día quieres hacerme compañía mientras tomo el té, no me quejaré.

Sofía sonrió.

Yo sentí un nudo en la garganta.

Después de despedirnos, mi hija me abrazó en el coche.

—Mamá, quiero quedarme aquí.

—Entonces te quedarás.

—¿Estás segura?

La miré.

—Estoy segura.

Durante los días siguientes, Sofía preparó sus cosas.

Cancelamos el acuerdo con Clara.

No hubo pelea.

No hubo insultos.

Solo le envié un mensaje:

“Gracias por ofrecerte a recibir a Sofía. Hemos encontrado otra opción.”

Clara respondió casi inmediatamente.

“¿Qué otra opción?”

No contesté.

Al día siguiente volvió a escribir.

“Espero que no hayas entendido mal mi mensaje. Solo intentaba organizar las cosas.”

Tampoco respondí.

Sofía comenzó la universidad una semana después.

El primer domingo me llamó.

—Mamá, la señora Morales me preparó sopa.

Sonreí.

—¿Y cómo están las clases?

—Difíciles.

—Eso significa que estás aprendiendo.

Se rio.

—También me pidió que la acompañara al mercado mañana.

—¿Ves? Ya tienes tu primer trabajo.

—No, mamá. Me paga con galletas.

Las dos nos reímos.

Por primera vez desde que había empezado todo aquello, sentí que podía respirar.

Pero Clara no lo había olvidado.

Dos semanas después, me llamó.

No contesté.

Volvió a llamar.

Finalmente respondí.

—¿Sí?

Su voz sonaba extrañamente amable.

—Cuñada, ¿Sofía está bien?

—Sí.

—Hace días que no viene.

—Está estudiando.

—Ya sé, pero podría visitarnos algún fin de semana.

—Claro. Cuando quiera.

Hubo un silencio.

Entonces preguntó:

—¿Dónde está viviendo exactamente?

No quise mentir.

—Con la señora Morales.

Clara se quedó callada.

—¿La señora Morales?

—Sí.

—¿La madre de Elena?

—Sí.

Su tono cambió.

—¿Y cuánto pagas?

—Cien dólares.

Silencio.

—¿Cien?

—Sí.

Clara respiró profundamente.

—¿Y solo le pide que la acompañe al mercado?

—Sí.

Otra pausa.

—Entonces… ¿por qué no me dijiste que tenías otra opción?

La pregunta me sorprendió.

—Porque cuando te llamé, tú dijiste que podía quedarse contigo. Después me enviaste las condiciones.

—Pero yo no sabía que…

Se detuvo.

—¿Que qué?

—Que encontrarías una alternativa tan rápido.

No respondí.

Entonces Clara soltó una frase que me hizo comprenderlo todo.

—¿Sabes qué? Sofía podría haber vivido perfectamente en mi casa.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo por qué prefieres mandarla con una desconocida.

—Porque allí es estudiante.

Mi voz permaneció tranquila.

—En tu casa, según tu propio mensaje, era responsable de pagar, cocinar, limpiar y ayudarte con los gastos.

Clara guardó silencio.

—No quería que fuera así —dijo finalmente.

—Pero lo escribiste.

—Estaba pensando en mi familia.

—Yo también.

Colgué.

Esa noche recibí otro mensaje.

No era de Clara.

Era de la señora Morales.

“Tu hija tiene mucho talento. Hoy me preguntó si podía ayudarme a organizar unas cajas antiguas. Encontramos algo que quizá te interese. Tu apellido aparece en varios documentos.”

Me quedé mirando la pantalla.

Le respondí inmediatamente:

“¿Qué documentos?”

La respuesta llegó un minuto después.

“Documentos antiguos de propiedad. Mi difunto esposo trabajó durante años con tu padre.”

Sentí un escalofrío.

Mi padre había muerto cuando yo tenía diecinueve años.

Siempre había creído que su pequeña empresa había desaparecido con él.

Pero si la señora Morales tenía documentos relacionados con él…

quizá había una parte de la historia de mi familia que jamás me habían contado.

Y al día siguiente, cuando fui a buscar a Sofía, la señora Morales me esperaba con una caja de madera sobre la mesa.

—Creo que deberías ver esto.

Levantó la tapa.

Dentro había contratos, fotografías y una escritura antigua.

En la primera página aparecía el nombre de mi padre.

Y debajo, una frase que me dejó completamente inmóvil:

“Participación hereditaria reservada para su hija.”

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