El hombre del abrigo gris se detuvo a pocos pasos de mí.
Miró primero a Maya.
Después observó la cuna rota.
Luego levantó la vista hacia Andrei.
—¿Qué demonios ha ocurrido aquí?
Andrei recuperó rápidamente su sonrisa.
—Presidente Volkov, esto es un asunto familiar. Mi esposa está exagerando una discusión.
El presidente no respondió.
Sus ojos permanecieron sobre mí.
—Elena.
Fue la primera vez que escuché mi nombre salir de su boca.
Andrei frunció el ceño.
—¿Usted la conoce?
El hombre dio un paso hacia mí.
—Por supuesto que la conozco.
Entonces miró a los abogados que estaban detrás de él.
—Ella es la persona que controla el fideicomiso fundador.
Andrei dejó de sonreír.
Svetlana también se quedó inmóvil.
—¿Qué fideicomiso? —preguntó Andrei.
El presidente lo miró con una expresión completamente distinta.
—El que posee el cuarenta y ocho por ciento de las acciones con derecho a voto de nuestra compañía.
Sentí que Maya se movía entre mis brazos.
Apreté la manta alrededor de ella.
Andrei negó lentamente con la cabeza.
—Eso es imposible.
Uno de los abogados abrió un maletín.
—No lo es.
Sacó varios documentos.
—La familia de Elena creó el fideicomiso hace quince años. Ella es la beneficiaria principal y la administradora designada desde que cumplió veinticinco.
Andrei me miró como si acabara de descubrir que la mujer con la que había vivido durante tres años era una desconocida.
—Tú me dijiste que no tenías experiencia empresarial.
—Nunca dije eso.
—Me dijiste que querías quedarte en casa.
—Porque quería criar a nuestra hija.
El presidente miró hacia la cuna rota.
Su expresión se endureció.
—Y usted acaba de expulsar de esta propiedad a la mujer que puede decidir el futuro de su puesto.
Andrei palideció.
Svetlana dio un paso atrás.
—Andrei…
Él levantó una mano para callarla.
—Esto no significa nada. Ella es mi esposa. No puede destruir mi carrera por una discusión doméstica.
El abogado negó con la cabeza.
—No se trata de una discusión doméstica.
Abrió otra carpeta.
—Se trata de doce cargos internos relacionados con gastos no autorizados.
Andrei se quedó inmóvil.
—¿Qué?
El abogado señaló varios documentos.
—Habitaciones de hotel, tratamientos personales, joyería, transporte privado y pagos realizados desde cuentas corporativas.
Svetlana llevó automáticamente una mano hacia el collar.
El presidente la miró.
—Quítese ese collar.
Ella palideció.
—¿Perdón?
—He dicho que se lo quite.
Svetlana se lo quitó lentamente.
El abogado tomó una fotografía.
—Este es uno de los artículos que aparece en los registros de gastos.
Andrei comenzó a hablar rápidamente.
—Eso fue un error administrativo. Yo puedo explicarlo.
—Lo explicarás ante el comité de auditoría.
La voz del presidente era fría.
Andrei miró hacia mí.
—Elena, podemos arreglar esto.
Por primera vez desde que había salido de aquella casa, sentí que el miedo desaparecía.
—No.
Una sola palabra.
Él se quedó callado.
—Te conozco —continué—. Sé exactamente qué vas a decir.
Me acomodé la manta de Maya.
—Que estabas confundido. Que Svetlana te manipuló. Que no querías hacerme daño.
Svetlana levantó la mirada.
—¡No me metas en esto!
La miré.
—Ya estás dentro.
Entonces saqué mi teléfono.
La pantalla mostraba la grabación de aquella mañana.
La voz de Andrei se escuchó claramente:
“Ni tú ni la niña pertenecen aquí.”
Después:
“Ella solo ocupó espacio.”
El silencio fue absoluto.
Andrei cerró los ojos.
El presidente miró al jefe de seguridad.
—Acompáñenlo al vehículo.
—¡No pueden hacer esto! —protestó Andrei.
—Todavía no te estamos despidiendo —respondió el presidente—. Primero investigaremos.
Hizo una pausa.
—Pero desde este momento estás suspendido.
Andrei volvió a mirarme.
—Elena, por favor.
No respondí.
El presidente se acercó a mí.
—Hay algo que debe saber.
—¿Qué?
—Su padre dejó una instrucción adicional en el fideicomiso.
Fruncí el ceño.
—¿Mi padre?
El hombre asintió.
—Si alguna vez su marido intentaba apropiarse de bienes del fideicomiso o poner en peligro su seguridad, usted recibiría control absoluto sobre las acciones familiares.
Miré los documentos.
—¿Control absoluto?
—Cincuenta y uno por ciento.
Sentí un escalofrío.
No era solo que Andrei hubiera perdido su puesto.
Acababa de descubrir que, sin saberlo, había pasado tres años viviendo con la mujer que podía decidir quién continuaba dirigiendo la empresa.
Y entonces el abogado dejó otro documento sobre la mesa.
—Hay una última cuestión.
Lo miré.
—¿Qué cuestión?
Señaló una transferencia reciente.
Mi nombre aparecía como beneficiaria.
El monto me dejó sin palabras.
—¿Qué es esto?
El presidente respiró profundamente.
—Su padre no solo dejó acciones.
Me entregó una segunda carpeta.
—También dejó una cuenta privada para Maya.
Miré a mi hija.
Después volví a mirar el documento.

El nombre de Maya aparecía en la primera página.
Y debajo había una cifra que hizo que incluso el presidente guardara silencio.
Porque mi padre había preparado aquel fondo antes de que yo siquiera conociera a Andrei.
Y alguien acababa de intentar robarle el futuro a su propia nieta.