PARTE 2: LA VERDAD DEL ACCIDENTE

La puerta del quirófano se cerró detrás de mí.

Respiré profundamente.

Por primera vez desde que desperté, sentí que no estaba huyendo de mi pasado.

Estaba cambiándolo.

El señor Harris ya estaba preparado.

Setenta y dos años.

Tres hijos.

Seis nietos.

Su corazón apenas soportaba esperar unas horas más.

—Doctora Wells —dijo Nora—, ¿segura de que quiere hacerlo?

Me puse los guantes.

—Completamente.

La cirugía duró varias horas.

Cuando finalmente salí, el hijo del señor Harris se acercó con los ojos llenos de lágrimas.

—Doctora, gracias por salvar a mi padre.

Asentí.

—Ahora necesita descansar.

Sentí una calma extraña.

Entonces escuché gritos al final del pasillo.

—¡Quiero hablar con Amelia Wells!

Era Adrian.

Dos enfermeros intentaban detenerlo.

Celeste había sido operada por otro equipo y ya estaba estable.

Adrian me vio.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Lo hiciste a propósito.

—¿Qué hice?

—Sabías quién era Celeste y decidiste abandonarla.

—No la abandoné. Coordiné su atención con otro equipo mientras atendía a un paciente que ya estaba bajo mi responsabilidad.

—¡Podrías haberla operado tú!

—Y decidí no hacerlo.

Adrian apretó los puños.

—Esto no termina aquí.

—Estoy de acuerdo.

Saqué mi teléfono.

—Porque esta vez no voy a quedarme callada.

Su rostro cambió.

—¿Qué significa eso?

—Quiero que revisen quién autorizó tu presencia durante el ingreso de Celeste y quién modificó su expediente médico.

Adrian se quedó inmóvil.

—No tienes derecho a cuestionarme.

—Entonces no tendrás nada que temer.

Antes de que pudiera responder, Nora apareció corriendo.

—Doctora, necesito enseñarte algo.

Nos alejamos unos metros.

Nora abrió una carpeta.

—Encontramos una evaluación cardiológica privada de Celeste de hace tres meses.

Miré el documento.

La firma estaba al final.

Adrian Cole.

—¿Qué tiene de extraño?

—La evaluación indica que Celeste tenía una condición que aumentaba considerablemente el riesgo de una cirugía de emergencia.

Levanté la mirada.

—¿Por qué no aparece en el expediente de esta noche?

Nora negó con la cabeza.

—Porque alguien eliminó esa información cuando se creó el registro de urgencias.

Sentí un escalofrío.

—¿Puedes recuperar la versión original?

—Sí.

—Hazlo.

Nora asintió.

—¿Crees que alguien manipuló el expediente?

Miré hacia el pasillo donde Adrian había desaparecido.

—Creo que esta vez quiero saber la verdad antes de que alguien vuelva a convertirme en la culpable.

Esa noche regresé a mi despacho.

Sobre mi escritorio encontré un sobre blanco.

No tenía nombre.

Lo abrí.

Dentro había una fotografía.

Adrian y Celeste aparecían juntos en una terraza privada.

No era una foto pública.

No estaban escondiendo su relación.

En la parte posterior había una frase escrita a mano:

“Pregúntale qué ocurrió tres días antes de tu boda.”

Me quedé inmóvil.

Tres días antes de mi boda.

Abrí el calendario del hospital.

Busqué aquella fecha.

Y encontré algo que no recordaba.

Adrian había cancelado nuestra cena diciendo que tenía una emergencia familiar.

Pero el registro de una clínica privada mostraba que ese mismo día había acompañado a Celeste.

No estaban empezando una relación.

Ya estaban juntos.

Desde mucho antes del accidente.

Mi teléfono vibró.

Número desconocido.

“Si quieres saber por qué Celeste necesitaba que tú la operaras, ven mañana a las ocho al archivo antiguo.”

Leí el mensaje tres veces.

Después miré la fotografía.

Por primera vez comprendí que mi muerte quizá no había sido el final de una tragedia.

Había sido parte de un plan.

Y si aquella persona decía la verdad, al día siguiente descubriría quién había manipulado el expediente de Celeste.

Pero había algo que todavía no podía entender.

¿Por qué necesitaban que precisamente yo realizara aquella cirugía?

La respuesta apareció a la mañana siguiente.

A las ocho en punto entré al archivo antiguo.

Había una mujer esperándome.

Era la antigua directora administrativa del hospital.

La misma mujer que, en mi primera vida, había firmado mi suspensión.

Me entregó una carpeta.

—Doctora Wells, antes de abrirla, necesito que me prometa algo.

—¿Qué?

—Si descubre quién organizó todo aquello, no confíe en nadie.

Abrí la carpeta.

La primera página contenía mi nombre.

La segunda, el nombre de Celeste.

Y la tercera tenía una transferencia bancaria realizada exactamente dos días antes de mi supuesta “negligencia”.

El destinatario era una cuenta perteneciente a Adrian Cole.

Entonces entendí.

Mi muerte no había sido consecuencia de una mentira.

Había sido el resultado de una operación mucho más grande.

Y esta vez, alguien había cometido un error.

Había dejado una huella.

Una huella que yo pensaba seguir hasta el final.

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