PARTE 2: EL DINERO QUE DESAPARECIÓ

Arthur se quedó de pie junto a la ventana, inmóvil.

—Evelyn, ¿cuánto dinero le diste exactamente a Julian?

Ella tragó saliva.

—Todo lo que obtuve por la casa.

—¿Cuánto?

—Un millón cuatrocientos mil dólares.

Arthur cerró los ojos.

Durante varios segundos no dijo nada.

Después volvió lentamente hacia ella.

—Eso fue exactamente la cantidad que Julian declaró como capital inicial de Vance Global.

Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿Qué?

Arthur abrió un cajón de su escritorio y sacó una carpeta vieja.

—Cuando fundamos la empresa, Julian me dijo que había recibido un préstamo privado de un familiar. Nunca quiso decirme quién.

Abrió una copia del documento.

—Pero ahora veo que la fecha coincide exactamente con la venta de tu casa.

Evelyn tomó el papel con manos temblorosas.

—¿Por qué nunca me dijiste que sabías esto?

—Porque no sabía que el dinero era tuyo.

Arthur pasó otra página.

—Y hay algo más.

Un segundo documento apareció sobre la mesa.

Era un acuerdo de accionistas firmado diecisiete años atrás.

Evelyn leyó lentamente.

Su nombre aparecía en una cláusula que jamás había visto.

—¿Qué significa esto?

Arthur la miró con incredulidad.

—Que tú no le diste ese dinero a Julian como regalo.

—Compraste una participación en la empresa.

Evelyn dejó caer el documento.

—Yo nunca firmé esto.

Arthur señaló la última página.

—Entonces alguien falsificó tu firma.

En ese momento, el teléfono de Arthur comenzó a sonar.

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—Es mi abogado.

Contestó.

—Sí.

Escuchó durante casi un minuto.

Después preguntó:

—¿Estás seguro?

Su rostro perdió el color.

—No envíes nada por correo. Ven personalmente.

Colgó.

Evelyn se levantó.

—¿Qué ocurre?

Arthur la miró.

—Mi abogado acaba de encontrar una transferencia de hace diecisiete años.

—Los fondos salieron de una cuenta a tu nombre y terminaron en una empresa que pertenecía a Julian.

Evelyn sintió un escalofrío.

—Pero yo nunca tuve esa cuenta.

Arthur apretó la mandíbula.

—Eso significa que alguien abrió una cuenta usando tu identidad.

Desde el sofá llegó una pequeña voz.

—Mamá…

Leo estaba despierto.

Evelyn corrió hacia él.

—¿Qué pasa, cariño?

El niño señaló la ventana.

—Ese coche lleva mucho tiempo afuera.

Arthur se acercó a las cortinas.

Un sedán negro estaba estacionado al otro lado de la calle.

Las luces estaban apagadas.

Arthur observó durante unos segundos.

Entonces reconoció la matrícula.

—Es de Julian.

Evelyn sintió que el miedo le recorría el cuerpo.

Arthur tomó su teléfono.

—No te preocupes. No voy a dejar que se acerque a ti ni a los niños.

Pero justo entonces llegó un mensaje al teléfono de Evelyn.

Era de Julian.

“Sé exactamente dónde estás.”

Un segundo mensaje apareció inmediatamente después.

“Y sé cuánto dinero te llevaste cuando vendiste la casa de Boston.”

Evelyn levantó la mirada.

Arthur leyó el mensaje.

Entonces llegó el tercero.

“Si quieres que tus hijos sigan durmiendo tranquilos, será mejor que mañana me entregues los documentos que Arthur acaba de encontrar.”

Evelyn apretó el teléfono.

Arthur se quedó completamente inmóvil.

Porque ninguno de los dos había mencionado los documentos fuera de aquella habitación.

Y eso solo podía significar una cosa.

Alguien dentro de la casa de Arthur estaba trabajando para Julian.

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