PARTE 2: LA HIJA QUE DESAPARECIÓ

No me fui a la cocina.

Me encerré en el pequeño baño de servicio y miré la tarjeta que Alexander Vance había dejado en mi mano.

“Hotel Hartford, suite 1804. Once y media. Ven sola.”

Durante unos segundos pensé en romperla.

Después recordé la expresión de mi padre.

No era miedo a Alexander.

Era miedo a que Alexander hablara conmigo.

A las once y veinte salí por la puerta trasera del club.

Un automóvil negro esperaba al otro lado de la calle.

El conductor bajó la ventanilla.

—Señorita Sterling, el señor Vance la está esperando.

No pregunté cómo sabía mi nombre.

Subí.

Cuando llegué a la suite, Alexander estaba junto a la ventana con una carpeta abierta sobre la mesa.

No parecía el hombre poderoso que había visto durante la cena.

Parecía alguien que acababa de encontrar un fantasma.

—Mariana, necesito que me respondas algo.

—Depende de la pregunta.

Tragó saliva.

—¿Tienes una pequeña cicatriz detrás de la oreja izquierda?

Me quedé inmóvil.

Llevé los dedos hasta el lugar.

—Sí.

Alexander cerró los ojos.

—Dios mío.

Sacó una fotografía antigua.

Era una mujer joven con un bebé en brazos.

La mujer tenía mis mismos ojos.

Mi misma forma de sonreír.

Y alrededor del cuello llevaba un colgante que yo había visto una sola vez en una caja escondida de mi habitación.

—¿Quién es? —pregunté.

Alexander deslizó la fotografía hacia mí.

—Tu madre.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Eso es imposible.

—Se llamaba Elena Vance.

El apellido me golpeó como una bofetada.

—¿Vance?

Alexander asintió.

—Era mi hermana menor.

Me quedé sin palabras.

Entonces abrió otro documento.

—Hace veintisiete años, Elena desapareció después de una disputa familiar.

—Estaba embarazada.

—Tu abuelo quería quitarle la custodia de su hija porque consideraba que el padre del bebé no era digno del apellido.

—Pero Elena escapó antes de que pudieran hacerlo.

Miré la fotografía.

—¿Y yo?

Alexander bajó la voz.

—Tú eras la bebé.

Un frío profundo recorrió mi cuerpo.

—Entonces mis padres…

—No son tus padres biológicos.

—Te adoptaron.

—Pero no fue un acto de bondad.

Abrí la boca.

No podía respirar.

Alexander sacó una copia de un antiguo registro de adopción.

El nombre de Beatrice aparecía allí.

También el de Richard.

Y una cantidad de dinero transferida desde una cuenta de fideicomiso familiar.

—Tus padres recibieron dinero para hacerse cargo de ti y mantener tu identidad oculta.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Por qué?

Alexander miró hacia la puerta.

—Porque tu madre murió intentando recuperarte.

Sentí que las lágrimas aparecían sin permiso.

Durante veintisiete años había creído que debía agradecer cada plato de comida.

Cada habitación.

Cada uniforme.

Cada insulto disfrazado de sacrificio.

Y ahora descubría que incluso mi infancia había sido comprada.

—¿Dónde está el padre de mi madre?

Alexander no respondió inmediatamente.

—Murió hace cinco años.

—Pero dejó algo para ti.

Sacó un sobre sellado.

Mi nombre estaba escrito a mano.

Mariana Vance.

No Sterling.

Mariana Vance.

El mismo apellido que había visto en documentos financieros, edificios y periódicos.

—¿Qué contiene? —pregunté.

Alexander me miró directamente.

—La verdad sobre por qué tu familia te escondió.

Antes de que pudiera abrirlo, su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla y su expresión cambió.

—Es Richard.

Contestó en silencio.

Solo escuché una frase.

—Si ella ya sabe quién es, todo se terminó.

Alexander colgó.

Yo sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué significa eso?

Alexander tomó el sobre y me lo entregó.

—Significa que tu familia acaba de descubrir que ya no puede controlar lo que suceda mañana.

Me levanté.

—Quiero volver a la boda.

Alexander negó con la cabeza.

—Mariana, mañana no será una boda.

—¿Entonces qué será?

Me miró con una seriedad que nunca olvidaré.

—Será el día en que toda la familia Sterling descubra quién heredará realmente el imperio que llevan veintisiete años intentando alcanzar.

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