Tres días después de despertar, todavía no podía caminar sin ayuda.
Tenía el cuerpo débil, la garganta seca y una sensación extraña cada vez que miraba hacia la incubadora donde estaban mis tres hijos.
Pero había algo que me preocupaba más que mi recuperación.
Grant.
El administrador del hospital dejó una carpeta sobre mi mesa.
—Señora Holloway… o debería decir señora Bennett. Necesitamos aclarar su situación legal.
Miré el documento.
—¿Qué hizo?
—Su esposo presentó una solicitud de divorcio urgente mientras usted estaba inconsciente.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Y los niños?
El hombre dudó.
—Eso es precisamente lo extraño.
Abrió otra carpeta.
—El señor Holloway declaró que usted había aceptado que los menores quedaran bajo su custodia mientras se resolvía el proceso.
Solté una risa débil.
—Yo estaba conectada a una máquina cuando supuestamente acepté eso.
El administrador bajó la mirada.
—Lo sé.
Entonces una mujer apareció detrás de él.
Traje gris.
Cabello plateado.
Una carpeta negra bajo el brazo.
—¿Isabel Morgan?
La reconocí.
Era la abogada que había trabajado para mi padre.
La última persona que esperaba ver allí.
Se acercó a mi cama.
—Su padre me pidió que vigilara determinados documentos en caso de que usted llegara a necesitarme.
—Mi padre murió hace cinco años.
—Lo sé.
Abrió la carpeta.
—Y dejó instrucciones muy específicas.
Sacó un documento antiguo.
—Cuando usted se casó con Grant, su padre creó un fideicomiso matrimonial a su nombre.
Fruncí el ceño.
—Nunca me habló de eso.
—Porque no debía conocer todos los detalles.
Pasó una página.
—El fideicomiso tenía una condición.
—¿Cuál?
Isabel me miró directamente.
—Si su esposo solicitaba el divorcio mientras usted estuviera incapacitada médicamente y existieran hijos menores, el fideicomiso se activaría automáticamente.
Sentí un escalofrío.
—¿Y qué significa eso?
La abogada sonrió apenas.
—Significa que Grant no acaba de liberarse de usted.
—Acaba de perder el control sobre una parte importante de su propio patrimonio.
Me quedé inmóvil.
—¿Cuánto?
Isabel cerró la carpeta.
—Casi toda la participación privada que recibió de su abuelo.
Por primera vez desde que desperté, sonreí.
Pero Isabel todavía no había terminado.
—Y hay una segunda condición.
—¿Cuál?
Sacó una hoja.
—El fideicomiso no solo protege su patrimonio.
—Protege a sus hijos.
Miré hacia las incubadoras.
Tres pequeños cuerpos dormían bajo la luz azulada.
Entonces mi teléfono vibró.
Un mensaje de Grant.
“Cuando estés estable, hablaremos de los niños.”
Lo observé durante varios segundos.
Luego llegó otro.
“Quiero resolver esto sin complicaciones.”
Isabel leyó mi expresión.
—¿Quiere responderle?
Negué con la cabeza.
—No.
—¿Entonces?
Miré nuevamente a mis hijos.
—Quiero que él crea que todavía no sé nada.
Esa misma tarde, Grant recibió una llamada de su director financiero.
—Señor, tenemos un problema.
—¿Qué problema?
—El fideicomiso de su abuelo acaba de congelar sus acciones.
Grant se quedó en silencio.
—¿Por qué?
—Se activó una cláusula matrimonial.
Su rostro cambió.
—Eso es imposible.
—También hay una restricción sobre determinadas cuentas corporativas.
Grant se levantó de golpe.
—¿Quién autorizó esto?
El director financiero respiró profundamente.
—Su esposa.
Grant apretó la mandíbula.
—Ella está en cuidados intensivos.
—Precisamente.
El silencio al otro lado fue absoluto.
Entonces el director añadió:
—Señor Holloway, su divorcio acaba de activar la cláusula.
Grant dejó caer el teléfono sobre el escritorio.
Por primera vez desde aquella noche en el hospital, comprendió que quizá había cometido un error.
Pero todavía no sabía cuál.
Mientras tanto, yo firmaba mi primera autorización como madre de tres hijos.
No era una petición de dinero.
No era una demanda.
Era una instrucción para que el fideicomiso comenzara a ejecutar la protección prevista por mi padre.
Isabel guardó el documento.
—A partir de ahora, todo movimiento financiero de Grant será revisado.
La miré.
—¿Cuánto tardará?
Ella respondió:
—Cuarenta y ocho horas.

Miré hacia la ventana.
—Entonces esperemos.
Porque Grant había preguntado cuánto tardaría en divorciarse de una mujer que quizá no sobreviviría.
Ahora iba a descubrir cuánto tardaría su propio imperio en comenzar a desaparecer.