—Ahí —susurró Elena—. Mauricio no sabe que sé dónde está.
Aparté la caja azul.
Detrás había una pequeña puerta metálica que no recordaba haber visto nunca.
—¿Qué hay ahí?
Elena negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero Laura entraba por las noches.
Encontré una llave pegada debajo de una tabla.
La cerradura giró.
Dentro había una habitación diminuta sin ventanas.
No parecía una oficina.
Parecía un archivo.
Había carpetas perfectamente ordenadas, varias cajas y una computadora portátil apagada.
Sobre la primera carpeta aparecía un nombre:
ELENA CASTILLO — PATRIMONIO
La abrí.
Había escrituras, contratos, documentos bancarios y copias de identificaciones.
Pero había algo más.
Un poder notarial.
Mi respiración se detuvo.
El documento autorizaba a Mauricio y Laura a administrar prácticamente todos los bienes de Elena.
—¿Ella firmó esto?
Elena bajó la mirada.
—Me dijeron que era para pagar la residencia.
Seguí leyendo.
El poder había sido firmado dos años antes.
La residencia supuestamente había comenzado a cobrar seis meses después.
Entonces entendí.
No habían utilizado el dinero de Elena para cuidarla.
Habían conseguido control legal sobre sus bienes mucho antes de encerrarla.
Abrí otra carpeta.
Había fotografías de propiedades.
Una casa en Guadalajara.
Dos terrenos.
Una pequeña cuenta de inversión.
Y una póliza de seguro de vida.
El beneficiario había sido cambiado.
Aparecía el nombre de Mauricio.
Sentí que me ardían las manos.
—¿Sabías todo esto?
Elena negó lentamente.
—Yo solo sabía que me quitaban dinero.
Entonces escuchamos un ruido.
Un vehículo frenó frente a la casa.
Elena se puso pálida.
—No puede ser.
Miré por la pequeña ventana.
Un taxi acababa de detenerse.
No era Mauricio.
Era Laura.
Había regresado antes.
—Tenemos que irnos —dije.
Ayudé a Elena a bajar la escalera.
Teresa esperaba junto al coche.
Cuando vio a Elena, se llevó una mano a la boca.
—Don Daniel…
—No hagas preguntas. Ayúdame a llevarla.
Pero antes de llegar a la puerta trasera, escuchamos la llave girar.
Laura entró.
Se quedó completamente inmóvil.
Miró a Elena.
Después a mí.
Después a la caja de documentos que yo llevaba en las manos.
Su rostro perdió el color.
—¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo.
Laura cerró lentamente la puerta.
—Daniel, no entiendes.
—Entonces explícame por qué la madre que Mauricio supuestamente internó en una residencia está viviendo encerrada en un ático.
Laura no respondió.
—¿Y por qué existen documentos que demuestran que controlan sus cuentas?
Ella bajó la mirada.
—No fue idea mía.
Sentí un escalofrío.
—¿De quién fue?
Laura empezó a llorar.
—Mauricio.
Elena cerró los ojos.
—Lo sabía.
Laura se acercó.
—Mi marido dijo que era temporal. Que necesitábamos tiempo para solucionar unas deudas.
—¿Qué deudas?
Laura miró hacia la puerta.
—Las de su empresa.
Entonces sacó el teléfono.
—Pero hay algo peor.
Me mostró una fotografía.
Era un contrato firmado por Mauricio.
La fecha era de hacía tres meses.
El documento no hablaba de deudas.
Hablaba de una venta.
Una propiedad de Elena estaba a punto de ser transferida a una empresa desconocida.
—¿Quién compra? —pregunté.
Laura tragó saliva.
—No lo sé.
—¿Y quién aparece como representante?
Su dedo señaló la última página.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
El representante legal de la empresa era mi propio hermano.
Mi hermano, que llevaba años diciéndome que Mauricio era un hijo ejemplar.
Elena me miró.
—Daniel…
No sabía qué decir.
Entonces mi teléfono vibró.
Era Mauricio.
Un mensaje.
“Papá, ¿sigues en la casa?”
Después llegó otro.
“Porque acabo de ver a Teresa hablando con Laura.”
Y un tercero.
“Si encontraste a mi abuela, no llames a la policía.”
Me quedé mirando la pantalla.
Mauricio acababa de cometer un error.
Porque no había escrito “mi suegra”.
Había escrito:
mi abuela.
Miré a Elena.

Ella también había leído el mensaje.
Y entonces susurró:
—Daniel… Mauricio no es mi nieto.