—¿De verdad quieres divorciarte? —preguntó Ethan.
Casi sonreí.
—Tú lo pediste.
—Estaba enfadado.
—Las tres veces.
Su rostro cambió.
Durante años había utilizado aquella palabra como una puerta que podía abrir cuando quería asustarme y cerrar cuando yo cedía.
Esta vez yo había cruzado primero.
—Hablaré con mi abogado mañana —dije.
Ethan dio un paso hacia mí.
—Maya, espera.
—Buenas noches.
Cerré la puerta.
A la mañana siguiente encontré desayuno sobre la mesa.
Ethan jamás cocinaba.
—Tenemos que hablar.
—Tengo una cita.
—¿Con quién?
—Con mi abogada.
La taza que sostenía quedó suspendida.
—¿Ya tienes abogada?
—Desde hace doce días.
Por primera vez comprendió que mis maletas no eran una amenaza.
Yo realmente me estaba marchando.
Durante la semana siguiente Ethan cambió.
Llegaba temprano.
Dejó de aparecer en eventos con Olivia.
Incluso intentó devolver algunas de mis cosas al dormitorio principal.
Las llevé nuevamente a la habitación de invitados.
Entonces Olivia me llamó.
—Maya, necesitamos vernos.
—No tenemos nada que hablar.
—Sí tenemos. Porque Ethan nunca te contó por qué empezó a pedírtelo.
Aquello me hizo detenerme.
Nos encontramos en una cafetería.
Olivia llegó sin maquillaje ni fotógrafos.
Puso su teléfono frente a mí.
Había mensajes de Ethan.
Pero no eran románticos.
Eran conversaciones sobre una empresa de representación, contratos y algo llamado “Cláusula Cole”.
—¿Qué es esto?
Olivia respiró hondo.
—Tu marido descubrió hace un año que alguien utilizaba tu matrimonio para controlar parte de sus acciones.
Sentí frío.
—¿Quién?
—Su padre.
Según Olivia, el fideicomiso familiar otorgaba determinados derechos mientras Ethan permaneciera casado.
Pero había una condición adicional relacionada conmigo que Ethan desconocía hasta hacía poco.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque creyó que tú lo sabías.
Esa noche enfrenté a Ethan.
No negó nada.
Sacó una carpeta de su despacho.
—La primera vez que pedí el divorcio quería ver tu reacción.
—¿Y la segunda?
Bajó la mirada.
—También.
—¿Y la tercera?
No respondió.
Abrí la carpeta.
En la última página encontré mi nombre.
Maya Bennett Cole.
Debajo había una firma fechada seis meses antes de nuestra boda.
Mi firma.
Solo que yo jamás había firmado aquel documento.
Levanté lentamente la vista.

Ethan parecía tan asustado como yo.
Entonces comprendí que nuestro matrimonio llevaba cuatro años rompiéndose por una mentira.
Y alguien había empezado a construirla antes incluso de que nos casáramos.