PARTE 2: LA CASA QUE YA NO PODÍAN TOCAR

No entré en la cocina.

Regresé al balcón y llamé al abogado del pueblo.

—Señor Chen, quiero confirmar que los documentos quedaron registrados.

—Ayer por la tarde.

Respiré tranquila.

Antes de viajar había tomado una decisión.

Mi casa no estaba en venta.

Había firmado un acuerdo para conservar mi derecho a vivir allí mientras destinaba la propiedad, en el futuro, a un pequeño centro comunitario para ancianos.

Hugo no podría venderla.

Ni hipotecarla.

Ni convertirla en el apartamento que ya imaginaba.

A la mañana siguiente dejé la libreta de cuidados sobre la mesa.

—Regreso a casa.

Clara casi dejó caer su taza.

—¿Y mi madre?

—Es tu madre, Clara.

Hugo frunció el ceño.

—Mamá, no puedes marcharte así.

—¿Por qué? ¿Porque perderán una cuidadora o porque perderán mi casa?

Ambos palidecieron.

Habían entendido.

Clara cambió inmediatamente de tono.

—Estás malinterpretando una conversación privada.

Saqué la copia del acuerdo.

—Entonces esto tampoco debería preocuparles.

Hugo leyó la primera página.

—¿Qué hiciste?

—Decidir sobre lo que es mío.

Su rostro se endureció.

—¡Soy tu único hijo!

—Y eso no te convierte en propietario de mi vida.

Preparé mi maleta.

Antes de salir me acerqué a la madre de Clara.

Ella me sostuvo la mano con dificultad.

No estaba enfadada con aquella mujer.

En cierto modo, las dos habíamos sido convertidas en herramientas para resolver los problemas de otros.

Tres días después estaba nuevamente en mi patio, colocando nuevas plantas.

Entonces llamó mi abogado.

—Señora Lin, Hugo vino a verme.

No me sorprendió.

—¿Quiere impugnar el acuerdo?

—Hay algo peor.

Escuché papeles al otro lado.

—Presentó un documento según el cual usted ya había prometido venderle la casa meses atrás.

Me incorporé.

—Nunca firmé eso.

—Lo sé. Pero la firma se parece mucho a la suya.

De repente recordé algo.

Semanas antes de invitarme a vivir con él, Hugo había enviado varios documentos diciendo que eran necesarios para incluirme en su seguro médico.

Yo había firmado donde me indicó.

—Señor Chen…

—También pensé en eso.

Hubo un silencio.

—Por eso comparé las fechas.

Sentí frío.

—¿Y?

—El supuesto acuerdo fue preparado tres semanas antes de que la madre de Clara sufriera el derrame.

Miré mi casa.

Entonces todo cambió.

Yo había creído que Hugo decidió aprovecharse de mí porque necesitaban una cuidadora.

Pero aquel documento demostraba otra cosa.

Mi hijo ya estaba intentando quedarse con mi casa antes de necesitar que cuidara a nadie.

La enfermedad de su suegra no había creado el plan.

Solo les había dado la excusa perfecta para traerme a la ciudad.

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