PARTE 2: NO FUI AL GIMNASIO PARA PELEAR

Bruno levantó los puños.

Yo no.

Saqué el teléfono del bolsillo y lo dejé sobre la banca, con la llamada ya conectada.

—Nadie va a pelear.

Mauro soltó una carcajada.

—¿Entonces para qué cerraste?

—Para que nadie desaparezca antes de que llegue la policía.

La sonrisa de Bruno murió.

Había pasado quince años en el Ejército.

Precisamente por eso sabía que perder el control era lo peor que podía hacer por Valeria.

—Repítelo —dije—. Lo que dijiste sobre mi hija.

Bruno miró el teléfono.

—No dije nada.

—Hace treinta segundos dijiste que necesitaba aprender a respetar.

Uno de los muchachos del gimnasio bajó lentamente los guantes.

—Yo lo escuché.

Mauro giró hacia él.

—Cállate.

Entonces otro habló.

—Yo también.

Bruno palideció.

Las sirenas llegaron pocos minutos después.

Pero la verdadera sorpresa ocurrió en el hospital.

Valeria finalmente habló.

No había sido la primera vez.

Laura le sostuvo la mano mientras ella contaba meses de amenazas, control y miedo.

Yo permanecí junto a la puerta.

No interrumpí.

Aquella era su historia.

No la mía.

Esa noche, cuando regresé al taller, encontré a un joven esperando afuera.

Era uno de los peleadores de Furia Norte.

—Señor Ortega.

Me entregó una memoria USB.

—Bruno cree que las cámaras del gimnasio solo guardan grabaciones durante una semana.

Lo miré.

—¿Y?

—Mauro conserva copias.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Por qué?

El muchacho bajó la voz.

—Porque Bruno no es el único.

Entregué la memoria directamente a las autoridades sin abrirla.

Durante los días siguientes, la investigación dejó de centrarse únicamente en lo ocurrido con Valeria.

Otras personas comenzaron a declarar.

Mauro insistió en que no sabía nada.

Hasta que apareció un registro que vinculaba su oficina con pagos realizados después de varios incidentes.

Entonces Bruno quiso negociar.

Pidió hablar conmigo.

Me negué.

No necesitaba escucharlo.

Una semana después, Valeria volvió a casa.

Se sentó en mi taller mientras yo terminaba una pequeña cuna.

—Papá.

—¿Sí?

—¿De verdad ibas a pelear contra todos ellos?

La miré.

—No.

Sonrió por primera vez en días.

Entonces mi teléfono sonó.

Era el investigador.

—Señor Ortega, encontramos algo en los archivos del gimnasio que necesita ver.

—¿Sobre Bruno?

—No.

Hubo una pausa.

—Sobre usted.

Dejé la herramienta.

—¿Qué significa eso?

—Alguien en Furia Norte tenía un expediente con su fotografía, su antigua unidad y la dirección de su taller.

Miré hacia Valeria.

De repente comprendí que quizá Bruno no había conocido a mi hija por casualidad.

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