Durante varios segundos nadie reaccionó.
La habitación quedó tan silenciosa que podía escuchar el sonido del fuego consumiendo lentamente la leña de la cocina.
Mi madrastra fue la primera en recuperar la voz.
—¿Comandante Gu, está seguro?
No miraba a Yanchuan.
Me miraba a mí.
Como si hubiera esperado que en cualquier momento alguien descubriera que yo no pertenecía a aquella conversación.
Yanchuan permaneció tranquilo.
—Sí.
Mi padre frunció el ceño.
—Pero Claire no tiene la educación de Sharon.
La frase quedó suspendida en el aire.
No me dolió.
Porque durante años ya había escuchado versiones diferentes de lo mismo.
Sharon era la inteligente.
Sharon era la prometedora.
Sharon era la hija que podía representar a la familia.
Yo era la que se quedaba atrás.
La que cuidaba la casa.
La que hacía lo necesario.
Yanchuan miró a mi padre.
—No pregunté por sus títulos.
Mi padre se quedó callado.
—Pregunté si aceptaba.
Luego volvió a mirarme.
—Y ella respondió.
Aquella simple defensa me sorprendió más de lo que quería admitir.
Porque nadie en mi familia había hablado así por mí.
Sharon apretó los labios.
—Comandante Gu, quizá no entiende la situación.
Todos la miraron.
Ella sonrió suavemente.
La misma sonrisa que usaba cuando quería parecer razonable.
—Claire está emocionada porque es una oportunidad diferente.
—Pero el matrimonio no es solo comida o una casa.
—Es una vida.
Yanchuan la observó.
—Estoy de acuerdo.
Sharon pareció sentirse respaldada.
Hasta que él continuó:
—Por eso no quería casarme con alguien que considerara esto un juego.
Su expresión cambió.
Solo un poco.
Pero lo vi.
Porque los comentarios invisibles volvieron a aparecer.
«Ahora entiende por qué Gu Yanchuan nunca reaccionó a sus provocaciones.»
«Él ya sabía que Sharon quería llamar su atención.»
«Pensaba que rechazarlo la haría más valiosa.»
Respiré lentamente.
Así que era cierto.
Sharon no había rechazado el compromiso porque no quisiera casarse.
Lo había hecho porque esperaba que él insistiera.
Y ahora estaba viendo cómo esa estrategia destruía su propio plan.
—No puedes hacer esto —dijo Sharon de repente.
Todos la miraron.
Ella dio un paso hacia mí.
—Claire, tú ni siquiera conoces a esta familia.
—No sabes cómo es la vida militar.
—No sabes lo que significa ser esposa de un comandante.
La miré.
—Tú tampoco.
Su rostro se endureció.
Porque tenía razón.
Ella no había vivido esa vida.
Solo había imaginado sus beneficios.
Y cuando apareció la oportunidad, quiso que alguien la persiguiera.
Yanchuan tomó el documento de compromiso.
—Si Claire acepta, la decisión es de ambas familias.
Mi padre abrió la boca.
Pero el anciano comandante Gu levantó una mano.
—Ya escuché suficiente.
Su mirada pasó por Sharon.
Luego por mí.
—Una persona que desprecia una oportunidad y luego se enfada cuando otro la acepta no demuestra independencia.
Nadie respondió.
La cara de Sharon perdió color.
Por primera vez no tenía una respuesta preparada.
Esa noche, después de que la familia Gu se marchara, mi padre me llamó al estudio.
Pensé que me felicitaría.
Me equivoqué.
—¿Sabes lo que hiciste?
Permanecí de pie frente a él.
—Acepté un matrimonio que alguien más rechazó.
Golpeó la mesa.
—¡Era para tu hermana!
—Ella dijo que no.
—¡Porque estaba enojada!
Lo miré.
—Entonces debió pensarlo antes.
Mi padre se quedó inmóvil.
Quizás porque era la primera vez que le respondía así.
Durante toda mi vida había aprendido a guardar silencio.
Pero esa tarde algo había cambiado.
No porque me hubiera convertido en otra persona.
Sino porque por primera vez alguien me había preguntado qué quería yo.
Dos días después, me mudé temporalmente a la residencia militar de la familia Gu para prepararnos para la boda.
Esperaba una casa fría.
Reglas estrictas.
Una familia distante.
Pero cuando llegué, encontré algo completamente diferente.
Una anciana salió a recibirme.
—¿Eres Claire?
Asentí.
Ella sonrió.
—Soy la abuela de Yanchuan.
Tomó mis manos.
—Has adelgazado demasiado.
Me quedé sorprendida.
—¿Cómo lo sabe?
La mujer miró hacia la cocina.
—Porque una persona que está acostumbrada a comer bien no mira la mesa de esa manera.
Me quedé sin palabras.
Yanchuan, que estaba detrás de ella, bajó la mirada para esconder una sonrisa.
Esa noche cenamos juntos.
Había carne.
Verduras.
Sopa caliente.
Más comida de la que mi familia preparaba normalmente.
Me di cuenta de algo extraño.
No estaba allí como una sustituta.
No como una segunda opción.
Por primera vez en muchos años…
alguien había preparado un lugar para mí.
Después de cenar, Yanchuan me acompañó al jardín.
—Claire.
—Sí.
—Quiero preguntarte algo.
Me giré.
—¿Qué?
—Cuando dijiste que querías casarte conmigo…
Hizo una pausa.
—¿Fue solo por la comida y la casa?
Me quedé callada.
Después sonreí.
—Al principio.
Él arqueó una ceja.
—¿Al principio?
Asentí.
—Después vi algo.
—¿Qué?
Lo miré.
—Que cuando todos pensaban que yo estaba aceptando las sobras de mi hermana…
usted fue el único que me preguntó qué quería.
Yanchuan guardó silencio.
Entonces dijo:
—Bien.
—¿Bien?
—Porque yo tampoco quiero una esposa que me admire por mi uniforme.
Se acercó un poco.
—Quiero a alguien que pueda decirme la verdad aunque todos estén en contra.
Esa noche, mientras miraba las luces de la residencia militar desde la ventana, pensé en Sharon.
Ella había rechazado una vida porque esperaba que alguien la persiguiera.

Yo había aceptado una vida porque estaba cansada de esperar que alguien me eligiera.
Y todavía no sabía que, en unas semanas, cuando Sharon descubriera quién era realmente Gu Yanchuan dentro del ejército…
intentaría recuperar exactamente aquello que había dejado ir.