PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DE LA MÁSCARA

Miré la pantalla durante varios segundos más.

Durante años había creído que mi casa era el lugar más seguro para mis hijas.

Que después de perder a su madre, al menos tenían una familia que las protegía.

Pero en ese momento entendí que había estado mirando la superficie de mi propia vida mientras algo mucho más oscuro ocurría debajo.

—¿Señor? —repitió Héctor.

Aparté la vista del monitor.

—Voy a volver a la casa.

Héctor me miró sorprendido.

—¿Ahora mismo?

Asentí.

—No quiero que sepan todavía que las cámaras existen.

Necesitaba algo más que una reacción impulsiva.

Necesitaba la verdad completa.

Salimos del cuarto de seguridad por la entrada trasera.

El camino hasta la residencia parecía más largo que nunca.

Cada habitación que atravesaba era un recuerdo diferente.

La mesa donde desayunábamos los domingos.

El jardín donde Valeria aprendió a montar bicicleta.

El sillón donde Sofía se quedaba dormida esperando que yo terminara una llamada de trabajo.

Y ahora todo tenía otro significado.

Porque mientras yo construía negocios y pensaba en el futuro, mis hijas estaban aprendiendo a caminar en silencio para evitar problemas.

Entré por la puerta principal como si acabara de regresar de mi supuesto viaje.

Renata estaba en la sala.

Al verme, cambió inmediatamente la expresión.

La mujer fría de las cámaras desapareció.

Volvió mi prometida sonriente.

—¿Alejandro?

Se acercó rápidamente.

—¿Qué pasó? ¿Por qué regresaste tan pronto?

La observé.

La misma voz.

La misma sonrisa.

La misma mujer que tres horas antes estaba amenazando a una empleada y asustando a mis hijas.

—Se canceló la reunión.

Mentí.

Ella me abrazó.

Pero ya no sentí nada.

Solo podía escuchar las palabras de la grabación.

“No eres nadie aquí”.

“No eres su madre”.

“Cuando su papá no está, aquí se hace lo que yo digo”.

—¿Dónde están las niñas? —pregunté.

Renata soltó una pequeña risa.

—Arriba. Están castigadas.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Castigadas por qué?

—Por portarse mal.

—¿Qué hicieron?

Hubo una pausa.

Muy pequeña.

Pero suficiente.

—Nada grave. Cosas de niños.

La miré fijamente.

Antes habría aceptado esa respuesta.

Antes habría pensado que una futura esposa intentando poner límites era algo normal.

Ya no.

Subí las escaleras.

Valeria estaba sentada en su cama mirando hacia la ventana.

Cuando me vio, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Pero no corrió hacia mí.

Eso fue lo que más me dolió.

Mi hija, que antes saltaba a mis brazos cuando volvía del trabajo, ahora dudaba antes de acercarse.

—Papá…

Me arrodillé frente a ella.

—Ven aquí.

Valeria miró hacia la puerta.

Como si esperara que alguien pudiera escuchar.

—¿Pasa algo, hija?

Negó rápidamente.

—No.

Pero su voz dijo lo contrario.

Me senté a su lado.

—Valeria, necesito que me digas la verdad.

Sus ojos empezaron a brillar.

—¿Te vas a enojar?

Sentí un peso en el pecho.

—Nunca contigo.

Ella apretó sus manos.

—Renata dice que si te contamos cosas malas sobre ella, tú vas a pensar que somos niñas difíciles.

Cerré los ojos un segundo.

Porque esa frase no venía de una niña imaginativa.

Venía de una niña manipulada.

—¿Qué cosas malas?

Valeria miró a Sofía, que estaba en la otra habitación abrazando su conejo.

—A veces grita cuando tú no estás.

—¿Desde cuándo?

Silencio.

—Desde antes de que se mudara.

Mi corazón se detuvo.

Antes de que se mudara.

No era algo reciente.

Era un patrón.

Bajé la mirada.

—¿Por qué nunca me dijeron?

Valeria respondió algo que nunca olvidaré.

—Porque cuando intentamos hacerlo, siempre estabas ocupado.

No fue una acusación.

Fue peor.

Fue una verdad.

Esa noche esperé hasta que mis hijas estuvieron dormidas.

Luego llamé a mi abogado.

—Necesito iniciar una investigación completa.

—¿Sobre quién?

Miré hacia la ventana donde Renata hablaba por teléfono en el jardín.

—Sobre la mujer con la que iba a casarme.

Hubo silencio al otro lado.

—¿Hay algo que deba saber?

Abrí la carpeta con las grabaciones.

—Hay mucho.

A la mañana siguiente, Héctor me entregó un informe preliminar.

No solo estaban las grabaciones.

También había registros.

Mensajes.

Movimientos extraños.

Y algo que no esperaba encontrar.

Renata llevaba meses buscando información sobre mis bienes.

Mis cuentas.

Mis propiedades.

Incluso había preguntado discretamente cuánto recibirían mis hijas en caso de que algo me ocurriera.

Me quedé mirando el documento.

Entonces apareció una última línea.

Una transferencia reciente.

A nombre de una persona que no conocía.

Pero que tenía relación directa con mi pasado.

El nombre era de alguien que yo creía que había desaparecido de mi vida hacía años.

Y cuando vi la fotografía adjunta al informe, entendí que Renata nunca había llegado sola.

Alguien más había estado ayudándola.

Alguien que conocía perfectamente mis puntos débiles.

Alguien que sabía exactamente cómo acercarse a mis hijas.

Y esa persona acababa de volver a mi ciudad.

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