PARTE 2: LAS CÁMARAS LO EXPLICARON TODO

Alejandro se detuvo antes de entrar a la cocina.

No hizo ruido.

Desde el pasillo escuchó claramente la voz de Renata.

—No vuelvas a dejar que la niña entre aquí. La gente se acostumbra demasiado rápido a los privilegios.

Teresa respondió apenas con un hilo de voz.

—Solo quería darle de comer.

—Ese ya no es mi problema.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

Durante meses había confiado en que Renata trataba al personal con el mismo respeto que él exigía dentro de la empresa.

Acababa de descubrir que estaba equivocado.

Entró en la cocina.

Las tres mujeres levantaron la vista al mismo tiempo.

Camila escondió el rostro detrás de su conejito.

Teresa dio un paso hacia atrás.

Renata sonrió con absoluta naturalidad.

—Amor, llegaste antes.

Alejandro observó el bote de basura.

Encima de las cáscaras y las servilletas había arroz, pollo y verduras recién tirados.

—¿Qué pasó aquí?

Renata respondió sin vacilar.

—La empleada estaba usando comida de la casa para alimentar a su hija.

Teresa negó de inmediato.

—No, señor. Yo traje esa comida desde mi casa.

Alejandro no respondió.

Solo miró a Camila.

La niña tenía la mano sobre el estómago.

—¿Tienes hambre?

Ella asintió muy despacio.

Sin decir una palabra, Alejandro abrió el refrigerador, preparó un plato sencillo y lo puso frente a la pequeña.

Camila lo miró como si pidiera permiso.

Teresa rompió a llorar.

—Gracias, señor.

Renata cruzó los brazos.

—No puedes creer cualquier historia.

Alejandro la miró con calma.

—Por eso vamos a revisar las cámaras.


Media hora después, el jefe de seguridad abrió las grabaciones.

Primero apareció Teresa guardando el recipiente que había llevado desde casa.

Después, Renata entrando sola a la cocina.

Sacó el recipiente.

Lo abrió.

Y vació toda la comida en la basura.

La grabación siguiente mostraba algo parecido.

Fruta.

Yogur.

Galletas.

Todo terminaba igual.

Pero aquello no fue lo que hizo guardar silencio a toda la sala de monitoreo.

El jefe de seguridad adelantó varias horas.

Renata apareció nuevamente.

Esta vez no buscó comida.

Abrió un gabinete donde se guardaban sobres destinados a la fundación familiar.

Cada mes, cientos de clientes de la empresa de Alejandro hacían donaciones para comprar útiles escolares y alimentos para comunidades rurales.

Las cámaras mostraban a Renata retirando varios sobres.

Después fotografiaba los comprobantes.

Y, finalmente, guardaba el dinero en un bolso de diseñador.

Alejandro frunció el ceño.

—Detén la imagen.

El jefe de seguridad amplió la pantalla.

En uno de los sobres podía leerse claramente el nombre de una familia beneficiaria.

Luego otro.

Y otro más.

No era un hecho aislado.

Durante semanas, las grabaciones mostraban exactamente el mismo procedimiento.

Las aportaciones desaparecían antes de llegar a la fundación.

El encargado de auditoría, que acababa de ser llamado de urgencia, revisó rápidamente los registros.

Su rostro perdió el color.

—Señor…

—¿Qué ocurre?

—Las cantidades coinciden con varias diferencias que llevamos meses intentando explicar.

No hablamos de un solo retiro.

Hablamos de cientos de donaciones.

Alejandro permaneció inmóvil.

Lo que había comenzado como un acto de crueldad contra una niña de tres años acababa de revelar algo mucho más grave.

No solo había humillado a Teresa y a Camila.

También había desviado el dinero que cientos de familias donaban creyendo que ayudarían a otras personas.

En ese instante sonó el teléfono de Renata.

Ella intentó apagarlo.

Pero Alejandro alcanzó a leer el nombre que aparecía en la pantalla.

“Contador – Fundación”.

Él levantó lentamente la vista.

Ya no estaba viendo a la mujer con la que pensaba casarse.

Estaba mirando a la principal sospechosa de un fraude que podía afectar a cientos de familias… y las cámaras acababan de registrar el primer hilo que podía demostrarlo.

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