Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue la voz de la doctora Mensah.
—Necesitamos preparar el quirófano ahora.
No sonaba como una médica preocupada por una infección común.
Sonaba como alguien que acababa de descubrir una prueba.
Una prueba de algo mucho peor.
Cuando desperté, la habitación estaba llena de luz blanca.
Durante unos segundos no entendí dónde estaba.
Luego sentí el peso de las vendas alrededor de mi tobillo.
Intenté moverme.
El dolor me atravesó.
—No intentes levantarte todavía.
Giré la cabeza.
La doctora Mensah estaba junto a la ventana con una carpeta en la mano.
Su expresión era seria.
—¿Cuánto tiempo estuve dormida?
—Casi dieciséis horas.
Tragué saliva.
—¿Qué pasó?
Ella se acercó lentamente.
—Reese, necesito hacerte algunas preguntas.
Asentí.
—¿Cómo te hiciste esa herida?
Miré mi pierna.
La imagen de los últimos días volvió a mi mente.
La caída en las escaleras.
El dolor.
La fiebre.
La forma en que Tristan me dijo que solo era un rasguño.
—Me lastimé hace una semana.
—¿Quién limpió la herida?
Me quedé callada.
Porque de repente recordé algo.
Tristan.
Siempre Tristan.
La noche que ocurrió, yo apenas podía mantenerme de pie.
Él había dicho:
—Déjame ayudarte.
Había tomado el botiquín.
Había limpiado mi tobillo.
Había cambiado la venda todos los días.
La doctora vio mi silencio.
—Reese, necesito que me digas la verdad.
—¿Por qué llamaron a la policía?
La doctora bajó la mirada hacia la carpeta.
—Porque encontramos algo extraño en tu herida.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—El patrón de daño no coincide con una simple caída.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué quiere decir?
La doctora tomó aire.
—Encontramos restos de una sustancia química dentro del tejido afectado.
El corazón empezó a golpearme con fuerza.
—¿Una sustancia química?
Ella asintió.
—Algo que aceleró la destrucción del tejido y permitió que la infección avanzara rápidamente.
Me quedé mirando al techo.
No podía pensar.
No quería pensar.
Pero una imagen apareció en mi cabeza.
Tristan de pie junto a mi cama.
Tristan diciéndome que esperara un día más.
Tristan evitando que fuera al hospital.
—¿Está diciendo que alguien hizo esto?
La doctora no respondió inmediatamente.
Y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.
—La policía ya está hablando con tu esposo.
Sentí frío.
Aunque la habitación estaba caliente.
—¿Tristan está aquí?
La doctora negó con la cabeza.
—No.
—¿Dónde está?
Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.
Una mujer con traje oscuro entró mostrando una identificación.
—Señora Reese Carter, soy la detective Alvarez.
Mi garganta se cerró.
—¿Qué pasó?
La detective miró a la doctora.
Después volvió a mí.
—Encontramos información preocupante durante la investigación inicial.
Mis manos comenzaron a temblar.
—¿Qué información?
La detective abrió una carpeta.
Dentro había fotografías.
Documentos.
Registros.
—Su esposo nos dijo que usted se negó a ir al hospital.
Fruncí el ceño.
—Eso no es cierto.
—También dijo que la herida apareció sola.
La habitación quedó en silencio.
Porque esa era la primera mentira.
Yo recordaba perfectamente.
La caída.
La sangre.
La forma en que Tristan insistió en curarme.
La detective pasó otra página.
—Revisamos las cámaras de seguridad de su casa.
Mi corazón se detuvo.
—¿Y?
La detective me miró directamente.
—La noche en que ocurrió la lesión, usted no se cayó.
Sentí que el mundo desaparecía por un segundo.
—¿Qué?
—Alguien movió las cámaras internas.
—Pero olvidó una cámara exterior.
La doctora puso una mano sobre mi brazo.
—Reese…
La detective continuó:
—Tenemos imágenes de su esposo acercándose a usted minutos antes de que apareciera la herida.
Cerré los ojos.
Durante siete días había pensado que Tristan era indiferente.
Que era egoísta.
Que no entendía la gravedad de mi situación.
Pero nunca imaginé la verdad.
La puerta volvió a abrirse.
Un oficial apareció en el umbral.
—Detective, encontramos el teléfono de Tristan.
Ella giró.
—¿Y?
El oficial tragó saliva.
—Hay mensajes con alguien más.
—¿Qué dicen?
El oficial miró hacia mí.
—Hablan de una póliza de seguro de vida.
Mi sangre se heló.
Porque en ese instante entendí algo.
Tristan no quería que esperara hasta mañana porque estaba ocupado.

No quería evitar una visita innecesaria al hospital.
Quería que yo no llegara viva al día siguiente.
Y lo peor era que todavía faltaba descubrir quién estaba detrás del plan.