PARTE 2: EL SECRETO QUE CONVIRTIÓ MI BODA EN UNA GUERRA

Durante varios segundos, Roman no dijo nada.

Solo miró las cicatrices de mi espalda como si intentara convencer a su mente de que aquello no podía ser real.

El hombre que había enfrentado a familias enteras sin pestañear parecía completamente perdido.

—Repite ese nombre.

Su voz era baja.

Demasiado baja.

Me cubrí instintivamente con la tela del vestido.

No por vergüenza.

Por costumbre.

Durante años había aprendido a esconder las marcas, a sonreír frente a desconocidos y a fingir que mi familia era perfecta.

—Grant Mercer.

Roman dio un paso atrás.

—Tu hermano.

Asentí.

La habitación quedó en silencio.

Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales de la mansión Caruso.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó.

No respondí.

Porque sabía exactamente qué estaba preguntando.

¿Cuánto tiempo había vivido con aquello?

¿Cuánto tiempo había permitido que mi propia familia me destruyera?

—Desde que tenía diecisiete años.

Sus ojos cambiaron.

No era compasión.

Era algo más peligroso.

Furia.

—¿Y tu padre lo sabía?

Solté una pequeña risa sin humor.

—Mi padre fue quien lo permitió.

Roman cerró los puños.

—Explícame.

Me senté lentamente en el borde de la cama.

Por primera vez en años, sentí que no tenía sentido seguir protegiendo a los Mercer.

—Después de la muerte de mi madre, Grant cambió.

Al principio fueron insultos.

Después castigos.

Después empezó a decir que yo debía pagar por los errores de la familia.

Roman permanecía inmóvil.

Escuchaba.

Algo que casi nadie había hecho conmigo.

—Decía que una hija de Arthur Mercer no podía ser débil. Que si quería sobrevivir en esa familia tenía que aprender a obedecer.

Bajé la mirada.

—Mi padre sabía.

El silencio de Roman fue más fuerte que cualquier grito.

—¿Y aun así no hizo nada?

Negué lentamente.

—Para él, la familia siempre estaba antes que las personas.

Roman caminó hacia la ventana.

Durante años había imaginado a los Mercer como monstruos.

Pero ahora acababa de descubrir que la hija del hombre que odiaba también había sido una víctima.

—¿Por qué aceptaste este matrimonio? —preguntó.

Lo miré.

—Porque Grant me dijo que si rechazaba casarme contigo, entregaría documentos que destruirían a personas inocentes.

Roman se volvió.

—¿Te amenazó?

—Sí.

—¿Y pensaste que yo era peor opción?

La pregunta me sorprendió.

Porque por primera vez no sonaba como un hombre ofendido.

Sonaba como alguien intentando entender.

—Todos decían que querías vengarte.

Roman bajó la mirada hacia mis cicatrices.

—Y tú me dejaste creerlo.

—Era más fácil.

—¿Más fácil?

Asentí.

—Si pensabas que me odiabas, al menos no esperabas nada de mí.

Roman se quedó completamente quieto.

Esa frase pareció golpearlo más que cualquier acusación.

Porque era verdad.

Yo no esperaba amor.

No esperaba protección.

Solo esperaba sobrevivir.

Entonces ocurrió algo que jamás imaginé.

Roman se arrodilló frente a mí.

El mismo hombre que hacía que políticos y empresarios temblaran estaba frente a mí sin orgullo.

Sin arrogancia.

Solo con una pregunta.

—¿Alguna vez alguien te preguntó si estabas bien?

No pude responder.

Porque la respuesta era demasiado obvia.

Roman cerró los ojos durante un segundo.

Después se levantó.

—Tu hermano no sabía con quién estaba jugando.

Me tensé.

—Roman.

—No.

Su voz volvió a tener esa autoridad que todos temían.

Pero esta vez no era contra mí.

Era por mí.

—Él pensó que entregarte a mí era una forma de ganar.

Caminó hasta la mesa y tomó su teléfono.

—Pero cometió el error más grande de su vida.

Lo miré.

—¿Qué vas a hacer?

Roman marcó un número.

—Voy a descubrir todo.

Antes de llamar, me miró.

—Y esta vez no voy a preguntarte qué quiere tu familia.

Pausa.

—Voy a preguntarte qué quieres tú.

Mis ojos ardieron.

Porque nadie me había hecho esa pregunta en años.

La llamada conectó.

—Necesito todos los archivos Mercer —dijo Roman—. Especialmente los relacionados con Grant y Arthur.

Escuchó unos segundos.

Luego su expresión cambió.

—¿Qué quieres decir con que ya encontraron algo?

Mi respiración se detuvo.

Roman apartó lentamente el teléfono de su oído.

—Había una razón por la que Grant aceptó este matrimonio tan rápido.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuál?

Roman me miró.

—Tu hermano no te entregó para detener una guerra.

Pausa.

—Te entregó porque necesitaba esconder algo antes de que tú lo descubrieras.

Mi corazón empezó a latir con fuerza.

—¿Qué escondió?

Roman volvió a escuchar la llamada.

Y entonces su rostro se volvió completamente frío.

—Un archivo médico.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Porque sabía exactamente qué significaba.

Mi familia había pasado años ocultando mis heridas.

Pero ahora Roman acababa de descubrir que también habían intentado borrar la prueba de cómo ocurrieron.

Y por primera vez desde mi boda…

Grant Mercer era quien tenía algo que temer.

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