PARTE 2: LA CARPETA QUE REVELÓ QUIÉN ESTABA DETRÁS DEL ATAQUE

No abrí la carpeta inmediatamente.

La dejé sobre el escritorio.

Héctor Barragán esperaba que mi ansiedad me hiciera perder el control.

Era evidente.

Había visto a muchos hombres reaccionar con rabia cuando alguien tocaba a su familia.

Pero yo había aprendido algo durante años de servicio:

La persona que controla sus emociones suele ser la persona que tiene la ventaja.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Héctor apoyó la espalda en su silla.

—El informe preliminar del accidente de tu esposa.

La palabra “accidente” salió de su boca demasiado rápido.

Miré la carpeta.

—¿Un accidente donde alguien le rompe ambas piernas?

Su expresión no cambió.

—Eso es lo que indican los primeros reportes.

Abrí la carpeta.

La primera página era un informe policial.

Demasiado limpio.

Demasiado ordenado.

Decía que Renata había perdido el control de su vehículo en una carretera secundaria.

Pero había algo extraño.

La hora.

La ubicación.

La descripción de los daños.

Todo estaba escrito como si alguien hubiera querido cerrar el caso antes de que existiera.

Pasé la página.

Y entonces lo vi.

Una fotografía.

El vehículo de Renata.

La puerta del conductor estaba abierta.

El parabrisas intacto.

Las bolsas de aire no se habían activado.

Cerré la carpeta.

—Esto no fue un accidente.

Héctor sonrió ligeramente.

—Ten cuidado con tus acusaciones, capitán.

—No estoy acusando.

Lo miré fijamente.

—Estoy observando.

Por primera vez su expresión cambió un poco.

Porque entendió que no estaba frente al esposo desesperado que esperaba.

Estaba frente a alguien entrenado para encontrar contradicciones.

—Tu esposa tenía enemigos —dijo.

—¿Quién?

Silencio.

Después respondió:

—Tal vez deberías preguntarle qué estaba investigando.

Esa frase me hizo levantar la vista.

—¿Qué significa eso?

Héctor abrió un cajón y sacó una segunda carpeta.

Esta vez no tenía sello policial.

La dejó frente a mí.

—Renata no era exactamente quien tú creías.

La abrí.

Dentro había fotografías.

Documentos.

Registros.

Mi respiración se detuvo.

Durante meses, Renata había estado siguiendo movimientos financieros relacionados con empresas de construcción vinculadas a la familia Barragán.

No como periodista.

No como denunciante.

Como parte de una investigación privada.

Había descubierto transferencias millonarias.

Contratos falsificados.

Y algo más.

Un nombre apareció repetidamente.

Gael Barragán.

El hijo del comisario.

Cerré los ojos durante un segundo.

Ahora entendía por qué Gael no parecía preocupado.

Él pensaba que su padre podía borrar todo.

—¿Dónde está mi esposa ahora?

Héctor tardó en responder.

Demasiado.

—Sigue en cirugía.

Me levanté.

—Voy al hospital.

Dos oficiales aparecieron cerca de la puerta.

No era una coincidencia.

—No te recomiendo ir solo —dijo Héctor.

Lo miré.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

Me acerqué a la puerta.

—No.

Hice una pausa.

—Es miedo.

La sonrisa de Héctor desapareció.

Salí de la comandancia y llamé al único número que no había usado desde que llegué a México.

Una línea segura.

Una línea que solo unas pocas personas tenían.

Contestaron al tercer tono.

—Centro de operaciones.

Mi voz salió tranquila.

—Necesito activar una investigación paralela.

Silencio.

Después:

—Identifíquese.

Di mi código.

Hubo unos segundos de espera.

Luego la voz cambió.

Más seria.

—Capitán Cárdenas.

—Sí.

—Pensábamos que estaba en una misión logística.

Miré hacia la comandancia donde Héctor seguía observándome desde la ventana.

—Lo estaba.

Respiré profundamente.

—Hasta que tocaron a mi esposa.

La persona al otro lado guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Quiere que movilicemos al equipo?

Miré la carpeta de Renata.

Los documentos.

Las pruebas.

El nombre Barragán.

—Todavía no.

—¿Por qué?

Respondí:

—Porque quiero saber quién más está involucrado antes de que sepan que los estamos mirando.

Una hora después llegué al hospital.

Renata seguía en cirugía.

Me quedé frente a la puerta esperando.

Entonces una enfermera salió corriendo con una expresión extraña.

—¿Usted es Daniel Cárdenas?

—Sí.

Me entregó un pequeño sobre.

—Su esposa pidió que se lo diéramos si usted llegaba.

Lo abrí.

Dentro había una memoria USB.

Y una nota escrita con la letra temblorosa de Renata:

“Si estás leyendo esto, significa que ellos ya saben que descubrí la verdad.”

Le di la vuelta al papel.

Había una última línea.

Una línea que hizo que mi sangre se congelara:

“No confíes en nadie que lleve el uniforme que estás viendo ahora mismo.”

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