PARTE 2: LUCÍA NO TENÍA MIEDO DE DORMIR SOLA, TENÍA MIEDO DE MI ESPOSO

No respondí.

Solo apreté ligeramente su mano.

Lucía entendió.

Durante unos segundos, ninguna de las dos se movió.

Entonces escuchamos otro ruido.

Click.

Esta vez venía del pasillo.

Esteban se incorporó lentamente.

—¿Qué pasa?

Lucía se quedó rígida.

Yo fingí seguir dormida.

Esteban permaneció sentado durante unos segundos.

Luego bajó de la cama.

Sus pasos fueron lentos.

Uno.

Dos.

Tres.

Se detuvo frente a la puerta.

Lucía clavó las uñas en mi mano.

Yo apenas respiraba.

La puerta se abrió unos centímetros.

Una línea de luz cruzó el suelo.

—¿Están dormidas?

Esteban esperó.

No respondí.

Finalmente cerró la puerta.

Pero no se alejó.

Escuché su respiración al otro lado.

Después un sonido metálico.

Click.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Lucía acercó sus labios a mi oído.

—Ahora.

No sabía qué quería decir.

Hasta que señaló discretamente debajo de la cama.

Había una pequeña luz azul.

Una cámara.

Me quedé helada.

Lucía negó con la cabeza.

No era una cámara instalada por ella.

Era algo que Esteban había colocado allí.

Entonces entendí por qué ella siempre insistía en dormir en medio.

No quería que Esteban pudiera acercarse a mí sin que ella lo supiera.

No quería dejarme sola con él.

Y, de repente, recordé todas las noches anteriores.

Las veces que Lucía me preguntaba si había cerrado la puerta.

Las veces que me decía que no tomara medicamentos que Esteban me ofrecía.

Las veces que insistía en acompañarme al baño cuando me sentía mareada.

Yo había pensado que estaba obsesionada.

Estaba intentando protegerme.

Esteban finalmente se alejó.

Esperamos varios minutos.

Lucía susurró:

—Mi hermano no sabe toda la verdad.

—¿Qué verdad?

Ella miró hacia la puerta.

—Esteban no es quien crees.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué hizo?

Lucía respiró profundamente.

—Hace tres meses descubrí que estaba vaciando cuentas a tu nombre.

Mi estómago se contrajo.

—¿Cuánto?

—No lo sé exactamente.

Sacó un pequeño teléfono de debajo de la almohada.

—Pero encontré algo peor.

Me mostró una fotografía.

Era una copia de un documento.

Mi firma aparecía al final.

Pero yo jamás había firmado aquello.

—Es un poder notarial —susurré.

Lucía asintió.

—Y mañana piensa usarlo.

—¿Para qué?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Para vender la casa.

Me quedé inmóvil.

Aquella casa pertenecía a mi familia desde hacía décadas.

Mi padre la había dejado a mi nombre.

Esteban siempre había dicho que era nuestro hogar.

Pero el documento le daba control sobre todo.

—¿Cómo obtuviste esto?

Lucía bajó la voz.

—Porque llevo diecisiete noches intentando mantenerte despierta.

La miré.

—¿Y el clic?

Lucía señaló debajo de la cama.

—No es una cámara.

Mi corazón se detuvo.

—Entonces, ¿qué es?

Ella tragó saliva.

—Es el mecanismo de una caja que Esteban escondió allí.

—¿Qué hay dentro?

Lucía miró hacia la puerta.

—Pruebas.

—¿De qué?

Antes de responder, escuchamos pasos acercándose otra vez.

Lucía apagó inmediatamente el teléfono.

Esteban se detuvo frente a la puerta.

Esta vez no preguntó si estábamos dormidas.

Solo dijo:

—Mañana todo habrá terminado.

Y luego añadió algo que hizo que la sangre se me helara.

—Las dos deberían haber escuchado cuando tuvieron la oportunidad.

Lucía me miró.

Y por primera vez comprendí que aquella noche no estábamos esperando que Esteban se marchara.

Estábamos esperando sobrevivir hasta el amanecer.

Porque dentro de aquella caja había algo que podía destruirlo.

Y él acababa de darse cuenta de que nosotras sabíamos que existía.

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