PARTE 2: EL HOMBRE QUE RYAN NUNCA DEBIÓ PROVOCAR

A las seis de la mañana, dejé los documentos sobre el escritorio de Ethan.

No había dormido.

Tampoco esperaba volver a verlo tan pronto.

Pero Ethan ya estaba allí.

Tenía varios expedientes abiertos y una expresión completamente distinta a la de unas horas antes.

—Siéntate, Ivy.

Obedecí.

Empujó una carpeta hacia mí.

—Tu deuda médica queda cubierta hoy.

Negué con la cabeza.

—Señor Caldwell, no puedo aceptar tanto dinero.

—Entonces considéralo un anticipo salarial.

—¿Por cuánto tiempo?

—Por el tiempo que necesites.

Levanté la mirada.

—No quiero que piense que estoy aprovechándome de usted.

Ethan cerró la carpeta.

—Lo que pienso es que llevas demasiado tiempo intentando sobrevivir sola.

Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró.

Lo miró.

Su expresión cambió.

—Ryan está en recepción.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—¿Aquí?

—Vino a buscarte.

Me levanté inmediatamente.

—Tengo que irme.

Ethan alzó la mano.

—No.

—Si me encuentra aquí, será peor.

—Precisamente por eso no vas a salir.

Se acercó a la ventana y observó el vestíbulo desde arriba.

—Ryan acaba de descubrir que pregunté por él.

Mi estómago se contrajo.

—¿Qué significa eso?

Ethan se volvió.

—Que ya no está preocupado por esconder lo que hizo.

Entonces la puerta de la oficina se abrió.

Entró el jefe de seguridad.

—Señor Caldwell, encontramos esto en las cámaras.

Colocó una tableta sobre el escritorio.

La grabación mostraba el callejón detrás de la mansión.

Ryan aparecía allí.

Pero no estaba solo.

Había otra persona con él.

Un hombre que yo reconocí inmediatamente.

—Ese es Marcus.

Ethan frunció el ceño.

—¿Quién es?

—El supervisor de mantenimiento.

—¿Y qué relación tiene con Ryan?

Negué lentamente.

—No lo sé.

El jefe de seguridad abrió otro archivo.

Era una copia de los registros de acceso de la mansión.

Marcus había entrado varias veces fuera de horario.

Siempre durante los días en que Ryan tenía turno.

Ethan permaneció en silencio.

Luego preguntó:

—¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto?

El hombre revisó los registros.

—Al menos ocho meses.

Sentí un escalofrío.

Ocho meses.

Ryan no había empezado a amenazarme aquella noche.

Aquella noche solo había cometido el error de dejar pruebas.

Ethan tomó el teléfono.

—Llama a mi abogado.

Después miró al jefe de seguridad.

—Y nadie toca esos registros.

—Sí, señor.

Cuando ambos salieron, me quedé mirando la pantalla.

—Ethan…

—¿Sí?

—¿Por qué me está ayudando tanto?

Él tardó unos segundos en responder.

—Porque anoche vi a una mujer aterrorizada intentando convencerme de que estaba bien.

Se acercó a la mesa.

—Y porque ahora sé que alguien dentro de mi propia organización llevaba meses aprovechándose de ella.

Me quedé callada.

Entonces escuchamos un golpe fuerte en la puerta principal.

La voz de Ryan atravesó el pasillo.

—¡Ivy!

Me estremecí.

Ethan no.

Caminó hasta la puerta de su oficina y la abrió.

—Ryan.

El hombre se quedó inmóvil al verlo.

—Señor Caldwell.

Ethan lo observó durante varios segundos.

—¿Qué haces aquí?

Ryan tragó saliva.

—Vine por Ivy.

—Ella no quiere verte.

Ryan me miró.

—Eso no es cierto.

Por primera vez, sentí que podía hablar sin miedo.

—Sí lo es.

Su rostro cambió.

Ethan dio un paso hacia él.

—A partir de este momento, no vuelves a acercarte a Ivy ni a esta propiedad.

Ryan soltó una risa nerviosa.

—¿Y quién va a impedírmelo?

Ethan señaló discretamente la tableta que llevaba el jefe de seguridad.

—Las cámaras.

Ryan perdió la sonrisa.

—¿Qué cámaras?

Ethan respondió con absoluta calma:

—Las que grabaron lo que hiciste.

El silencio fue inmediato.

Ryan miró hacia mí.

Después hacia Ethan.

Y comprendió que aquella vez no había conseguido asustarme.

Había conseguido algo mucho peor.

Había convertido al hombre más poderoso de la casa en mi testigo.

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