PARTE 2: EL NOMBRE QUE NADIE QUERÍA QUE LUCÍA RECORDARA

—¿Quién era? —preguntó Alejandro.

Daniel dejó la carpeta sobre la mesa.

—Tomás Herrera.

Alejandro frunció el ceño.

Ese nombre no le resultaba desconocido.

Tomás Herrera había sido uno de los mejores ingenieros financieros de México. Había trabajado para varios grupos empresariales antes de desaparecer de los círculos públicos tras una investigación que nunca llegó a juicio.

—¿Y qué tiene que ver con Lucía?

Daniel abrió la carpeta.

—Era su padre.

Alejandro miró los documentos.

Certificado de nacimiento.

Registros médicos.

Actas.

Todo coincidía.

Pero había algo más.

Una fotografía cayó sobre la mesa.

Tomás aparecía junto a una mujer y una bebé recién nacida.

En la parte posterior había una fecha y una frase escrita a mano:

“Si algún día algo me sucede, Lucía debe mantenerse lejos de los Herrera.”

Alejandro levantó la mirada.

—¿Quiénes son los Herrera?

Daniel tragó saliva.

—Una familia poderosa. Y, según estos documentos, llevan casi un año intentando localizar a la niña.

—¿Por qué?

Daniel abrió la última página.

Era una copia de un testamento.

El rostro de Alejandro cambió.

—Esto no puede ser correcto.

—Lo verifiqué dos veces.

Tomás Herrera había dejado prácticamente toda su fortuna a su hija.

Empresas.

Propiedades.

Cuentas de inversión.

Pero la herencia solo podía liberarse cuando Lucía cumpliera dieciocho años.

Hasta entonces, un fideicomiso independiente administraría los bienes.

Alejandro volvió a mirar la fotografía.

—Entonces no están buscando a una niña desaparecida.

—No —respondió Daniel—. Están buscando a la heredera.

En ese momento escucharon pequeños pasos en el pasillo.

Lucía apareció con el cabello todavía húmedo.

—¿Están hablando de mi papá?

Alejandro cerró lentamente la carpeta.

—Sí.

La niña bajó la mirada.

—Mamá decía que papá era un hombre bueno.

—Lo era.

Lucía se acercó a la mesa.

—Entonces, ¿por qué nadie me quería cuando murió?

Alejandro no supo qué responder.

Ella levantó los ojos.

—Antes de morir, papá me dijo algo.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Qué te dijo?

Lucía apretó los dedos contra el borde de su camiseta.

—Que si alguna vez un hombre con un anillo negro venía a buscarme, no debía decirle dónde estaba.

Alejandro miró inmediatamente a Daniel.

—¿Anillo negro?

Daniel asintió lentamente.

—Eso coincide con una de las personas que aparece en los registros de seguridad de la casa de Tomás la noche del accidente.

Antes de que pudieran continuar, sonó el timbre.

Una vez.

Después otra.

Alejandro caminó hacia la cámara de seguridad.

En la pantalla apareció un hombre de traje oscuro.

No estaba solo.

Había otros dos hombres detrás de él.

El primero levantó una tarjeta de identificación.

—Venimos por Lucía Herrera.

Alejandro miró a la niña.

Ella había palidecido.

Entonces vio la mano del hombre.

En su dedo brillaba un anillo completamente negro.

Lucía retrocedió y susurró:

—Ese es el hombre del que papá me dijo que huyera.

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