Tres días después, estaba en mi turno cuando recibí un mensaje de una amiga que trabajaba en el mismo hospital.
“Elena, ¿Ricardo está ingresado aquí?”
Me quedé mirando la pantalla.
No respondí inmediatamente.
Una hora después llegó otro mensaje.
“Su médico está con él. Parece bastante serio.”
No sentí alegría.
Tampoco satisfacción.
Solo una extraña sensación de distancia.
Cuando terminó mi turno, pasé por el hospital.
No entré a su habitación.
Me quedé en el pasillo.
A través de la puerta entreabierta escuché la voz de Valeria.
—Pero él me dijo que todo estaba controlado.
El médico respondió con calma:
—¿Quién llevaba el control de su tratamiento antes?
Silencio.
—Su exesposa.
—¿Y ella dónde está?
—Ya no vive con él.
El médico suspiró.
—Entonces tendrán que aprender a manejar esto de otra manera.
Escuché una silla moverse.
Ricardo habló por primera vez.
Su voz ya no tenía aquella seguridad de tres días atrás.
—¿Dónde está Elena?
El médico respondió:
—No lo sé.
—Llámala.
Valeria intervino rápidamente.
—No necesita llamarla. Yo puedo hacerlo.
El médico guardó silencio unos segundos.
Después dijo algo que hizo que Ricardo dejara de hablar.
—Señor, una cosa es querer empezar una vida nueva y otra muy distinta entender todo lo que alguien hacía por usted durante veintidós años.
Me quedé inmóvil en el pasillo.
No quería que me agradecieran.
No quería que regresara.
Solo quería que comprendiera.
Me di la vuelta para marcharme.
Entonces escuché mi nombre.
—Elena.
Ricardo estaba en la puerta.
Se veía agotado.
Me miró durante varios segundos.
—¿Trajiste el cuaderno?
Negué con la cabeza.
—Te lo dejé a ti.
Bajó la mirada.
—No sé qué hacer.
Por primera vez en veintidós años, no tenía una respuesta preparada para él.
—Ricardo, ahora tienes que aprender a cuidarte.
—¿Y si no puedo?
Lo miré.
—Entonces tendrás que pedir ayuda.
Hice una pausa.
—Pero ya no tiene que ser yo.
Me alejé sin mirar atrás.
Y mientras salía del hospital, mi teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de mi abogado.
“Encontré algo en los documentos del divorcio que deberías ver.”
Abrí el archivo.
Era una transferencia realizada por Ricardo seis meses antes.
El destinatario era Valeria.
Y la cantidad era exactamente igual a todo el dinero que Ricardo había asegurado que ya no tenía.
Debajo aparecía una segunda transferencia.

Esta vez, a una cuenta cuyo titular no conocía.
Hasta que vi el nombre.
Era el de la persona que había financiado en secreto el tratamiento médico de Ricardo durante los últimos diez años.