La cena empezó a las ocho.
Alejandro llegó convencido de que aquella noche hablaríamos de negocios.
Claudia llegó convencida de que yo todavía era la mujer derrotada que había desaparecido seis años atrás.
Los dos se equivocaban.
Héctor presentó el acuerdo sobre la mesa.
—Si todo sale bien, mañana firmamos la exclusividad para siete estados.
Alejandro sonrió.
—Perfecto.
Yo abrí mi carpeta.
—Antes necesitamos revisar una cuestión de propiedad intelectual.
Su sonrisa desapareció apenas.
—¿Qué cuestión?
Deslicé una hoja hacia él.
En la parte superior aparecía el número de registro de una patente.
La misma tecnología que Hispania Medical Logistics utilizaba para transportar medicamentos sensibles.
Alejandro la miró.
Después me miró a mí.
—Esto no tiene relación con el contrato.
—Tiene toda la relación.
Claudia dejó la copa.
—Lucía, no conviertas una reunión profesional en algo personal.
Sonreí.
—Precisamente estoy evitando eso.
Pasé otra página.
—La patente original pertenecía a mi padre.
Alejandro se tensó.
—Después pasó a la empresa.
—No.
Me incliné ligeramente.
—Fue transferida mediante un documento que supuestamente firmé tres días antes del divorcio.
Silencio.
—El problema —continué— es que ese día yo estaba ingresada en una clínica.
Claudia palideció.
Alejandro habló rápido.
—Eso puede verificarse.
—Ya se verificó.
En ese momento apareció Marta Gil.
Alejandro casi dejó caer la copa.
—¿Marta?
Ella tomó asiento junto a mí.
—Buenas noches.
Claudia se quedó inmóvil.
Marta abrió su bolso.
Sacó un sobre.
—Guardé esto durante seis años.
Dentro había copias de correos.
Órdenes de transferencia.
Facturas de la clínica de Claudia.
Y una conversación entre ella y Alejandro.
Héctor tomó una de las hojas.
Leyó en silencio.
Después levantó la vista.
—¿Claudia estaba embarazada antes del divorcio?
Nadie respondió.
Yo sí.
—Ocho semanas.
Alejandro cerró los ojos.
Claudia susurró:
—Lucía, no sabes toda la historia.
—Entonces cuéntamela.
No pudo.
Saqué una última fotografía.
La habitación del hotel.
La noche de mi supuesta infidelidad.
—También sabemos quién pagó al fotógrafo.
Alejandro golpeó la mesa.
—Basta.
Lo miré.
—No. Seis años atrás tú decidiste cuándo terminaba la conversación.
Pausa.
—Hoy decido yo.
Claudia empezó a llorar.
—Yo no quería que llegara tan lejos.
Alejandro giró hacia ella.
—Cállate.
Demasiado tarde.
Marta puso otra hoja frente a Héctor.
Transferencia bancaria.
Destino:
la cuenta de Claudia.
Concepto:
“servicios de consultoría”.
Fecha:
dos días antes de la trampa del hotel.
Héctor cerró la carpeta.
—Señor Serrano, hasta que esto se aclare, Vanhall suspende la negociación.
Alejandro se levantó.
—No puede hacerlo.
—Ya lo hice.
Por primera vez, Alejandro no parecía un empresario poderoso.
Parecía el hombre que era seis años atrás.
El hombre que solo sabía ganar cuando controlaba todas las piezas.
Y ahora no controlaba ninguna.
Cuando salimos del restaurante, me siguió.
—Lucía.
Seguí caminando.
—Lucía, espera.
Me tomó del brazo.
Me solté.
—No vuelvas a tocarme.
Su rostro se quebró.
—Cometí errores.
—Preparaste una infidelidad falsa.
—Me convencieron de que tú ibas a quitarme la empresa.
Me reí.
—¿Quién?
Miró hacia la puerta.
Claudia estaba allí.
Llorando.
Entonces entendí.
—¿Ella?
Alejandro bajó la voz.
—Claudia me mostró documentos. Me dijo que tú estabas preparando una transferencia secreta de acciones.
—Y decidiste destruirme antes de preguntarme.
No respondió.
Eso era suficiente.
Me marché.
Pensé que aquella noche había ganado.
Pero a las seis de la mañana siguiente, Marta me llamó.
Su voz temblaba.
—Lucía, tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
—Revisé los archivos antiguos de la patente.

Escuché cómo pasaba páginas.
—Alejandro no fue quien falsificó tu firma.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Hay una autorización previa.
—¿Firmada por quién?
Marta guardó silencio unos segundos.
—Por tu madre.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Eso es imposible.
—Lucía…
Su voz bajó.
—Tu madre no solo sabía que iban a quitarte la patente.
Pausa.
—Recibió dinero por permitirlo.