Adrian se quedó de pie frente a mí.
—¿Cómo que no pasa nada?
Dejé la taza sobre la mesa.
—Exactamente eso.
—Perdiste a nuestro hijo.
Su voz se quebró al pronunciarlo.
—Y yo no estaba aquí.
Lo miré.
—No estabas.
—Si hubiera sabido que estabas embarazada…
—¿Habrías contestado el teléfono?
Se quedó en silencio.
No necesitaba otra respuesta.
Adrian se acercó.
—Isabel, sé que hice las cosas mal.
—No.
Negué despacio.
—Hiciste muchas cosas mal. No fue una sola noche.
Vi cómo su rostro cambiaba.
Por fin entendía.
No era solo el hospital.
Era la obra.
El collar.
El camping.
Las cenas.
Cada vez que eligió hacerme sentir exagerada para proteger la comodidad de Olivia.
—Puedo cambiar —dijo.
—Ya estás cambiando.
Miré los mensajes con su agenda.
—Ahora avisas dónde estás. Llegas temprano. Me preguntas si comí.
Pausa.
—Pero ya no necesito que lo hagas.
Esa frase le dolió más que cualquier grito.
—¿Quieres castigarme?
—No tengo energía para castigarte.
—Entonces dame tiempo.
Sonreí apenas.
—Te di años.
Adrian bajó la cabeza.
Por primera vez parecía un hombre que no sabía cómo arreglar algo con dinero, influencia o insistencia.
Entonces su teléfono vibró.
En la pantalla apareció un nombre.
Olivia.
Ambos lo vimos.
Adrian rechazó la llamada de inmediato.
Después bloqueó el número delante de mí.
—No volverá a interferir.
Lo observé unos segundos.
Meses atrás habría sentido alivio.
Ahora no sentí nada.
—No era Olivia quien estaba casada conmigo.
Adrian cerró los ojos.
Aquella noche durmió en la habitación de invitados.
A la mañana siguiente encontré desayuno preparado.
Flores nuevas.
Y una carpeta sobre la mesa.
En la primera página decía:
“Plan de terapia de pareja.”
La cerré sin leer.
Adrian salió de la cocina.
—Conseguí una cita para mañana.
—Cancélala.
—Isabel…
—Ya pedí cita con un abogado.
El plato que llevaba en la mano quedó suspendido.
—¿Qué?
—Quiero divorciarme.
—No.
Fue automático.
Como si todavía pudiera decidir por mí.
Me levanté.
—Ese es exactamente el problema.
—No puedes decidir esto sola.
—Puedo.
Adrian respiró profundamente.
—¿Hay alguien más?
Lo miré incrédula.
Después me reí.
—Claro.
—¿Qué?
—Incluso ahora necesitas creer que otro hombre me está alejando de ti.
Me puse el abrigo.
—No, Adrian.
Abrí la puerta.
—Simplemente aprendí que estar sola duele menos que estar casada contigo.
Salí.
Creí que por fin lo había entendido.
Hasta esa tarde.
Mi abogado me llamó.
—Isabel, tu esposo recibió la notificación.
—Lo sé.
—Entonces tenemos un problema.
Sentí el estómago tensarse.
—¿Qué hizo?
Hubo una pausa.
—Solicitó acceso a tu expediente médico completo relacionado con el embarazo.
Me quedé helada.

—¿Para qué?
—No lo sé.
Otra pausa.
—Pero su abogado afirma que hay una discrepancia en las fechas.
Me senté lentamente.
—¿Qué discrepancia?
—Según ellos, el embarazo comenzó antes de lo que tú pensabas.
El teléfono casi se me cayó.
Y entonces recordé algo.
La última vez que Adrian y yo habíamos dormido juntos antes de la pérdida.
Una noche que él juró no recordar bien.
Porque había bebido demasiado.
Pero yo sí la recordaba.
Sobre todo porque, al despertarme a la mañana siguiente…
Olivia estaba sentada en nuestra cocina.